miércoles, 28 de mayo de 2014

Los valores de una ciudadanía activa

¿Qué valores tienen una gran presencia en nuestro momento y cuáles importa cultivar para generar una ciudadanía activa? A mi juicio, podría hablarse de unos “valores reactivos”, presentes en exceso, y de unos “valores proactivos” que, a mi juicio, merece la pena cultivar. Los valores reactivos generan un mundo reaccionario; los proactivos, un mundo creador. Esta publicación se ocupará de los valores reactivos


Valores reactivos
a)    Cortoplacismo
En nuestra época impera el corto plazo y eso imposibilita la forja del carácter, que precisa del medio y largo plazo. El mundo de la empresa es un buen ejemplo de ello, porque es preciso tomar decisiones ya, antes de que las tome el competidor. No es extraño, pues, que se produzcan crisis financieras, como la que se ha ido revelando poco a poco, desde que agentes económicos desaprensivos tomaron rápidamente decisiones irresponsables, que están perjudicando a todos, sobre todo a los más débiles.

La cultura cortoplacista impera en la toma de decisiones, pero también en la forma de disfrutar de la vida. Lo explicaba con gran acierto Daniel Bell en Las contradicciones culturales del capitalismo, al recordar cómo la invención de la tarjeta de crédito cambió nuestras vidas, permitió consumir ya y pagar a medio y largo plazo, con lo cual la estructura de nuestro tiempo cambia y lo más importante no es apoyarse en el pasado para proyectar el futuro, sino disfrutar el presente y aplazar los pagos para el futuro, a poder ser ad calendas graecas.

La idea clásica del carpe diem (“disfruta el momento”) hace que el presente se apodere de nosotros y perdamos, entre otras cosas, algo esencial de nuestro horizonte: el arte de hacer promesas. Decía Nietzsche con razón que el hombre es el único animal capaz de hacer promesas. Las promesas son para el futuro, los compromisos y las responsabilidades son para el futuro. Cuando el presente se pone en primer lugar y es casi el tiempo único, se van perdiendo las nociones de compromiso y de responsabilidad. La responsabilidad, como decía Kierkegaard, pertenece fundamentalmente  al modo de vida ético, a diferencia del modo de vida estético, que responde a ese carpe diem del disfrute ya, ahora, que deja aparcada la promesa.

b)    Individualismo
En las sociedades del mundo moderno impera el individualismo. Sin duda, la modernidad es la era del individuo: en ella la idea de comunidad se retira a un segundo puesto y emergen los derechos de los individuos con toda su fuerza. Junto a esta emergencia del individuo, gana terreno una forma determinada de entender la libertad: la libertad como independencia, como no interferencia, lo que se ha llamado la “libertad negativa”, que tan bien explicó Benjamin Constant en su célebre conferencia De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos, como hemos comentado. Lo que caracteriza al mundo moderno -dirá Constant- es poner en primer lugar la libertad negativa, la libertad entendida como independencia, como no interferencia: cada persona tiene derecho a un ámbito, en el que actúa sin que nadie esté legitimado para interferir en él. Es, pues, una libertad de hacer en ese ámbito y, a la vez, el derecho a que los demás le dejen hacer en él. Esta es la forma de libertad que más aprecia el mundo moderno, la que adquiere prioridad sobre las demás formas de entender la libertad. Muy cercana a ella se encuentra la idea de libertad como libertad de consumir.

c)     La era del consumo
Nuestro tiempo ha llegado a denominarse “la era del consumo” y nuestras sociedades se caracterizan por ser “sociedades consumistas”, como intenté analizar en Por una ética del consumo. En efecto, hemos llegado a creer que una sociedad es más libre cuantas más posibilidades de consumo tiene; que la posibilidad de consumir una gran cantidad de mercancías es la base de información para calibrar el nivel de libertad de esa sociedad y su nivel de felicidad.

