domingo, 24 de marzo de 2013

Valores reactivos de la democracia

Nuestra democracia es muy pobre, los valores sociales vigentes dificultan la solidificación, y hace que la desigualdad se naturalice y legitime. En ese panorama la escuela transita despreocupadamente, sin tener en cuenta las causas ¿Cuáles son los obstáculos? Los siguientes párrafos enumeran algunos de ellos.



Cortoplacismo
En nuestra época impera el corto plazo y eso imposibilita la forja del carácter, que precisa del medio y largo plazo. El mundo de la empresa es un buen ejemplo de ello, porque es preciso tomar decisiones ya, antes de que las tome el competidor. No es extraño, pues, que se produzcan crisis financieras, como la que se ha ido revelando poco a poco, desde que agentes económicos desaprensivos tomaron rápidamente decisiones irresponsables, que están perjudicando a todos, sobre todo a los más débiles.



La cultura cortoplacista impera en la toma de decisiones, pero también en la forma de disfrutar de la vida. Lo explicaba con gran acierto Daniel Bell en “Las contradicciones culturales del capitalismo”, al recordar cómo la invención de la tarjeta de crédito cambió nuestras vidas, permitió consumir ya y pagar a medio y largo plazo, con lo cual la estructura de nuestro tiempo cambia y lo más importante no es apoyarse en el pasado para proyectar el futuro, sino disfrutar el presente y aplazar los pagos para el futuro, a poder ser ad calendas graecas.



La idea clásica del carpe diem (“disfruta el momento”) hace que el presente se apodere de nosotros y perdamos, entre otras cosas, algo esencial de nuestro horizonte: el arte de hacer promesas. Decía Nietzsche con razón que el hombre es el único animal capaz de hacer promesas. Las promesas son para el futuro, los compromisos y las responsabilidades son para el futuro. Cuando el presente se pone en primer lugar y es casi el tiempo único, se van perdiendo las nociones de compromiso y de responsabilidad. La responsabilidad, como decía Kierkegaard, pertenece fundamentalmente al modo de vida ético, a diferencia del modo de vida estético, que responde a ese carpe diem del disfrute ya, ahora, que deja aparcada la promesa.



Individualismo
En las sociedades del mundo moderno impera el individualismo. Sin duda, la modernidad es la era del individuo: en ella la idea de comunidad se retira a un segundo puesto y emergen los derechos de los individuos con toda su fuerza. Junto a esta emergencia del individuo, gana terreno una forma determinada de entender la libertad: la libertad como independencia, como no interferencia, lo que se ha llamado la “libertad negativa”, que tan bien explicó Benjamin Constant en su célebre conferencia De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos, como hemos comentado. Lo que caracteriza al mundo moderno –dirá Constant– es poner en primer lugar la libertad negativa, la libertad entendida como independencia, como no interferencia: cada persona tiene derecho a un ámbito, en el que actúa sin que nadie esté legitimado para interferir en él. Es, pues, una libertad de hacer en ese ámbito y, a la vez, el derecho a que los demás le dejen hacer en él. Esta es la forma de libertad que más aprecia el mundo moderno, la que adquiere prioridad sobre las demás formas de entender la libertad. Muy cercana a ella se encuentra la idea de libertad como libertad de consumir.



La era del consumo
Nuestro tiempo ha llegado a denominarse “la era del consumo” y nuestras sociedades se caracterizan por ser “sociedades consumistas”, como intenté analizar en Por una ética del consumo. En efecto, hemos llegado a creer que una sociedad es más libre cuantas más posibilidades de consumo tiene; que la posibilidad de consumir una gran cantidad de mercancías es la base de información para calibrar el nivel de libertad de esa sociedad y su nivel de felicidad.



Y, justamente, las poblaciones más vulnerables en este sentido son niños y jóvenes, no solo porque están en camino de forjar su voluntad, sino porque la presión de los grupos de edad sobre ellos es enorme. En ese contexto es en el que se entiende el aumento del consumo de drogas, que no solo se relaciona con la curiosidad por vivir nuevas experiencias, sino también con la presión social y necesidad de reconocimiento en el grupo.



Ética indolora
Decía Lipovetsky en El crepúsculo del deber que la nuestra es una época de ética indolora. Las gentes están dispuestas a exigir derechos, pero no a pechar con las responsabilidades correspondientes, no a asumir obligaciones. No interesa el discurso de los deberes, repugnan los sermones, pero no por ello podemos afirmar que estemos en una época carente de ética, porque la gente sí que exige sus derechos. Pero, si los ciudadanos no asumen sus responsabilidades, difícil será que vean protegidos sus derechos, por mucho que los reclamen.



