viernes, 17 de mayo de 2013

Investigación e innovación sobre aprendizaje docente y desarrollo profesional


¿En qué consiste el “aprendizaje docente”? ¿Debe el docente investigar sus propias prácticas? ¿Cuál es el rol de la investigación? ¿Qué papel le cabe a todo esto en el desarrollo profesional?



Si se acepta que el aprendizaje del docente es situado, es decir, que tiene su origen en prácticas concretas, la investigación que mayormente responde a tales condiciones es la cualitativa.

 
El gran debate al respecto es si el docente debe o no realizar investigación. Hay quienes argumentan que investigar y enseñar corresponden a dos lógicas diferentes y que se puede ser un buen maestro sin relacionarse con la investigación.

 
No obstante, el quehacer del docente se inscribe en un campo de conocimiento particular –la pedagogía– y para su crecimiento y acumulación requiere de la investigación, y quién más idóneo para realizarla que el mismo docente. La investigación del docente no solo contribuye a que exista un mayor conocimiento pedagógico, sino que agrega profesionalismo a su práctica y orienta sus acciones de manera reflexiva y fundamentada.

 
La investigación contribuye a un ejercicio reflexivo, sistemático, crítico, riguroso e innovador que ayuda a que el docente haga mejor su tarea. Posibilita la indagación, sistematización y reconstrucción de su saber pedagógico tal y como se definió al inicio de este capítulo. La relación investigación-saber pedagógico contribuye al aprendizaje del docente y a su desarrollo profesional, ya que permite avanzar en el conocimiento de enfoques, escuelas, paradigmas, teorías, modelos, metodologías y didácticas que orientan las prácticas pedagógicas cotidianas de los docentes.

 
De igual forma, apoyan los procesos de reflexión sistemática que necesitan desarrollar los maestros para poder identificar logros y dificultades asociadas a la compleja tarea de enseñar y aprender.


La investigación que realiza el docente contribuye a la búsqueda del sentido de la acción educativa, inscrita en un contexto institucional y enmarcada en unos lineamientos de política que la orientan. En este orden de ideas, la investigación sobre la práctica docente es un medio para generar y poner a prueba nuevas maneras de enseñar y aprender conducentes a mejorar los estándares de calidad, a dinamizar las instituciones educativas y sus procesos y a lograr que la educación contribuya a la construcción de nación.

 
La investigación que realiza el docente sobre su práctica lo lleva a cualificar su manera de enseñar, ya que un maestro investigador estará atento a que sus estudiantes involucren los procesos de la investigación en su aproximación al conocimiento. De esta manera, no solo privilegiará las metodologías de la pedagogía activa, sino que llevará a que sus alumnos desarrollen procesos de metacognición y en general logren aprendizajes significativos.


Si se acepta igualmente que el aprendizaje cooperativo contribuye sensiblemente al desarrollo profesional docente, la investigación que realizan los maestros, y primordialmente aquella derivada de los enfoques cualitativos, permitirá la participación de varios docentes en un mismo proyecto de investigación; o bien la posibilidad de analizar un mismo problema de investigación a partir de la reflexión sobre diferentes perspectivas curriculares; o bien involucrar como observadores de su propia práctica a varios colegas, como en las experiencias pedagógicas mediante la investigación acción.

 
La investigación orienta muchas de las propuestas de formación continua. Si se mantienen como características del aprendizaje docente ser situado y compartido, los procesos de reflexión sobre la práctica necesitan tomar distancia para la objetivación de lo que allí sucede, pero también necesitan llevarse de nuevo a lo cotidiano para transformarse. Los programas de formación permanente en Bogotá, por ejemplo, involucraron tanto actualización de conocimientos pedagógicos, como investigación y propuestas para modificar las prácticas pedagógicas tanto en el aula como en la institución educativa.

 
Así, en dichas experiencias se partía de lo cotidiano, pero se compartían las reflexiones con los colegas y se apostaba a la transformación institucional. Estas propuestas también acompañan los planteamientos de cambio y mejora en las escuelas efectivas.

 
Algunas iniciativas reportadas por Terigi a propósito del aprendizaje docente y la búsqueda de su desarrollo profesional hacen presente el privilegio del aprendizaje cooperativo, tales como talleres centrados en la reflexión crítica sobre las situaciones educativas; el apoyo de los pares que orientan el trabajo pedagógico y que llevan incluso a resignificar el rol de los supervisores, como en el caso de los microcentros rurales en Chile; la ampliación de las experiencias de aprendizaje docente más allá de las propuestas institucionales y que tienen un claro ejemplo en las redes de maestros, sean ellas temáticas –redes de maestros que enseñan matemáticas, español o ciencias–, para llegar a procesos que involucran propuestas colectivas tales como los maestros expedicionarios que llevaron a cabo varias rutas pedagógicas en el caso de la Expedición Pedagógica Nacional (EPN) en Colombia durante los últimos diez años.


Terigi muestra algunas tendencias con respecto al desarrollo profesional de los docentes, que bien pueden señalar propuestas de innovación en el campo:

 
Ø     El aprendizaje docente y su desarrollo profesional conforman un proceso continuo y no, como sucedía antes, una mera colección de eventos de formación.


Ø     El aprendizaje docente y su desarrollo profesional implican un trabajo conjunto entre investigadores, formadores y docentes dentro de los centros de formación e investigación. Tal interacción requiere condiciones de política educativa que la favorezcan.