Y, justamente, las poblaciones más vulnerables en este sentido son niños y jóvenes, no solo porque están en camino de forjar su voluntad, sino porque la presión de los grupos de edad sobre ellos es enorme. En ese contexto es en el que se entiende el aumento del consumo de drogas, que no solo se relaciona con la curiosidad por vivir nuevas experiencias, sino también con la presión social y necesidad de reconocimiento en el grupo.

d)    Ética indolora
Decía Lipovetsky en El crepúsculo del deber que la nuestra  es una época de ética indolora. Las gentes están dispuestas a exigir derechos, pero no a pechar con las responsabilidades correspondientes, no a asumir obligaciones. No interesa el discurso de los deberes, repugnan los sermones, pero no por ello podemos afirmar que estemos en una época carente de ética, porque la gente sí que exige sus derechos 24. Pero, si los ciudadanos no asumen sus responsabilidades, difícil será que vean protegidos sus derechos, por mucho que los reclamen.

e)    Cambios que el individualismo  introduce en las familias
Es cierto que existen cambios estructurales en las familias actuales y que estos cambios conllevan una gran cantidad de riesgos. Pero -a mi juicio- el valor del individualismo, que se introduce también en las familias, es el mayor valor de riesgo. Porque lo esencial en una familia, sea cual fuere el tipo de familia, es que quienes entren a formar parte en ella, estén dispuestos a asumir las responsabilidades por los demás miembros y por sí mismos.

Y no deja de ser curioso en este sentido que en las encuestas en que se pregunta a los jóvenes por sus valores, la familia resulte ser el valor más apreciado 26. A fin de cuentas, es en ella donde los jóvenes encuentran un lugar seguro, una salvaguarda económica, incluso la ayuda para encontrar un puesto de trabajo. Pero en familias cuyos miembros estén dispuestos a disfrutar de las ventajas y, sin embargo, no están dispuestos a asumir las responsabilidades, los más vulnerables quedan desprotegidos.

f)     La exterioridad
La exterioridad es uno de los grandes valores de nuestro tiempo. Vivimos en un mundo volcado a la exterioridad, un mundo que ha perdido la capacidad de reflexión. El “chateo” por internet, el teléfono móvil, los blogs… hacen del intento de apropiarse de sí mismo por la reflexión algo extraño. Y, sin embargo, la reflexión y la interioridad son fundamentales para los seres humanos, sin ellos es imposible adueñarse de la propia vida y apropiarse de sí mismo. Sin ellos acabamos expropiándonos, poniéndonos en manos de otros o de otras cosas.

g)    La competitividad
El valor de la competitividad no triunfa solo en la vida económica, en la existencia de los tiburones y de los jóvenes ejecutivos, sino también en la vida del arte, el deporte, en la necesidad de tener éxito por encima de otros. Los juegos de suma cero, en los que lo que unos ganan lo pierden los otros, son los habituales para ser un deportista o un cantante de éxito. Emprender una lucha a muerte por el primer puesto es la opción que parece insustituible por cualquier otra, con lo cual se rompen los vínculos entre las personas, que ya solo se ven mutuamente  como adversarias, como competidoras, no como gentes con las que merece la pena cooperar.

h)    Gregarismo
El hombre es un animal social, pero no debería ser un animal gregario. Ser gregario es, como decía Nietzsche, ser animal de rebaño. El animal de rebaño es el que carece de convicciones propias, el que busca ante todo y sobre todo ser aceptado por el rebaño. Como decía Maslow, todos los seres humanos tienen necesidad de ser aceptados por el grupo, esta es una necesidad psicológica. Pero una cosa es la necesidad de ser aceptado en un grupo y otra bien diferente la necesidad gregaria de buscar el calor del rebaño. En un mundo gregario se desvanecen las convicciones, las propuestas ilusionantes, y triunfan la reacción, lo políticamente correcto, el afán por alinearse con la mayoría, el miedo a la soledad. Es un mundo reaccionario.

i)     La falta de compasión
La falta de compasión es uno de los valores negativos de nuestro tiempo. Es verdad que la palabra “compasión” resulta dudosa, porque se asocia con una cierta condescendencia de gentes bien situadas, que se compadecen de las que se encuentran mal y les van a echar una mano.

Pero la compasión es padecer con otros en el sufrimiento y en la alegría, y parece que en nuestra cultura hemos perdido el sentido de la compasión por los que sufren y la capacidad de alegrarnos con los que disfrutan. Hemos roto los vínculos, los que llevan a compadecerse del que está en un mal momento, a regocijarse con el que tiene motivos de gozo.

Y, sin embargo, sin el sentido de la compasión es difícil estimar el valor de la justicia. No se valora la justicia, cuando no hay sentido de la compasión. El que no tiene capacidad de compadecer al que sufre, de compadecer al vulnerable, tampoco tendrá un paladar adecuado para apreciar lo justo. Y me temo que hemos perdido nuestro sentido de la compasión y por eso nos falta también sentido de la justicia. Esta es una de las ideas centrales de Ética de la razón cordial.



