jueves, 15 de diciembre de 2016

¿CÓMO POTENCIAR EL DIÁLOGO EN EL AULA?

Saber dialogar es una capacidad básica de todo ser humano. Pero como toda capacidad necesita de un aprendizaje para poderse llevar a cabo. Hay que ejercitamos nuestros alumnos desde muy pequeños en la escucha atenta, el uso de las palabras adecuadas, la sinceridad, la comunicación espontánea, el respeto … y valorar cómo se ven a sí mismos y respecto a los demás.
En este artículo expongo la importancia de potenciar el diálogo en el aula y de qué manera puedes trabajarlo con los niños.

Hay una frase que me gustaría destacar:
Nadie se educa a sí mismo, las personas se educan entre sí, mediatizadas por el mundo. Paulo Freire
 ¿Qué valores son necesarios para potenciar el diálogo en el aula?
Para lograr un diálogo maduro y constructivo necesitamos:
  • Deseo de participación.
  • Serenidad y atención.
  • Naturalidad y fluidez.
  • Flexibilidad y tolerancia.
  • Actitud empática.
  • Diálogo democrático.
  • Interés manifiesto.
  • Libertad y autonomía.
  • Espíritu crítico.
  • Respeto y reconocimiento mutuo.
  • Cooperación y solidaridad.
  • Autorregulación.
  • Igualdad entre los miembros.
La incapacidad de dialogar provoca otros contravalores como pueden ser la imposición, el individualismo, la insolidaridad, la competitividad, la discriminación, el desinterés, la intolerancia, la antipatía, y el aislamiento.
¿Qué es importante para dialogar?
Es importante que los niños:
  • Entiendan que para convivir debemos estar atentos a los otros, los escuchamos y pensamos que los demás también tienen ideas interesantes, aunque a veces sean diferentes de las nuestras.
  • Entiendan que los conflictos se resuelven dialogando, pero nunca utilizando la fuerza física, ni dominante al otro.
  • Entiendan que hay que saber escoger bien las palabras que usamos para comunicarnos con los demás, ya que:
    • Una palabra cualquiera puede ocasionar una discusión.
    • Una palabra cualquiera puede provocar odio.
    • Una palabra brutal puede romper sentimientos.
    • Una palabra agradable puede suavizar caminos.
    • Una palabra a tiempo puede ahorrar un esfuerzo.
    • Una palabra alegre puede iluminar el día.
    • Una palabra con amor puede cambiar una actitud.
¿Qué puede dificultar el diálogo?
A veces hay situaciones previas que dificultan el diálogo, algunas de ellas pueden ser:
  • La timidez que tienen algunos alumnos.
  • Que se sientan inferiores respecto a los demás.
  • Que no se sientan aceptados por los compañeros.
  • Que siempre quieran ser los únicos protagonistas.
  • Que lo pasen todo por su filtro sin tener en cuenta los otros.
Estas situaciones las tenemos que tener en cuenta si queremos potenciar un buen diálogo en el aula y buscar metodologías / estrategias para darles respuesta.
Qué favorece el diálogo?
Un buen diálogo favorece:
  • Que los alumnos interaccionen más unos con otros.
  • Que los niños se conozcan más.
  • Que haya un ambiente de paz y armonía en el aula.
  • Que los niños se enriquezcan mutuamente.
  • Que los alumnos se impliquen más con el que se está trabajando.
  • Que se cree el sentimiento de responsabilidad ante los compañeros.
  • Que los niños aprendan en compañía de los demás.
  • Que se cree un ambiente de aprendizaje más adecuado
  • Que los niños mejoren su autoconfianza.
Que nos encontramos en las aulas?
A menudo nos encontramos con un clima de aula que dificulta el diálogo entre los niños, los motivos pueden ser varios:
  • Niños muchos charlatanes que no saben escuchar.
  • Grupos poco cohesionados.
  • Grupos muy numerosos y diversos.
  • Niños que no saben respetar el turno de palabra.
  • Malas relaciones dentro del grupo.
  • Niños que no aceptan otros puntos de vista.
  • Grupos con niños movidos y dispersos.
  • Niños con pocos hábitos de esperar, de escuchar, de respetar a los demás …
  • Alumnos desmotivados y pasivos.
¿Por qué se potencia poco el diálogo en las escuelas?
Considero que en muchas escuelas el diálogo en el aula se potencia poco debido a:
  • La falta de tiempo para invertir en el diálogo, en detrimento de la exigencia de cosas que la escuela actual quiere atender.
  • La dificultad de dialogar en el aula con niños que no han sido educados en esta metodología y que parece que sólo responden callando, obedeciendo, copiando y memorizando.