Ø     El desarrollo profesional tiende cada vez más a incluir variedad de experiencias formales e informales a través de iniciativas que son sensibles al contexto y que, por lo tanto, guardan ciertas especificidades.


Ø     En clara concordancia con los aprendizajes situados que caracterizan el aprendizaje de los docentes, el aula se constituye en la fuente principal de experiencias para documentar y analizar con el fin de lograr nuevos conocimientos que apunten al desarrollo profesional.



Ø     El desarrollo profesional se asocia cada vez con mayor frecuencia a procesos sistemáticos de formación sostenidos en el tiempo, tanto los programas de postítulo como las maestrías y los doctorados.


Ø     El aprendizaje docente cuenta con un terreno propicio cuando el maestro participa en propuestas innovadoras.

 
Ø     El desarrollo profesional de los docentes necesita ir acompañado de propuestas institucionales que garanticen tiempo y oportunidades para el aprendizaje de los maestros.

 
Ø     Existe la tendencia a alinear las actividades de desarrollo profesional con metas de desempeño. En estos casos, la evaluación docente suministra los insumos necesarios para el diseño de propuestas, generalmente desde el mismo sistema educativo. El desarrollo profesional de los docentes es en estos casos una política educativa y para su logro se recurre a diversas propuestas, desde cursos de actualización hasta procesos de formación con maestros de excelencia, es decir, aquellos que han tenido los más altos puntajes en las evaluaciones de desempeño.



Como puede verse, el aprendizaje docente y el desarrollo profesional son un campo abierto a la innovación y a la incorporación del “saber acumulado” por la investigación en aras de garantizar la calidad de quienes se muestran como un factor esencial en los procesos de enseñanza-aprendizaje: los maestros.



Extraído de
Innovación e investigación sobre aprendizaje docente y desarrollo profesional
Gloria Calvo
En Aprendizaje y desarrollo profesional docente
Consuelo Vélaz de Medrano
Denise Vaillant
Coordinadoras

sábado, 11 de mayo de 2013

Principios de la profesionalización docente

Existe consenso en la importancia de la tarea docente, y en la necesidad de un adecuado Desarrollo Profesional Docente, entonces ¿Qué principios deben orientar ese desarrollo? ¿Hacia dónde apuntar?



Si revisamos la escasa producción en relación con la evaluación del desarrollo profesional docente, podemos llegar a identificar algunos elementos, componentes o principios en los que coinciden diferentes estudios. Hawley y Valli llegaron a sistematizar nueve principios que deberían orientar la práctica del desarrollo profesional, que sintetizamos a continuación.

 
El contenido del desarrollo profesional determina su eficacia
Los contenidos del desarrollo profesional docente deberían centrarse en lo que los alumnos han de aprender y en la forma que ellos tienen de enfrentarse a diferentes problemas. El contenido del desarrollo profesional debería tratar directamente sobre lo que se espera que los estudiantes aprendan y sobre aquellas estrategias didácticas que la investigación y la experiencia han demostrado que son eficaces. En este sentido existen abundantes datos empíricos que muestran que los programas eficaces de formación docente son aquellos centrados en la sustancia (lo que los profesores aprenden) y no en la forma (la forma como aprenden). Este principio supone en buena medida un cuestionamiento al fuerte énfasis que durante mucho tiempo se ha puesto en los procesos o en la estructura de las actividades de desarrollo profesional.

El eje articulador es el análisis del aprendizaje de los estudiantes
El desarrollo profesional que se basa en el análisis del aprendizaje de los estudiantes ayuda a los profesores a acortar la distancia entre el aprendizaje actual de los estudiantes y el aprendizaje deseado. Estas metas de aprendizaje de los estudiantes también proporcionan el fundamento para definir lo que los profesores necesitan aprender. Este principio destaca la importancia de diseñar el desarrollo profesional docente haciendo centro en los datos y las necesidades de aprendizaje de los estudiantes. En este sentido, el empleo de indicadores de aprendizaje de los estudiantes ha demostrado ser un instrumento útil cuando se formulan los objetivos de la formación docente.

 
Los profesores deben identificar lo que necesitan aprender
Cuando los profesores participan en el diseño de su propio aprendizaje, su compromiso crece. Es más probable que los profesores utilicen lo que aprenden cuando el desarrollo profesional se centra en la resolución de problemas referidos a sus propios contextos particulares. Esto supone un cambio respecto de lo que ha sido la tradición en la formación docente, organizada principalmente en torno a la participación de profesores en cursos. Esto no significa que los cursos y conferencias no sean necesarios, sino que deben considerarse como puntos de partida de un proceso de cambio más amplio. Se sabe que el aspecto clave de todo proceso de desarrollo profesional está en la implantación.


La escuela es el telón de fondo
El desarrollo profesional debería estar basado en la escuela y construirse en torno al trabajo diario de enseñanza. Los profesores aprenden de su trabajo. Para aprender a enseñar de forma más eficaz se requiere que ese aprendizaje se planifique y se evalúe. Es preciso que el aprendizaje ocurra en un contexto específico. El desarrollo del currículo, la evaluación y los procesos de toma de decisiones siempre representan ocasiones propicias para el aprendizaje.