Extraído de:
Los valores de una ciudadanía activa.
Autora: Adela Cortina
EDUCACIÓN, VALORES Y CIUDADANÍA
Bernardo Toro y Alicia Tallone, Coordinadores

Metas Educativas 2021: la educación que queremos para la generación de los Bicentenarios

martes, 20 de mayo de 2014

Inteligencia emocional



¿A qué llamamos “Inteligencia”? ¿Se relaciona sólo con lo racional? En el ámbito educativo existe cada vez más preocupación por el desarrollo emocional, y la aceptación de las inteligencias múltiples es un hecho, por lo que cabe preguntarnos ¿En qué consiste la “Inteligencia emocional”?


Hace poco más de veinte años que se habla de inteligencia emocional, término que introdujeron Peter Salovey y John Mayer en su artículo Emocional Inteligence en 1990, y que en su momento pasó desapercibido por la sociedad hasta que el psicólogo norteamericano David Goleman publicó, unos años más tarde, en 1995, un libro con el mismo título, Inteligencia Emocional. Éste fue un gran éxito internacional y marcó un punto de inflexión en la forma de concebir las emociones, dándoles un mayor valor.

¿Y porqué hasta finales de los noventa no se habló de inteligencia emocional en el ámbito educativo? Porque tradicionalmente, la educación formal se ha focalizado en el desarrollo cognitivo, intelectual y racional, donde la importancia educativa se ha centrado en la adquisición de conocimientos teóricos de carácter acumulativo, y en menor medida en la enseñanza de capacidades relacionadas con el desarrollo de destrezas y habilidades de tipo procedimental, es decir, la educación ha entendido que aquello susceptible de ser enseñado y aprendido tenía que ver con las capacidades intelectuales, aquellas que eran medibles a partir de los test de inteligencia, entendida la inteligencia como una única y inamovible.

Esta concepción de la inteligencia única ha ido evolucionando en las últimas décadas. En la actualidad, se contempla como fin último de la educación el promover el desarrollo integral de las personas, y eso incluye tanto las capacidades cognitivas como las físicas, afectivas, sociales y emocionales. Todavía, sin embargo, no se acaba de dar la misma importancia a cada una de estas dimensiones, primando unas por encima de otras, cuando en realidad, es en la complementariedad de todas ellas que se consigue el pleno desarrollo de la personalidad del individuo.

Así, se exponen a continuación, los diferentes modelos teóricos que tienen la inteligencia emocional como principal paradigma, así como la evolución de dicha conceptualización, la de la inteligencia emocional, hacia un ámbito educativo, donde desde la intencionalidad pedagógica se pretende el desarrollo de las competencias emocionales dadas en los contextos familiar y escolar.

Modelo de Salovey y Mayer:
La inteligencia emocional es un concepto que hasta la década de los noventa no empezó a concebirse como tal, ya que la emoción era considerada como algo separado de la inteligencia cognitiva y no eran conceptos que se hubieran asociado hasta entonces, fue introducido por los psicólogos norteamericanos Peter Salovey y John Mayer en 1990, que definieron la Inteligencia emocional como “la habilidad de manejar los sentimientos y emociones, discriminar entre ellos y utilizar estos conocimientos para dirigir los propios pensamientos y acciones”.

Estos autores han ido redefiniendo y ajustando el concepto en sucesivas aportaciones, una de las que se toman como referencia es la siguiente, de 1997:

La inteligencia emocional incluye la habilidad para percibir, valorar y expresar emociones con exactitud; la habilidad para acceder y/o generar sentimientos que faciliten el pensamiento, la habilidad para comprender emociones y el conocimiento emocional, y la habilidad para regular las emociones promoviendo un crecimiento emocional e intelectual.

Su modelo se estructura en cuatro bloques:
1) Percepción emocional: La percepción emocional se refiere a la capacidad o habilidad de identificar, reconocer y expresar, tanto las propias emociones y sentimientos como las de las demás personas que nos rodean. Ésta habilidad implica saber descifrar los signos fisiológicos que acompañan a los estados emocionales, propios y ajenos, así como, saber discernir adecuadamente el grado de sinceridad en la expresión de las emociones ajenas.

2) Facilitación emocional del pensamiento: Se refiere a la influencia que las emociones ejercen en nuestros pensamientos y a la hora de razonar, también así en la toma de decisiones. Así, en función del estado emocional de uno, se modula la forma de concebir un problema, de relativizarlo y en consecuencia, en la forma de tomar las decisiones al respecto, acorde con ese estado de ánimo.
De esta manera, se entiende que nuestras emociones pueden influir de forma positiva en la forma de pensar, incluso mejorando el pensamiento divergente y creativo.