Cambios que el individualismo introduce en las familias
Es cierto que existen cambios estructurales en las familias actuales y que estos cambios conllevan una gran cantidad de riesgos. Pero –a mi juicio– el valor del individualismo, que se introduce también en las familias, es el mayor valor de riesgo. Porque lo esencial en una familia, sea cual fuere el tipo de familia, es que quienes entren a formar parte en ella, estén dispuestos a asumir las responsabilidades por los demás miembros y por sí mismos.



Y no deja de ser curioso en este sentido que en las encuestas en que se pregunta a los jóvenes por sus valores, la familia resulte ser el valor más apreciado. A fin de cuentas, es en ella donde los jóvenes encuentran un lugar seguro, una salvaguarda económica, incluso la ayuda para encontrar un puesto de trabajo. Pero en familias cuyos miembros estén dispuestos a disfrutar de las ventajas y, sin embargo, no están dispuestos a asumir las responsabilidades, los más vulnerables quedan desprotegidos.



La exterioridad
La exterioridad es uno de los grandes valores de nuestro tiempo. Vivimos en un mundo volcado a la exterioridad, un mundo que ha perdido la capacidad de reflexión. El “chateo” por internet, el teléfono móvil, los blogs… hacen del intento de apropiarse de sí mismo por la reflexión algo extraño. Y, sin embargo, la reflexión y la interioridad son fundamentales para los seres humanos, sin ellos es imposible adueñarse de la propia vida y apropiarse de sí mismo. Sin ellos acabamos expropiándonos, poniéndonos en manos de otros o de otras cosas.



La competitividad
El valor de la competitividad no triunfa solo en la vida económica, en la existencia de los tiburones y de los jóvenes ejecutivos, sino también en la vida del arte, el deporte, en la necesidad de tener éxito por encima de otros. Los juegos de suma cero, en los que lo que unos ganan lo pierden los otros, son los habituales para ser un deportista o un cantante de éxito. Emprender una lucha a muerte por el primer puesto es la opción que parece insustituible por cualquier otra, con lo cual se rompen los vínculos entre las personas, que ya solo se ven mutuamente como adversarias, como competidoras, no como gentes con las que merece la pena cooperar.



Gregarismo
El hombre es un animal social, pero no debería ser un animal gregario. Ser gregario es, como decía Nietzsche, ser animal de rebaño. El animal de rebaño es el que carece de convicciones propias, el que busca ante todo y sobre todo ser aceptado por el rebaño. Como decía Maslow, todos los seres humanos tienen necesidad de ser aceptados por el grupo, esta es una necesidad psicológica. Pero una cosa es la necesidad de ser aceptado en un grupo y otra bien diferente la necesidad gregaria de buscar el calor del rebaño. En un mundo gregario se desvanecen las convicciones, las propuestas ilusionantes, y triunfan la reacción, lo políticamente correcto, el afán por alinearse con la mayoría, el miedo a la soledad. Es un mundo reaccionario.



La falta de compasión
La falta de compasión es uno de los valores negativos de nuestro tiempo. Es verdad que la palabra “compasión” resulta dudosa, porque se asocia con una cierta condescendencia de gentes bien situadas, que se compadecen de las que se encuentran mal y les van a echar una mano.



Pero la compasión es padecer con otros en el sufrimiento y en la alegría, y parece que en nuestra cultura hemos perdido el sentido de la compasión por los que sufren y la capacidad de alegrarnos con los que disfrutan. Hemos roto los vínculos, los que llevan a compadecerse del que está en un mal momento, a regocijarse con el que tiene motivos de gozo.



Y, sin embargo, sin el sentido de la compasión es difícil estimar el valor de la justicia. No se valora la justicia, cuando no hay sentido de la compasión. El que no tiene capacidad de compadecer al que sufre, de compadecer al vulnerable, tampoco tendrá un paladar adecuado para apreciar lo justo. Y me temo que hemos perdido nuestro sentido de la compasión y por eso nos falta también sentido de la justicia. Esta es una de las ideas centrales de Ética de la razón cordial.