 
La resolución colaborativa de problemas es un pilar
El desarrollo profesional debería organizarse en torno a formas colaborativas de resolución de problemas. Sin resolución de problemas de forma colaborativa es posible que ocurran cambios individuales, pero esto no garantiza que cambie la escuela. Las actividades de resolución colaborativa de problemas permiten a los docentes trabajar juntos para identificar problemas y luego solucionarlos. Las actividades pueden incluir grupos interdisciplinarios, grupos de estudio o de investigación-acción.


El desarrollo profesional debería ser continuo y evolutivo
Adoptar e implementar prácticas eficaces requiere de un aprendizaje continuo, lo que implica seguimiento y apoyo para posteriores aprendizajes a partir de fuentes externas a las escuelas. Por lo tanto, el diseño del desarrollo profesional debe otorgar tiempo suficiente para aplicar nuevas ideas. El seguimiento y el apoyo aseguran que el desarrollo profesional contribuya a un cambio real y a la mejora continua.

 
Hay que garantizar la incorporación de múltiples fuentes de información
El desarrollo profesional debería incluir información sobre los resultados del aprendizaje de los estudiantes, así como sobre la enseñanza y el resto de los procesos implicados en la implementación de los aprendizajes adquiridos a lo largo del desarrollo profesional. El desarrollo profesional debería incluir su propia evaluación, utilizando a tales efectos diferentes recursos: portafolio, observaciones de profesores, evaluación de compañeros, resultados de los estudiantes.

 
Es necesario tener en cuenta las creencias
El desarrollo profesional debería proporcionar oportunidades para mejorar la comprensión sobre las teorías que subyacen al conocimiento y a las habilidades para aprender. Puesto que las creencias actúan como un filtro del conocimiento y orientan la conducta, el desarrollo profesional no puede dejar de abordar el análisis de las creencias, experiencias y hábitos de los docentes. Además, cuando los profesores poseen una adecuada comprensión de la teoría que subyace a las prácticas docentes concretas, entonces se encuentran en mejores condiciones para adaptar sus estrategias de aprendizaje a las circunstancias en las que se aplican.

 
El desarrollo profesional integra un proceso de cambio
Las actividades de desarrollo profesional deberían conectarse con un proceso de cambio más amplio y comprehensivo, centrado en la mejora de los aprendizajes de los estudiantes. Mejorar las capacidades de los profesores sin cambiar las condiciones que influyen en la posibilidad de aplicar estas capacidades puede incluso resultar contraproducente. Estas condiciones incluyen el tiempo y oportunidades de practicar nuevos métodos, una adecuada financiación, el necesario apoyo técnico y un seguimiento sostenido. De esta forma, a menos que el desarrollo profesional se diseñe como una parte inseparable de un proceso de cambio, es probable que demuestre no ser eficaz en definitiva.

 
Ingvarson, Meier y Beavis se formularon la siguiente pregunta: ¿Qué componentes de la formación tienen un mayor impacto en la mejora de la enseñanza del profesorado? Buscando responder a esta interrogante indagaron en cuatro grandes programas de formación continua de profesores en Australia. Los hallazgos de esta investigación arrojan considerable luz sobre el tema que nos ocupa.

 
Se trata de programas que ofrecen a los profesores oportunidades para centrarse en el contenido que los estudiantes deben asimilar, y que apuntan a resolver las dificultades que los estudiantes encontrarán para aprender dicho contenido. Además utilizan el conocimiento generado por la investigación acerca de cómo aprenden los estudiantes, e incluyen oportunidades para que los profesores de forma colaborativa puedan analizar el trabajo de los estudiantes.







Extraído de
La evaluación del desarrollo profesional docente
Carlos Marcelo
En: Aprendizaje y desarrollo profesional docente
Consuelo Vélaz de Medrano
Denise Vaillant
Coordinadoras



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sábado, 4 de mayo de 2013

Los ámbitos de incumbencia de la escuela

¿De qué debe ocuparse la escuela? La respuesta está muy relacionada con nuestra idea sobre el tipo de sociedad que queremos. La institución escolar debe desarrollar prescripciones oficiales, pero también cumple con un “currículum oculto”, muchas veces relacionado con el clima escolar que se viva ¿Mejorar la democracia? ¿Inclusión social?




La escuela tiene especial incumbencia en determinados ámbitos para promover deliberadamente aprendizajes que favorezcan el desarrollo integral de los niños y los jóvenes. En este sentido, el currículo explícito oficial se puede constituir en un importante recurso para lograr en los estudiantes aprendizajes relacionados con la convivencia escolar. Por un lado, por los temas mismos que incorpora, pero especialmente esto tiene lugar cuando temas polémicos son abordados sin excluir las diferencias, cuando el aprendizaje ayuda a desnaturalizar categorías y ubicarlas en el contexto en que surgen, para reconocerlas como productos históricos y sociales particulares y contingentes, sometidas a cambios de acuerdo con las construcciones de sentido que cada época produce. El lugar de las mujeres en la sociedad, el de los inmigrantes, los distintos credos religiosos, las particulares situaciones de exclusión, las guerras, las nacionalidades… pueden resultar temas controvertidos y, por lo mismo, ser motivo de distintas posturas, asentadas en la ruptura de referentes que se produjo en la modernidad. Este hecho, precisamente, los constituye en asuntos apropiados para la formación en una convivencia respetuosa, si se favorecen los procesos que permitan admitir el disenso, aprender a trabajar con él y a fundamentar las propias razones. Pero, además, el abordaje de estos temas puede permitir plantear la acción educativa a partir del reconocimiento de los distintos valores que los sustentan, y que esto sea causa de un debate serio y respetuoso, para poner de relieve que en toda postura es indispensable una reflexión crítica y una argumentación basada en un diálogo genuino, donde el reconocimiento del otro en su identidad sea respetado. Esta convivencia respetuosa puede iniciar el camino hacia una escuela no solo inclusiva sino también integradora.


