sábado, 3 de agosto de 2013

Acciones educativas: motor que impulsa el desarrollo de los individuos

¿Qué es lo que nos hace crecer? S la Educación es un motor del desarrollo de los individuos, entonces ¿Cuáles son los retos para eliminar brechas de marginación y pobreza? ¿Qué visión asumir para tener éxito en las propuestas?



Intervención educativa en la infancia
El sentido metafórico de la conocida frase “El niño es el padre del hombre” -que refleja el espíritu que permea en los estudios sobre el desarrollo y los esfuerzos de intervención educativa, en torno a la primera infancia, en particular desde la perspectiva de los profesionales de la educación- resulta incuestionable respecto a la trascendencia del periodo de infancia, no sólo en cuanto atañe al destino del ser humano como persona, sino en cuanto destino de la propia cultura y sociedad en que se desenvuelve.

No obstante, el adulto no se encuentra figurado en el niño; por tanto, el desarrollo infantil no consiste en “desenvolver” potencialidades preexistentes y fijas ya latentes en el infante, suponiendo que la educación procede de modo análogo al crecimiento de las plantas. Se dice que Froebel apoyó esta analogía al denominar a su escuela “jardín de niños”. Sin embargo, esto le brindaría al desarrollo infantil (y por ende al humano en general) un límite inflexible. Por el contrario, de acuerdo con ideas de pedagogos como Dewey o de la psicología constructivista contemporánea de corte sociocultural, se considera que el desarrollo infantil es un proceso dinámico que otorga una importante función a la experiencia educativa, en el sentido de la reconstrucción constante de lo que el niño hace a la luz de las experiencias en que participa, y en el marco de las restricciones y oportunidades que le ofrece un entorno sociocultural. Por estas razones, se considera que los esfuerzos como educadores de la infancia es necesario encaminarlos hacia la promoción del desarrollo humano (en el sentido de bienestar y calidad de vida) y la inclusión social, ambos sustentados en el valor de la equidad, y en el marco de respeto hacia los derechos del niño.


Al considerar la situación actual del país, es innegable que se requiere generar o ampliar la cobertura y calidad de una diversidad de programas que atienden a la infancia. Asimismo, se necesita formular políticas apropiadas e instaurar sistemas de rendición de cuentas ante la sociedad que abarquen dichos programas y políticas, pero también las instancias responsables y los agentes educativos que las generan y llevan a la práctica.


El principal reto aún es zanjar la brecha de marginación, pobreza y exclusión que hoy viven millones de niñas y niños, pero bien se dice que para “intervenir antes hay que conocer”. Por esta razón, los educadores y especialistas en educación y desarrollo infantil requieren, en primera instancia, profundizar en el estudio de las condiciones sociales de los diversos contextos en que se desenvuelven las niñas y los niños en el país, así como convertirnos en usuarios y a la vez en participantes activos en la generación del corpus de investigación científica contemporánea sobre salud y desarrollo infantil, local e internacional. Por otro lado, también se enfrenta el reto de aprender a trabajar en una dinámica de colaboración intersectorial e interinstitucional y, por ende, multidisciplinaria.

De cara a los avances en la investigación e intervención educativa en este ámbito, y en particular desde las visiones de corte sociocultural y situacional, ya no se considera suficiente ni apropiado el estudio o abordaje del infante en el plano exclusivamente individual, sino que se requiere una visión holística, sistémica o ecológica, que lo vincula con el contexto familiar y comunitario que lo rodea y con los programas de desarrollo de los que en forma eventual recibe la atención.


Es importante resaltar este punto, debido a que en la actualidad se observa el intento de superar un individualismo metodológico, que era el paradigma dominante en las evaluaciones psicológicas, de la salud y del desarrollo infantil, así como humano en general. En este caso, se ha logrado trascender (al menos desde la teoría, y se espera que también en la práctica) un planteamiento de atributos o propiedades singulares, es decir, concebidas desde la lógica de la exploración de un sujeto en solitario (talla, coeficiente intelectual, perfil de maduración, etcétera), que solían explorarse de forma única y aislada haciendo una abstracción descontextualizada del desarrollo infantil, omitiendo la situación, los procesos básicos y los contextos significativos, familiares y culturales, que lo posibilitan.


Esta visión conducía, casi indefectiblemente, a la contrastación “en frío” con parámetros o normas de desarrollo, donde numerosos niños eran etiquetados porque estaban al margen de los indicadores de “normalidad”, y aunque en muchas ocasiones esto les permitía recibir los beneficios de programas educativos compensatorios, también es verdad que otras veces los conducía a la exclusión social y educativa.