Extraído de
Los valores de una ciudadanía activa
Adela Cortina
En
EDUCACIÓN, VALORES Y CIUDADANÍA
Bernardo Toro y Alicia Tallone
Coordinadores



lunes, 18 de marzo de 2013

Características de la docencia, cambio radical de los problemas a resolver

La docencia está caracterizada por numerosos elementos, uno de ellos es la calidad de los problemas a resolver ¿Tenemos los enseñantes los mismo desafíos que décadas atrás? Por otra parte ¿Qué se requiere para ser un buen docente? ¿Cómo incide todo esto en nuestras prácticas? 




Una característica distintiva del trabajo docente es que se trata de una actividad especializada a la que le cambian radicalmente los problemas a resolver. En este sentido, el contenido del trabajo docente cambia con el tiempo, como sucede con los objetos de las ciencias sociales (Augé). Los profesionales de la salud también deben hacer frente a nuevas patologías. Las enfermedades también tienen historia social y cambian con el tiempo, pero no podría decirse que las “nuevas patologías” reemplazan radicalmente a las antiguas en el trabajo cotidiano de la mayoría de los médicos. Estos ocupan la mayor parte de su tiempo en resolver problemas conocidos (por ejemplo, enfermedades infecciosas, gastrointestinales, cardiológicas, etc.) con diagnósticos y terapias más o menos novedosos. Los que evolucionan son los recursos tecnológicos disponibles para atacar viejas y nuevas enfermedades, pero el ritmo de cambio en los problemas no es tan acelerado y radical como en el caso de la educación. Esta es quizá una de las razones por las cuales en el campo de la pedagogía es tan difícil acumular conocimientos. De hecho, ha sido señalado en reiteradas oportunidades que una de las características particulares del sistema escolar (en comparación con otros sistemas de prestación de bienes y servicios) es que el conocimiento científico tecnológico utilizado por los prestadores del servicio tiene un estatuto incierto y con una baja estructuración.



Cada vez en mayor medida el docente tiende a ser una especie de “improvisador obligado”, un artesano que fabrica las herramientas al mismo tiempo que las va necesitando. En el campo de la enseñanza, el equilibrio entre conocimientos prácticos y formalizados se desplaza sin cesar hacia el segundo término de la relación.


El trabajo docente como trabajo concreto
El trabajo en la escuela, tanto el de los alumnos como el de los profesores, no es un trabajo cualquiera. Ambas partes en esta configuración social no solo emplean y aplican destrezas en forma mecánica, sino que “invierten” casi todas las características de su personalidad en la relación pedagógica. Por lo tanto, el docente no realiza un trabajo abstracto, no vende su fuerza de trabajo como energía genérica. Los objetivos que persiguen docentes y estudiantes tienen que ver con el aprendizaje. Casi podría decirse, en términos marxistas clásicos, que el trabajo del docente es cada vez más un trabajo concreto. ¿Qué quiere decir, entre otras cosas, trabajo “concreto”? Quiere decir que el que lo hace tiene la capacidad de ejercer un cierto control sobre la definición de los problemas, los objetivos a perseguir y las estrategias a emplear. Por lo tanto, tiene que poner en él algo más que su energía y capacidades técnicas. Enseñar bien no consiste simplemente en aplicar mecánicamente métodos y procedimientos codificados. Entre otras cosas, para enseñar y aprender efectivamente, alumnos y maestros necesitan motivación y compromiso. En otras palabras, los agentes del aprendizaje deben encontrar un sentido en lo que hacen para hacerlo bien. Como dice expresivamente Dubet, “no se puede aprender matemáticas de la misma manera en que se aprietan bulones en una cadena de montaje”. Lo mismo podría decirse de la enseñanza de las matemáticas. La pregunta es cómo se logra esta motivación, sentido o interés en lo que se hace. Los agentes de la relación pedagógica necesitan “comprometer” sus emociones y sentimientos, además de su inteligencia, en la enseñanza/aprendizaje.





Extraído de
Reflexiones sobre la construcción social del oficio docente
Emilio Tenti Fanfani
En
Aprendizaje y desarrollo profesional docente
Consuelo Vélaz de Medrano
Denise Vaillant
Coordinadoras



Publicaciones recomendadas
Calidad de la Educación, un debate ineludible
Ideología y poder
Teorías del aprendizaje


jueves, 14 de marzo de 2013

Inteligencia colectiva

La “inteligencia colectiva” es un fenómeno característico de nuestros días, nada de lo que se produce es ajeno a ella ¿En qué consiste? ¿Cuál es su relación con el desarrollo de la informática? ¿Qué efectos produce? No cabe el "Individualismo genial y triunfador sobre otros humanos" El progreso se da mediante construcciones colectivas ¿Cómo reflejar esto en las prácticas docentes?