Muchas veces las interpretaciones y contextualizaciones que cada escuela realiza del currículo oficial, como las prácticas docentes que promueve o en las que tiene que insertarse para desarrollar la planificación o proyectos, despiertan la inquietud de si, efectivamente, los objetivos e intereses del currículo explícito son recogidos en la práctica escolar. Es fácil constatar que muchas de las intenciones del currículo prescrito quedan opacadas por lo que comúnmente se conoce como “currículo oculto”. Por esto, algunos autores coinciden en destacar a este como el más real desde la perspectiva de quienes participan en el proceso educativo. Las prácticas profesionales, los discursos, la cultura institucional, las reglas constitutivas de los vínculos, los fenómenos de la cotidianidad escolar… son el contexto formativo real, tanto para maestros como para alumnos. A partir de esas prácticas, los alumnos se apropian de diversos conocimientos, valores, formas de vivir y sobrevivir. La experiencia en las escuelas es formativa también para los maestros.



Todo ello configura una modalidad característica, un estilo institucional, que se percibe de forma directa en el clima, en el movimiento de la vida cotidiana de la escuela, en las “maneras” de actuar de sus miembros. Estudios recientes indican que el clima escolar es la variable que mayor influencia ejerce sobre el rendimiento de los estudiantes. Lo que era posible percibir intuitivamente, ahora se manifiesta más abiertamente: cuando las escuelas logran generar ambientes respetuosos, acogedores y positivos, pueden hacer una importante contribución al desempeño de los estudiantes. Si bien los factores de contexto socioeconómico tienen una influencia poderosa en el rendimiento, las variables asociadas a la escuela -como la creación de ambientes agradables son esenciales para promover el aprendizaje de los alumnos.

 
El clima escolar está dado por
la capacidad que tiene una organización para responder a las expectativas de sus miembros […] La calidad ambiental se mide por la satisfacción o malestar que encuentran los sujetos al trabajar juntos en ella, motivo por el cual se percibe emocionalmente, y el grado de satisfacción o malestar ejerce un fuerte condicionamiento sobre la calidad de los resultados.

 
Establece una relación educativa, que no se realiza entre términos personales, por ejemplo maestro-alumno, alumno-alumno, sino que lo hace en términos grupales y colectivos: grupo familiar-hijos, institución educativa-alumnos. Por ello el clima escolar se constituye en un enseñante colectivo que, como decía Durkheim, es algo más que la suma de los enseñantes individuales y, como tal, transfiere saberes, ideas, normas, prácticas y valores.









Extraído de
El desafío de la convivencia escolar: apostar por la escuela
Alicia Tallone
En
EDUCACIÓN, VALORES Y CIUDADANÍA
Bernardo Toro y Alicia Tallone
Coordinadores

sábado, 27 de abril de 2013

Escuelas de ayer, escuelas de hoy

La escuela, como institución, está fuertemente cuestionada. Ella mantiene su formato tradicional, pero se ve afectada por todos los cambios que se suceden, a nivel sociedad, familia, etc. ¿En qué aspectos podemos percibir las diferencias más importantes entre la escuela de ayer y la de hoy? ¿Cuáles son los problemas nuevos que debe afrontar?




Un hecho que consideramos de fácil constatación es que en la escuela la interacción lleva una nueva impronta fruto del incremento de la complejidad social por el que están atravesados los distintos procesos sociales, y en particular los escolares. Hasta hace algunas décadas las instituciones proporcionaban modelos probados, a los que recurrían las personas para orientar su conducta, tal como lo muestran Berger y Luckmann. En la actualidad, esta influencia ha sido horadada por las profundas crisis que se producen en nuestra sociedad, fruto de las cuales el mundo, la sociedad, la vida, la identidad, el trabajo y la autoridad son cada vez más problematizados y son objeto de interpretaciones. Ninguna interpretación, ninguna acción puede ya ser aceptada como única, verdadera o incuestionablemente adecuada. Como lo expone Carlos Thiebaut, esta complejidad es la nota distintiva de nuestro tiempo.



A nivel escolar, esta complejidad suele traducirse en insatisfacción, desconcierto, desmotivación, indisciplina. Los medios de comunicación masiva se han hecho eco con reiterada frecuencia de noticias y opiniones, en las que predominan situaciones teñidas por la violencia en sus diversas manifestaciones, como conflictos, amenazas, insultos, discusiones y agresiones, mostrando una escuela que aborda la convivencia de manera paliativa antes que constructivamente. Sin embargo, muchas de estas situaciones suelen sustentarse en lo inusual, en un carácter excepcional, lo que hace conveniente dimensionar la problemática, para no magnificar de forma unidimensional la conflictividad en la escuela. En función de esta situación, muchos reclaman medidas más duras y represivas para su tratamiento. Pero otros, en cambio, intentan instrumentar otras maneras, que privilegian la prevención, el diálogo y la participación de toda la comunidad educativa. Son docentes y escuelas que están convencidos de que mejorar es posible y necesario, y apuestan por el aprendizaje de sus alumnos, por la colaboración y el trabajo conjunto.