3) Comprensión emocional: Se refiere a la capacidad y habilidad de analizar y comprender los matices de los diferentes signos que se dan en las emociones, ponerles nombre y clasificarlas, conociendo qué combinaciones emocionales implican determinados estados de ánimo y generan unos sentimientos concretos; A la vez, saber cómo evolucionan estos estados de ánimo, pasando de unos sentimientos a otros, además de reconocer la vivencia de sentimientos contradictorios de forma simultánea.

4) Regulación emocional: Se refiere a la habilidad de gestionar las propias emociones así como de ser capaz de regular las ajenas. También implica la capacidad de aceptar la vivencia de los diferentes estados emocionales, sean de carácter positivo como negativo, así como saber profundizar en la reflexión acerca de dichas emociones para poder extraer la información más relevante que permita darle un uso práctico y adecuado.

Estos autores conciben las emociones desde una perspectiva funcional, ya que éstas facilitan y permiten la adaptación al entorno físico y social, además de conceptualizar la inteligencia emocional como un conjunto de habilidades, capacidades y competencias que se hallan conectadas al pensamiento racional y a la conducta.

Modelo de Daniel Goleman:
El punto de vista de Goleman probablemente sea el que se haya difundido más. Goleman recogió lo que Salovey y Mayer postularon en 1990, y a partir de éstas aportaciones, expuso propio modelo, considerando la inteligencia emocional como un constructo de habilidades que implican:

1) Conocer las propias emociones: Se refiere a la propia conciencia de las emociones que uno siente, siendo capaz de identificar un sentimiento o emoción en el momento en el que uno lo está viviendo.

2) Manejar las emociones: Se refiere a la capacidad y la habilidad para saber gestionar los propios sentimientos y emociones, una vez identificados, saber expresarlos de la forma más adecuada y concreta posible. Se basa en la capacidad de ser consciente de las emociones de uno mismo.

3) Motivarse a sí mismo: Ser capaz de dirigir las emociones sentidas, hacia una motivación positiva, enfocada a conseguir determinados objetivos que la persona se proponga, siendo capaz de auto motivarse para lograr dichas metas.

4) Reconocer las emociones de los demás: Ésta se refiere al concepto de empatía, y supone conocer, ya no las propias emociones, sino saber reconocer e identificar, a partir de los signos que los demás dejan entrever, aquello que los demás necesitan o quisieran. La empatía es la base del altruismo.

5) Establecer relaciones positivas con los demás: Saber relacionarse con los demás requiere ser hábil con las propias emociones, así la competencia social, o inteligencia interpersonal, requiere de la intrapersonal o propia. La persona que es capaz de gestionar con efectividad sus propias emociones y a la vez las competencias sociales, sabe establecer relaciones adecuadas y positivas con los demás.

Los postulados de Daniel Goleman suponen concebir la inteligencia emocional como una capacidad, referida a las emociones y sentimientos propios como a los de los demás, con lo que esto implica, ser hábil socialmente. Así, estas competencias emocionales son susceptibles de ser desarrolladas a partir de la educación emocional.




Extraído de
Universidad Internacional de La Rioja
Facultad de Educación
Las competencias emocionales
Familia y Escuela
Trabajo fin de grado presentado por:           Ana Serra Jorro

martes, 6 de mayo de 2014

El desafío de construir ciudadanía y participación desde y para Latinoamérica

La ciudadanía no puede existir sin una real participación ¿Cómo construirla en los actuales contextos? ¿Qué significados puede asumir? ¿A qué se llama “Autonomía ciudadana”?


Reflexionar en torno a la participación y la construcción de ciudadanía en Latinoamérica obliga a plantear una serie de interrogantes, que visibilizan las limitaciones de las perspectivas de ciudadanía anteriormente analizadas.
El enorme reto que nos interpela es cómo elaborar una propuesta en la que la ciudadanía no resulte, como en los casos anteriores, un proyecto para pocos; cómo pensar en la ciudadanía de los sectores mayoritarios de la población, que se encuentran en situaciones de alta vulnerabilidad, de exclusión social y de asistencia pública; cómo generar participación en contextos de fuerte desvinculación, agudización de las formas de individuación negativas, profundo deterioro de la calidad de vida. En tal escenario, ¿cómo se construyen y se articulan la participación y la ciudadanía?, ¿cómo puede resolverse un proceso que parece ser circular?, ¿la participación viene con una ciudadanía madura o es esta un requisito para que la ciudadanía madure?