Cómo podemos potenciar el diálogo en el aula?
Hay una serie de metodologías que nos pueden ser muy útiles para potenciar el diálogo en el aula. Estas son algunas de ellas:
1- Diálogos espontáneos. Son situaciones en las que surge un tema interesante tanto para los niños como para el maestro / a. Hay que aprovechar estas oportunidades, que surgen el día a día, para potenciar el diálogo en el aula.
2- Diálogos en pequeño grupo. Consiste en diálogos en grupo que potencian la participación de todos los niños, sobre todo de aquellos que son más tímidos o manifiestan más inseguridades.
3- Asambleas. Consiste en crear un espacio en el que el grupo se reúne para reflexionar y para expresar opiniones. Es un momento para hacer uso de la palabra y para dialogar juntos, maestros y alumnos. Para conseguir hacer asambleas con éxito puedes tener en cuenta estos aspectos:
  • Siéntese de manera diferente, por ejemplo, en círculo. Así los niños pueden ver y esto favorece el diálogo.
  • Escoja moderadores para guiar la asamblea.
  • Apunte los acuerdos en una libreta.
  • Como maestro / a, limitado a hacer de acompañante. Deja que los niños sean los protagonistas.
4- Espacios de tutoría. Es un espacio muy útil en el que los niños tienen la posibilidad de expresar su opinión, manifestar las propuestas, exponer sus quejas … favorece el intercambio de opiniones y posibilita un espacio de debate y diálogo de aula muy enriquecedor.
5- Juegos de rol. Los juegos de rol hacen posible que los niños desarrollen diferentes roles, papeles o personalidades potenciando que cada niño interprete su personaje. Es una actividad divertida y creativa en la que se trabaja el diálogo de manera diferente.
6- teatralizaciones. Es una actividad en la que los niños inventan un diálogo y posteriormente lo interpretan en el aula. Aparte del diálogo, en esta actividad se potencian otras habilidades como: la expresión escrita y la comunicación, la expresión corporal, la expresión artística, la creatividad …
conclusión
La escuela debe preparar a los niños para relacionarse de la manera más óptima posible: con ellos mismos, con los demás y con el conjunto de la sociedad. Para ello es esencial que los maestros trabajamos el diálogo en el aula, como herramienta principal de convivencia.
Soy consciente de que nuestro trabajo no es fácil y que cuesta encontrar espacios / tiempo para dedicar al diálogo. Pero es necesario que seamos capaces de generar situaciones ricas y variadas que propicien el desarrollo de las habilidades de relación social necesarias para convivir en sociedad.
Si desde pequeños no ayudamos a los niños a corregir los defectos (orgullo, vergüenza, egoísmo, intolerancia …) que les impiden ser dialogantes, de grandes serán poco comprensivos y tendrán pocas habilidades de relación social. Lo que los dificultará la buena relación y convivencia con las demás personas.


Por: Nati Bergadà Bofill
Fuente noticia://i.ytimg.com/vi/sH0gLgoJUGo/hqdefault.jp:https://translate.google.co.ve/translate?hl=es-419&sl=ca&u=http://natibergada.cat/&prev=search


miércoles, 14 de diciembre de 2016

¿La escuela es culpable?