Distintos autores indican que el afuera que cambia no puede no afectar lo que la escuela hace y produce. Tenti Fanfani lo comenta, diciendo que todo lo que sucede en la sociedad, se siente en la escuela. Cambian la familia, la estructura social, la cultura, el mercado de trabajo, la ciencia y la tecnología, y, aunque la institución escuela parezca conservar su formato tradicional, se produce un cambio en algo que ya no tiene el sentido que tenía en el momento fundacional. En otras palabras: todos los cambios estructurales que se registran en las principales dimensiones de nuestras sociedades, tienen su manifestación en las instituciones y prácticas escolares. En la escuela entran la pobreza y la exclusión social, las culturas juveniles y adolescentes, la violencia, la enfermedad, el miedo, la inseguridad, la droga, el sexo, el compañerismo, el altruismo, la amistad. Tenti Fanfani destaca que esta invasión de la sociedad es una de las novedades de la agenda actual, novedad que pone en tela de juicio muchos dispositivos y modos de hacer las cosas en las instituciones escolares: el currículo, los métodos, los tiempos pedagógicos, las relaciones de autoridad, los interlocutores... La creciente complejidad de nuestras sociedades va complicando enormemente las demandas.



Paul Grice explica que, para que la comunicación tenga lugar, los actores deben contemplar lo que se denomina “principios de cooperación”, como la relevancia, la cantidad de información y el modo de lograr mantener una relación dialógica o un contexto semántico compartido. Solo respetando estos principios, los enunciados pueden transformarse en comunicación. De no ser así, se convierten en ruidos ininteligibles. La escuela y la familia hoy están llenas de estos ruidos. Compartir un espacio de interacción no resulta fácil: basta pensar en las culturas juveniles en relación con las cuales los docentes y los alumnos parecieran hablar lenguajes distintos; así, a los maestros les cuesta comprender el código de sus alumnos y a los alumnos les parece “fuera de onda” lo que dice el profesor. El lenguaje y uso de las nuevas tecnologías puede brindarnos otro ejemplo: denostados por uno, aliados del otro.



Esta invasión de la sociedad como novedad de la agenda actual marca una diferencia acentuada con respecto al momento fundacional de la escuela, en que esta era pensada como un mundo separado, que reivindicaba para sí un carácter sagrado. Este lugar aséptico, desproblematizado, se refleja en el modelo de institución que Lidia Fernández ha denominado “cenobio”, que se caracteriza por una clara distinción entre el adentro escolar y el afuera social. Esta delimitación de un “afuera” contaminado y un “adentro” puro, en el que se hallaba el legítimo saber, era la base para que la escuela trasmitiera valores que estaban por fuera de toda discusión; la sociedad era un terreno de conquista, donde predominaba “la barbarie”, mientras que en la escuela estaba “la avanzada de la civilización”. Eran los alumnos los que debían adaptarse a la cultura y a las reglas de la institución. El papel de las familias se reducía a brindar apoyo a las orientaciones emanadas de la escuela, sobre la base de una autoridad incuestionable del docente.



Mucho de esta situación ha cambiado. Más bien nos encontramos con que el monoteísmo de los valores va dando lugar al politeísmo de las creencias.



Pero, además, hoy la misma institución escuela se encuentra cuestionada y está lejos de quedar fuera de toda sospecha. Por el contrario, se la puede incluir entre las instituciones que generan desconfianza en los ciudadanos, para habilitar nuevas posibilidades y compensar las diferencias que produce el desigual acceso a la riqueza y la exclusión, que en grado creciente enfrentan nuestra sociedad. Más aún, se la acusa de no poder garantizar aspectos que le son propios, como la calidad de la educación. No son pocos los estudios que muestran el círculo vicioso de “a mayor pobreza, menor educación”, con lo cual se evidencia que la oferta escolar más allá de su igualdad formal, no es homogénea y que, en muchos casos, la misma escuela es quien refuerza las desigualdades existentes.





Extraído de
El desafío de la convivencia escolar: apostar por la escuela
Alicia Tallone
En
EDUCACIÓN, VALORES Y CIUDADANÍA
Bernardo Toro y Alicia Tallone
Coordinadores

domingo, 21 de abril de 2013

La construcción de autoridad en la escuela: fisuras y dificultades a superar

Muchos son los problemas que surgen de la convivencia en la escuela, se cayó la disciplina tradicional ¿Se la reemplazó adecuadamente? ¿Hay peligro de anomia? ¿Qué significa "autoridad"? ¿Hay crisis de autoridad? ¿Cómo pensar el tema?



En la actualidad, muchos sectores de la sociedad consideran que la escuela no está cumpliendo satisfactoriamente la función de formar a las futuras generaciones en las capacidades que requiere el desempeño ciudadano. Al mismo tiempo, existe una significativa falta de consenso acerca de cuáles son o deben ser dichas capacidades. La consecuencia más evidente es que no solo la escuela parece lograr poca adhesión a las normas sociales vigentes, sino que su propio sistema interno de normas está cuestionado, tanto en su legalidad como en su eficacia; la adscripción subjetiva a esa legalidad parece cada día un hecho más difícil de lograr.



Esta circunstancia produce en los docentes un intenso desgaste, ya que se sienten desbordados por las situaciones, en particular en lo que a la normativa se refiere. Muchos autores están de acuerdo en que el desmoronamiento de la disciplina tradicional no encontró en la escuela la posibilidad de recrear mayores grados de libertad, sino que, por el contrario, dio lugar en muchos casos a la anomia, al desdibujamiento de las fronteras entre lo permitido y lo prohibido, y del riesgo de la escuela represora pasamos hoy al riesgo de construir “una escuela de la impunidad”.