En el marco de estas reflexiones se asume que la ciudadanía se verifica no en su carácter adscriptivo, ni tampoco solo en su carácter sustantivo, sino en su carácter activo, es decir, en la participación real y efectiva y, en consecuencia, en la acción política. De tal manera, se considera que la exclusión política es la más injusta y la forma originaria de todas los tipos de exclusión, ya que es la que permite consolidar y reafirmar el statu quo, arrebatando toda posibilidad de influir para transformar la realidad que oprime y somete.

Por ello, reconocemos la relevancia y significatividad de la propuesta de Paulo Freire. Su concepción de la ciudadanía está dirigida a las masas, a aquel pueblo “sin conciencia” o bien a aquella sociedad sin pueblo, que permanece bajo de un estado de anestesia histórica, alienada, manipulada, dirigida externamente por otros actores, llámense élites gobernantes, Estado benefactor o mercado. Para este autor, ser ciudadano es ser sujeto de la historia, de la propia historia que se construye en primera instancia en la comprensión de la realidad de sometimiento, de deshumanización y negación de la ciudadanía. Y que requiere, en segunda instancia, del compromiso existencial y la responsabilidad para transformar la realidad opresora.

Para Freire, pues, construcción de ciudadanía y humanización son partes de un mismo proceso, por lo que no es posible subordinar aquella condición a cuestiones como el trabajo, la pertenencia a un pueblo, la posesión de un derecho o la afiliación política. La ciudadanía las supone y las trasciende, en tanto se trata una búsqueda permanente e inacabable de la completitud humana, de una acción emancipadora y transformadora del propio sujeto y de la realidad que lo constituye.

De este modo, la participación política habilita las posibilidades de una auténtica ciudadanía, la que se comprueba en la autonomía política. Este concepto, acuñado por Rousseau, introduce una definición de la libertad que va más allá del principio liberal y que permite dar cuenta del sentido de la ciudadanía en una democracia: lo que no consiste en poder hacer todo lo que no dañe a otro, ni en estarle permitido a uno todo aquello que las leyes del soberano no prohíben, sino en encontrar una forma de asociación que defienda con toda la fuerza común la persona y los bienes de cada asociado y por la que cada cual, uniéndose a todos, no se obedezca, sin embargo, sino a sí mismo.

La expresión de la voluntad general se verifica en el contrato social, que provee un procedimiento para la expresión de la voluntad a partir del presupuesto irrenunciable del consenso de los ciudadanos como criterio básico de legitimación del Estado democrático.

En este contexto el ciudadano se ubica en un rol protagónico en tanto interlocutor válido, del cual es imposible prescindir para la deliberación y la toma de decisiones sobre los asuntos públicos, esto es, como agente formador de opinión y de acuerdos sobre los aspectos a considerar por las políticas y los organismos técnicos del poder administrativo.

Habermas considera que el proceso democrático debe asegurar al mismo tiempo la autonomía privada y la pública, en tanto los derechos subjetivos que garantizan la posibilidad de una vida autónoma no pueden ser formulados adecuadamente, si antes los afectados no participan por sí mismos en discusiones públicas sobre los fundamentos de los aspectos más relevantes para el tratamiento igual y desigual de los casos típicos.

La autonomía privada de los ciudadanos iguales en derecho solo puede ser asegurada activando al mismo tiempo su autonomía ciudadana.
De este modo, se percibe que el ejercicio de la autonomía política es la única herramienta para modificar situaciones en términos estructurales, poniendo en cuestión el diseño de programas políticos tendenciosos, visibilizando las injusticias e inequidades históricas que plantean negaciones a la ciudadanía.

El concepto de autonomía política entrelaza, así, las posibilidades de participación genuina con la construcción de una ciudadanía emancipada, procesos que dependen, a su vez, de procedimientos y mecanismos que permitan su institucionalización. Para Habermas el estatus de ciudadano democrático dotado de competencias para elaborar leyes solo se puede fundar con la ayuda del derecho coercitivo:
No hay ningún derecho sin libertades subjetivas de acción reclamables jurídicamente que garanticen la autonomía privada de las personas jurídicas individuales; y no hay ningún derecho legítimo sin la legislación democrática común de ciudadanos legitimados para participar como libres e iguales en dicho proceso.



Extraído de:
Individuación y participación: tensiones en la construcción de ciudadanía.
Autora: Mercedes Oraisón
EDUCACIÓN, VALORES Y CIUDADANÍA
Bernardo Toro y Alicia Tallone, Coordinadores
Metas Educativas 2021: la educación que queremos para la generación de los Bicentenarios


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