Los siguientes párrafos tratan de explicar las razones de expresiones muy difundidas en nuestro contexto cuando se refieren a los éxitos o fracasos de la escuela ¿Institución sagrada o desastre?
¿Usted sabe por qué hay delitos en la Argentina? Porque la escuela no forma a los jóvenes en la cultura del trabajo. ¿Usted sabe por qué existe la corrupción? Porque la escuela no forma con valores contundentes de honestidad a los futuros funcionarios. ¿Cuál sería la causa de la pobreza? Que la escuela no forma individuos competentes y emprendedores capaces de competir en el mercado global. ¿Por qué no aumenta la productividad del país? Porque la escuela no ha formado a las nuevas generaciones en la cultura del sacrificio. Quizá ya puede adivinar las causas del desempleo: es que no se forma a los jóvenes con las habilidades que demanda el mercado. Nada, absolutamente nada de todo lo malo que sucede en este mundo deja de ser una consecuencia del desastre atribuido a la escuela. Fíjese cómo conducen los automovilistas y motociclistas, y las picadas de los jóvenes, sus borracheras, lo mal hablados que son. Antes esto no pasaba: chicos y grandes conocían los códigos del respeto y el buen trato, y eso porque la educación funcionaba de verdad. Sin duda, “todo tiempo pasado fue mejor”.
La distancia abismal entre esta posición –que culpa de todas las desgracias del país a los déficits de la educación– y su exacto reverso –la visión de la escuela como una institución sagrada e intocable– da una idea del atolladero en que nos encontramos para pensar la cuestión.
Todos los lectores de este libro, y no sólo ellos, están involucrados en cuestiones educativas. En efecto: en las sociedades actuales la escuela es uno de los sistemas más incluyentes. Salvo casos excepcionales, todos los adultos argentinos fueron a la escuela: algunos comenzaron antes, otros después; algunos permanecieron más tiempo y alcanzaron los diplomas más elevados, otros salieron de ella en forma prematura y sin obtener un título. La mayoría “ha vuelto” a la escuela como padre o madre de los alumnos. Por lo tanto, todos se sienten legítimamente autorizados a “hablar de educación”. Al menos, todos y cada uno tienen una opinión más o menos formada sobre la cuestión escolar.
Pero las experiencias son muy diferentes. Los argentinos no somos iguales, aunque lo seamos formalmente ante la ley; nuestra sociedad presenta desigualdades (a veces muy profundas) y diferencias sociales, regionales, culturales. Las escuelas tampoco son iguales. Por lo tanto, las experiencias y las ideas que cada grupo tiene de la educación también son muy diferentes. Esto no quiere decir que se distribuyan al azar, sino que individuos que comparten ciertas características sociales (posición de clase, edad, género, lugar de residencia, religión, grupo étnico) y frecuentaron escuelas parecidas tenderán a compartir un sentido común en la materia cuando hablen de las cuestiones escolares. Por otra parte, podríamos parafrasear un conocido refrán y decir que cada uno habla según como le fue en la “feria escolar”. No es lo mismo una experiencia exitosa que una fracasada, o una regular que otra excelente. De cualquier manera, si se lo hace con prudencia, siempre pueden identificarse visiones dominantes y dominadas, así como visiones simplemente diversas sobre la educación escolar.
Más allá de esa heterogeneidad, los argentinos percibimos la educación como un factor clave en la sociedad. Si bien hay países donde es vista como un medio para llegar lo más alto posible en la estructura social (según el modelo del emprendedor o self-made man, que se abre camino en virtud de sus méritos), en la Argentina ha prevalecido la idea de la educación como un derecho que tiende a igualar y permite la tan ansiada movilidad social ascendente. Se trata de un derecho que el Estado debe garantizar para que no existan excluidos y para que la formación de los ciudadanos sea la base de una sociedad democrática con mejor calidad de vida para todos.
Ahora bien, los argentinos oscilamos con facilidad entre el orgullo patriotero por las maravillas de nuestro país y un pesimismo exagerado que insiste en convencernos de que somos un desastre. Como no podía ser de otro modo, esa facilidad imbatible para considerarnos los mejores o los peores afecta nuestra visión de la educación, que, por excesivamente esquemática, rehúye la complejidad y los matices. Entre otros defectos, esa visión tiende a establecer comparaciones salvajes con el sistema educativo de otros países, para concluir que somos un “caso único”, del todo excepcional.
Ante semejante planteo, respondemos con buenas y malas noticias: la Argentina actual no es ni perfecta ni desastrosa, y otro tanto ocurre con nuestra educación. Sin embargo, circulan de boca en boca frases que construyen estereotipos sin matices sobre los docentes, los alumnos, los padres, la escuela, la nación, la pedagogía. Son fórmulas que implican profundas simplificaciones y no dejan lugar para los grises ni las relativizaciones. Las escuchamos en muchos medios de comunicación, en los salones de clase, en las salas de profesores, en las reuniones de padres, en la sobremesa del domingo o en la charla de café.
Este libro fue construido contra esas frases y para deshacerlas. Buscamos arrancar las simplificaciones de raíz, porque pensar los problemas y enfrentar los desafíos exige reponer la complejidad propia de un fenómeno que nos interpela cotidianamente y merece ser analizado en múltiples dimensiones: histórica, política, económica, y hasta afectiva y simbólica. Nos proponemos cuestionar muchas creencias sociales sobre la educación argentina. Porque estamos convencidos de que esas creencias, hoy y aquí, constituyen obstáculos para una mejor comprensión y un debate de calidad sobre la educación que tenemos y la que necesitamos. Pueden ser creencias de pocos o de muchos, pero sobre todo son frases que escuchamos con frecuencia y cumplen una función: cerrar un debate. Todo lo contrario de lo que necesitamos y de la apuesta que nos compromete: abrir una discusión con argumentos.
Nuestro propósito es aportar otras miradas, en especial las que ofrece la investigación social. Los científicos sociales (historiadores, sociólogos, antropólogos, economistas) miran las cosas de la educación como si fueran un “objeto” que está ahí para ser analizado, explicado, interpretado e interpelado. Es decir, la relación de los investigadores con las cuestiones de la educación es distinta de la que cultivan quienes “hacen la escuela” en forma cotidiana (maestros, directivos, funcionarios de los ministerios), quienes tienen un conocimiento práctico, útil y necesario para hacer lo que deben hacer.
Es sabido que el diálogo entre los que “saben por experiencia” y los que saben como resultado del trabajo científico nunca es fácil y está plagado de prejuicios y malentendidos. Por eso, contra la soberbia de los intelectuales que suelen darse como misión criticar a otros y justificarse a sí mismos, trataremos de evitar los juicios inapelables, los esquematismos, las condenas injustificadas. Ante las seguridades a prueba de balas, preferimos promover el debate, generar preguntas, hacer comparaciones. Se suele decir que los intelectuales tienen el privilegio de la duda. Podríamos agregar que la duda es como un dispositivo automático, una especie de fuerza que alimenta la curiosidad y la investigación, una insatisfacción con lo conocido cuando pretende una validez universal y para siempre. Nosotros queremos usar y sugerir la duda como un mecanismo protector contra las verdades absolutas que acechan en todas las mitologías.

Extraído de
Alejandro Grimson y Emilio Tenti Fanfani
Mitomanías de la educación argentina
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