Del mismo modo, Dussel destaca que es difícil hoy colocarse en el lugar de fijar la norma, de “decir la ley”, por la crisis de autoridad que afecta a las instituciones, a los adultos y la sociedad contemporánea en general. Las normas, para ser cumplidas, exigen autoridad, tanto de la persona encargada de velar por su ejercicio como del reconocimiento de ese rol por parte de quienes deben cumplirla. La crisis de autoridad alcanza hoy a estos dos aspectos, pues muchas veces la persona que ocupa un cargo de autoridad, con ingerencia para hacer aplicar la norma, no se asume como tal, porque no puede sostener el desgaste que suele acarrear esta responsabilidad frente a la ruptura de las redes simbólicas que la sostenían y la hacían posible. A veces es más fácil obviar la responsabilidad -a pesar del malestar que pueda producir-, que asumirla en forma individual. Tanto un caso como el otro nos muestran que el vínculo con la ley está dañado y que resulta particularmente difícil hoy construir lazos de sujeción, como es el hecho de la interiorización de las normas, cuando su significación y sentido fueron diluidos en la liquidez de la cultura individualista actual.



Nos parece importante aquí insistir en la particular situación del docente en lo relativo a las posiciones frente a la autoridad. Las condiciones históricas actuales hacen particularmente difícil situarse en el punto justo, equidistante tanto del autoritarismo como de la ausencia de autoridad. Kojève planteaba que esta debe comprenderse como el proceso mediante el cual quien la representa, logra cambiar la conducta del otro. Resaltaba, además, que solo se tiene autoridad sobre quien puede reaccionar, sobre quien puede negarse a cambiar. De igual forma, sostenía que la autoridad es un fenómeno social, no individual.



La autoridad es, pues, necesariamente una relación entre agente y paciente: es, entonces, un fenómeno esencialmente social (y no individual); es preciso que existan dos, por lo menos para que haya autoridad.



Y esto es lo que sucedía en las “escuelas de ayer”. En cambio, en las “escuelas de hoy”, sobre todo en las de nivel medio, muchas de las situaciones cotidianas ponen de manifiesto que cambió el consenso social que otorgaba al docente esta autoridad de manera incuestionable. Por el contrario, nos encontramos a menudo con que su lugar como autoridad con legitimidad se ve sometido a un constante ejercicio de legitimación. El desafío de establecer un vínculo asimétrico, que pueda dar lugar a la instalación de la relación pedagógica al mismo tiempo que a la libertad del otro, no es una cuestión de fácil resolución.



Retomando la lectura realizada por Dussel de los reglamentos de convivencia en Argentina, uno de los aspectos que resalta es que estos se ocupan de las responsabilidades que tienen los estudiantes y muy pocos utilizan el lenguaje de los derechos más vinculados con los discursos de la ciudadanía. Señala, además, que muy pocos mencionan algún tipo de responsabilidad por parte de los adultos, pues se supone que los estatutos disciplinarios tienen la función de controlar el comportamiento de los estudiantes. Dussel asocia esta falta de inclusión del adulto con algunas características propias de las culturas políticas latinoamericanas, notablemente la argentina, para la cual la ley es asunto de débiles, de no poderosos, porque quienes pueden y tienen poder, la sortean mediante conexiones o sobornos. Trae a colación la frase de Getúlio Vargas: “Para mis amigos, todo; para mis enemigos, la ley”, que Guillermo O’Donnell presenta en su estudio sobre la debilidad de la ley en la región. La frase refuerza la idea de que solo los débiles son objeto de regulación normativa. Trasladada la situación al ámbito escolar, se la puede asociar con que las normas son solo para los alumnos, con el descuido para explicitar un marco político legal y con la imposibilidad de recrear un debate para generar acuerdos, entre otros muchos aspectos. A pesar de ello, sin duda alguna, en este tema la escuela tiene mucho por hacer: se podría pensar casi como una cuestión contracultural de instalación de una cultura, en la que la ley sea respetada por todos, por los adultos y por los jóvenes; una escuela que haga posible vivenciar en el día a día escolar que las normas rigen tanto para unos como para otros.



La autora destaca que, en general, los reglamentos combinan viejos y nuevos temas con estrategias que producen formas híbridas. Por un lado, están formulados en términos de responsabilidades y consenso, y enfatizan la flexibilidad, el diálogo y la resolución de problemas como estrategias necesarias para aprender a vivir juntos; por otro, los reglamentos consideran a los adolescentes como menores incapaces de autogobierno y ponen el acento en la idea de responsabilidad, que se parece demasiado a la vieja idea de obediencia de antiguos reglamentos. A la par, considera la dificultad de las escuelas en generar formas de organización más democráticas, que contengan el conflicto, el disenso y la discusión como elementos centrales; resalta también la poca participación que ofrece la institución a los estudiantes en la elaboración de las normas, reglamentos y disposiciones que la ordenan. Esto tiene mucho que ver con la relación que se pueda establecer en su interior, para constituir una auténtica comunidad académica que escape de un discurso basado en posiciones normativas y acordar criterios democráticos y participativos para constituirse en un lugar donde sea posible aprender a convivir con el diferente.