En busca de un enfoque integrador
Hoy no sólo los teóricos e investigadores del desarrollo infantil, sino también algunas instancias educativas y gubernamentales, manifiestan un reconocimiento explícito de que no existe un cauce en el desarrollo infantil “natural”, “universal” o “único” que sea ajeno a las demandas, los valores y prácticas sociales que se plantean desde una sociedad y culturas concretas. Así, parafraseando a un reconocido autor, los profesionales de la educación reconocen que la sociedad configura las prácticas que constituyen la infancia moderna, y el mensaje positivo de esta idea es que la acción educativa constituye el motor que impulsa el desarrollo de la persona. Por ende, en este amplio espacio abierto a la acción de los educadores podemos situar la importancia del currículo y las prácticas educativas dirigidas al infante y al niño preescolar.

El trabajo de investigación y de intervención en torno a la infancia requiere asumir un enfoque integrador o ecológico, propio de la perspectiva de los sistemas sociales que convergen en el desarrollo infantil. No podemos estancarnos en reduccionismos biologicistas o psicológicos, como suele suceder cuando se enfoca el desarrollo humano desde una perspectiva sólo naturalista y centrada en el individuo como ente aislado, fuera de cualquier contexto o acción social.

En este marco de abordaje ecológico y sociocultural –y de definición de la educación en la primera infancia y etapa preescolar- es sabido que los proyectos educativos y curriculares actuales han entrado en una lógica de diseño por competencias. Pero el concepto mismo de competencias, y sobre todo en su operacionalización, sufre de una dispersión de significados y, habitualmente, de un peligroso reduccionismo. Definir las competencias básicas de la educación infantil requiere partir de una visión clara del sentido y la dirección de bienestar y calidad de vida que se pretende asegurar para todos los niños y las niñas, partiendo de los valores de equidad e inclusión educativa y tomando como referente el peso del contexto socioeconómico, familiar y comunitario. Asimismo, es preciso resaltar y respetar la diversidad entre los procesos de adaptación social y construcción subjetiva de identidad personal, que se traduce en la emergencia de las citadas competencias de desarrollo.


La noción de competencia de desarrollo en el infante, planteada por Georgina Delgado, se denomina competencias sociofuncionales, ya que acentúa precisamente esta visión social y ecológica descrita. Las categorías establecidas (competencias personales, sociales, de adaptación al medio físico y social, comunicativas y de representación) logran una visión más holística que les permite abordar distintos ámbitos del desarrollo infantil sin fragmentar o sesgar su importancia e interacción. Así, el perfil de competencias planteado abarca los aspectos centrales del desarrollo humano en esta etapa, desde un abordaje sociofuncional, y una perspectiva de educación para la vida. El objetivo es superar la visión de las escalas normativas de desarrollo infantil por áreas (cognitivas, afectiva, psicomotora, etcétera), aunque de hecho se incluye la progresión de dichos logros en el infante.


También se intenta superar una visión demasiada pragmática, reduccionista y técnica que en la actualidad está proliferando en relación con el concepto de competencia de aprendizaje en gran parte de los proyectos educativos y curriculares, donde la competencia queda reducida al dominio del saber hacer procedimental y de corte técnico como una vía que sólo permite definir listados de tareas o comportamientos discretos y fragmentados.


Por otra parte, habría que mencionar algunos ámbitos de estudio del desarrollo infantil poco explorados en el medio, los cuales establecen parte de la agenda pendiente de los especialistas en educación. En particular, lo concerniente al desarrollo moral y la conformación de valores, expresión y manejo de emociones, sentimientos, así como la adquisición paulatina de habilidades del pensamiento y solución de problemas en contextos de la vida diaria, o la construcción y manifestación de las inteligencias múltiples. Y en relación directa con la posibilidad de fortalecer la atención dispensada desde los programas curriculares y extracurriculares, sabemos poco de las influencias mutuas entre los procesos de formación de los agentes educativos y socializadores (sobre todo padres y educadores, pero también los medios de comunicación) respecto a las interacciones y prácticas educativas, en términos de los aprendizajes y valores que promueven en los niños.


A manera de conclusión, y como última reflexión, la importancia de la formación de especialistas en educación y docentes que, ante los retos planteados aquí, requiere de un esquema que permita su acercamiento a estas realidades, un entrenamiento profesional basado en un modelo de formación in situ, en una práctica reflexiva que más allá del conocimiento disciplinar de frontera, les dé elementos para la emisión de juicios, la toma de decisiones, y el replanteamiento de políticas y proyectos educativos destinados a la infancia. Ante todos los procesos formativos, debe aumentar nuestra comprensión de los procesos vinculados con el desarrollo infantil, reconociendo la amplia diversidad de contextos socioeducativos e identidades culturales.




Autora
Lorena Marín Maceda
En: Alas para la equidad Nro 36

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