Extraído de
El desafío de la convivencia escolar: apostar por la escuela
Alicia Tallone
En
EDUCACIÓN, VALORES Y CIUDADANÍA
Bernardo Toro y Alicia Tallone
Coordinadores

 

domingo, 14 de abril de 2013

El pluralismo como valor fundamental en sociedades democráticas y globalizadas

¿En qué consiste, para la Educación, tomar al pluralismo como valor fundamental? ¿Cómo actuar frente a las nuevas generaciones? Debe ofrecerle recursos para que sepa exigir sus derechos, sin conformarse con los silencios de los deben responder, reconocer sus deberes, participar activamente en la comunidad, reconocer al otro como interlocutor válido para buscar justicia y construir su vida buscando la felicidad en su comunidad. Los siguientes párrafos amplían el tema.



Educar es en buena parte una tarea logística y que educar en valores consiste esencialmente en crear condiciones. Estas condiciones deben contribuir al hecho de que en nuestro proceso de construcción personal -que no es solamente individual, sino que se da en la interacción con los otros- aprendamos a apreciar valores, a denunciar su ausencia y a configurar nuestra propia matriz personal al respecto. La tarea de educar en valores consiste, en primer lugar, en crear condiciones que fomenten la sensibilidad moral en aquellos que aprenden, a fin de constatar y vivir los conflictos morales de nuestro entorno tanto físico como mediático. En segundo lugar y a partir de la vivencia y análisis de experiencias que como agentes, pacientes u observadores puedan generar en nosotros los conflictos morales en nuestro contexto, educar en valores y para la ciudadanía ha de permitir superar el nivel subjetivo de los sentimientos y, mediante el diálogo, construir de forma compartida principios morales con pretensión de universalidad. Y en tercer lugar, debe propiciar condiciones que ayuden a reconocer aquellas diferencias, valores y tradiciones de la cultura de cada comunidad, que favorezcan la construcción de consensos en torno a los principios básicos mínimos de una ética civil o ciudadanía activa, fundamento de la convivencia en sociedades plurales. Estos principios básicos se refieren a la justicia y son identificados por Rawls como igualdad de libertades y de oportunidades, y distribución equitativa de los bienes primarios.



La persona, en tanto que ciudadana, es sujeto de derechos, deberes y sentimientos. La educación debe ofrecerle recursos para que sepa exigir sus derechos, no conformarse con los silencios de quienes deben responder, asumir sus deberes, sentir moralmente, participar activamente en la comunidad de la que forma parte, reconocer al otro como interlocutor válido para buscar lo justo y construir su vida buscando la felicidad en su comunidad. Educar para la ciudadanía es formar personas con el objetivo de que desarrollen el sentido de pertenencia a su comunidad y sean capaces de priorizar sus acciones en función de criterios de justicia. Tal y como señala Adela Cortina, cada comunidad tiene tradiciones de vida buena, que los ciudadanos tienen que asumir; pero además, un buen ciudadano debe saberse con otros en un proyecto compartido de justicia y ser capaz de deliberar conjuntamente con los otros sobre lo justo y lo injusto.



Por ello, en sociedades democráticas, el valor fundamental que conviene promover es el pluralismo. Este concepto implica algo más que respeto, tolerancia y que, incluso, tolerancia activa. El pluralismo es el valor que nos permitirá profundizar en estilos de vida democráticos -a nivel familiar, social, laboral y comunitario- y el que más puede contribuir a la construcción de nuestra comunidad iberoamericana, así como, a través de ella, a la construcción de una comunidad global más justa y equitativa. Apostar por el pluralismo como valor fundamental y fundamento de la democracia significa apostar por un modelo de construcción de ciudadanía, así como de educación ciudadana, basado en criterios de justicia; aunque también en el reconocimiento del otro y en el valor del cuidado, en reconocer la memoria como una fuente buena y válida en la construcción de nuestra identidad, y en la defensa y profundización de estilos de convivencia intercultural y de construcción de ciudadanía inclusivos. Una sociedad que entienda el pluralismo como valor y que reconozca en igualdad de condiciones a todas las personas que la conforman, es una sociedad que, además de reconocer los derechos de ciudadanía a todos sus miembros, entiende que la ciudadanía es algo abierto y en construcción.



Probablemente debamos comprender así a la comunidad iberoamericana de la que formamos parte. No tanto como una madre o una patria, sino como una cultura en construcción que reconoce las distintas memorias de cada pueblo y nación, que lucha por la igualdad de derechos de todos sus miembros, y que asimismo avanza hacia un modelo de convivencia intercultural inclusivo y construido colaborativamente. Es la nuestra una comunidad que no debería practicar un modelo de convivencia intercultural de corte diferencialista, sino de carácter inclusivo. Que no debe preocuparse solamente por una ciudadanía que garantice derechos y exija deberes a cada uno en su lugar, sino que también debe preocuparse por formar una ciudadanía entrenada para construir juntos sentido de pertenencia, nueva ciudadanía. Para ello, conviene avanzar pedagógicamente en el marco de una perspectiva que integre la construcción de modelos de vida basados en la libertad, la justicia y la dignidad, con prácticas de aprendizaje y convivencia que permitan apreciar el valor de la memoria, el de la empatía y la compasión -sentir con el otro y hacerme cargo de él-, y el de la responsabilidad ética como fuentes de convivencia y factores de transformación social y de construcción de ciudadanía. Supone apostar por un modelo de ciudadanía activa y de sociedad democrática basado en la colaboración, el apoyo mutuo, la compasión y la participación.





Extraído de
Educación y ciudadanía en sociedades democráticas: hacia una ciudadanía colaborativa
Miquel Martínez Martín
En
EDUCACIÓN, VALORES Y CIUDADANÍA
Bernardo Toro y Alicia Tallone
Coordinadores

domingo, 7 de abril de 2013

Hacia un modelo de ciudadanía colaborativa

La convivencia humana va desarrollándose hacia formas cada vez más interdependientes, de la misma manera, las teorías sobre el aprendizaje humano van en el mismo sentido, por lo que surge como espontáneo pensar en un modelo de ciudadanía colaborativa ¿Cuál es la importancia de lo grupal en el aprendizaje? ¿Competencia o colaboración?



Un modelo de ciudadanía y de sociedad democrática basado en la colaboración, el apoyo mutuo, la compasión y la participación precisa situaciones de socialización y aprendizaje colaborativos y participativos. Nos referiremos a continuación a aquellas condiciones que, desde un enfoque pedagógico, permiten avanzar mejor en esta dirección. En concreto, lo haremos en relación a la construcción colaborativa de ciudadanía y a la participación como medio y factor de ciudadanía activa.



Si, de acuerdo con Begoña Gros, la construcción colaborativa del conocimiento supone entenderlo como una continuidad entre lo individual y lo grupal en el aprendizaje, la construcción colaborativa de ciudadanía supone entender los procesos de aprendizaje de esta como una continuidad entre el aprendizaje individual -a través de la internalización-, el aprendizaje en colaboración y el aprendizaje humano de carácter fundamentalmente social, cuyo significado es intersubjetivo y se sitúa en una tradición o cultura.
 

La historia de las teorías sobre el aprendizaje humano muestra un recorrido que, analizado desde una perspectiva pedagógica, evidencia un desplazamiento del interés por cómo adquirir el conocimiento entendido como algo externo, que está fuera del que aprende, hacia un interés cada vez más elaborado por cómo construir el conocimiento entendido como algo que no está fuera ni es ajeno al aprendiz. Los desarrollos teóricos actuales sobre el aprendizaje humano, y en especial los de la última década, muestran que el conocimiento no solo es construido en interacción -entre sujeto que aprende y medio, o entre sujetos que aprenden-, sino que lo es gracias a la participación social del que aprende, mediante acciones y prácticas en el contexto de aprendizaje.



Para sintetizar estas dos posturas, seguiremos el análisis de Begoña Gros, al referirse a la distinción entre la metáfora de la adquisición y la metáfora de la participación en relación con el aprendizaje humano o, en otras palabras, al debate entre los partidarios de las teorías cognitivas y los de la teoría situada del aprendizaje. Los teóricos del aprendizaje situado sostienen que el conocimiento es parte y producto de la actividad, el contenido y la cultura en la que este se desarrolla y se utiliza. Así pues, la actividad y el contexto son factores esenciales en el aprendizaje de manera que, en el caso del aprendizaje de competencias éticas y ciudadanas, podemos afirmar que el buen aprendizaje de tales competencias puede entenderse como un proceso de enculturación, que dependerá de la comunidad o cultura de prácticas sociales en las que la persona está inmersa. De este modo, en el caso de la educación para la ciudadanía, el aprendizaje que fijaremos no será tanto el relativo a la adquisición del conocimiento que explican las teorías de corte cognitivo, sino el derivado de la participación en los contextos y prácticas de convivencia, vida y aprendizaje, ya sea en la escuela, en la familia o fuera de ellas.



Son las acciones y las prácticas que envuelven nuestra actividad cotidiana -la participación social al nivel que sea-, y no los conocimientos adquiridos, las que permiten aprehender y fijar lo aprendido. Aprender ciudadanía es participar en el proceso social de construcción de conocimiento sobre la ciudadanía. Se trata de un aprendizaje que se construye en la relación, como proceso interactivo que tiene lugar en las actividades compartidas de la comunidad.


Por todo ello, las propuestas de educación orientadas al aprendizaje de competencias éticas y ciudadanas deben prestar más atención a las condiciones que conforman la práctica y su estructura. Más incluso que a la estrategia, la técnica o la metodología a emplear. Por esta razón

-y de acuerdo no solo con los partidarios de la perspectiva del aprendizaje situado, sino también, y como muy bien señala Begoña Gros, con los planteamientos sobre el aprendizaje de John Dewey-, nuestra propuesta sobre educación y aprendizaje entiende aprender y hacer como acciones inseparables, y la pertinencia del contexto como factor clave del aprendizaje eficaz. Por ello, los contextos que promueven construcción colaborativa del conocimiento, al margen del conocimiento del que se trate -escolar, académico, social, o del tipo que sea-, son buenos espacios para la construcción de una ciudadanía basada en el apoyo mutuo, la confianza activa y la convivencia. Este tipo de contextos suponen un buen espacio para construir ciudadanía colaborativa, que probablemente es la que más necesitamos actualmente en estas sociedades nuestras que procuran profundizar en los valores de la democracia y la participación activa.





Extraído de
Educación y ciudadanía en sociedades democráticas: hacia una ciudadanía colaborativa
Miquel Martínez Martín
En
EDUCACIÓN, VALORES Y CIUDADANÍA
Bernardo Toro y Alicia Tallone
Coordinadores

 


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