Si el ideal que movilizaba el desarrollo de la informática era la inteligencia artificial (lograr que una máquina sea tan inteligente o incluso más inteligente que el hombre), hoy en día, el ideal lo constituye la inteligencia colectiva.  Ésta es definida por Pierre Lévy como “la valoración, la utilización óptima y la sinergia de las capacidades, las imaginaciones y las energías intelectuales, sea cual sea su diversidad cualitativa y su ubicación”. Lograr ello implica necesariamente “un uso compartido de la memoria, la imaginación y la experiencia, la práctica vulgar del intercambio de conocimientos y la introducción de nuevas formas de organización y coordinación flexibles y en tiempo real”.

El desarrollo de los procesos de inteligencia colectiva: conlleva al cuestionamiento de diversos poderes; permite una mejor apropiación de los cambios técnicos por parte de los individuos y los grupos; ayuda a contrarrestar los “efectos excluyentes o humanamente destructores” que trae consigo “la aceleración del movimiento tecnosocial”.

La inteligencia colectiva es, en un primer sentido, el resultado del ciberespacio y, en un segundo sentido, el motor éste. En el primer sentido, el ciberespacio facilita un entorno propicio (accesibilidad e interconectividad que permite interactividad en tiempo real) para el desarrollo de la inteligencia colectiva. Sin embargo, dicho desarrollo puede ser frenado cuando existe la tendencia a defender un determinado poder y a favorecer la rigidez institucional, o cuando existen modos de inercia de la mentalidad y de la cultura, en cuyo caso se daría lugar “a un uso social de las nuevas tecnologías mucho menos positivo según criterios humanistas”. Por ello no puede esperarse que la cibercultura garantice en sí misma la presencia de formas de inteligencia colectiva.

En el segundo sentido, una vez “algunos procesos de inteligencia colectiva se desarrollan efectivamente gracias al ciberespacio, tienen notablemente por efecto acelerar de nuevo el ritmo del cambio tecnosocial, lo que hace tanto o más necesaria la participación activa en la cibercultura si uno no quiere quedarse atrás, y tiende a excluir de manera aún más radical a aquellos que no han entrado en el ciclo positivo del cambio, de su comprensión y de su apropiación”.  En  síntesis,  por  su  aspecto  participativo,  socializante, abierto  y  emancipador, la  inteligencia  colectiva  propuesta  por la cibercultura constituye uno de los mejores remedios contra el ritmo desestabilizador, a veces excluyente, de la mutación técnica. Pero, con el mismo movimiento, la inteligencia colectiva trabaja activamente en la aceleración de esa mutación”.



Extraído de
Ciberespacio, Educación y cultura escrita
Algunas reflexiones sobre el libro de Pierre Lévy “Cibercultura. La cultura de la sociedad digital”
Giovanna Carvajal Barrios
Profesora Escuela de Comunicación Social
Universidad del Valle

jueves, 7 de marzo de 2013

Particularidades del oficio de enseñar, la tendencia a la diversificación

Los siguientes párrafos analizan algunas características de la docencia ¿Qué significa la “tendencia a la diversificación? ¿Qué tiene que aportar quién enseña? ¿Es una ocupación individual o colectiva?




Los docentes, al igual que cualquier otra categoría social, no constituyen una esencia o sustancia que pueda ser aprehendida en una definición particular. Su especificidad surge a partir de la identificación de un conjunto de características cuya combinatoria define su particularidad en cada sociedad y en cada etapa de su desarrollo. De modo que la pregunta genérica “qué es un docente” o “que es la docencia” no son preguntas sociológicamente pertinentes por varias razones.



La primera de ellas tiene que ver con la tendencia a la diversificación creciente de esta cada vez más numerosa y estratégica categoría ocupacional. En efecto, varios son los factores que acentúan la diversidad. Uno de ellos es el hecho de que lo que se denomina vulgarmente como “sistema educativo” está compuesto de “niveles” (inicial, primario, secundario, superior, etc.), cada uno de ellos con su historia y cultura institucional. En Argentina, por ejemplo, no es lo mismo ser “educadora” de inicial que “maestro” de primaria o “profesor” de secundaria. A esto se agregan las marcas propias de las disciplinas que se enseñan. En muchos casos, el tipo de instituciones donde se forman los docentes también los diferencia. No es lo mismo tener una experiencia de formación en instituciones universitarias o en institutos especializados de nivel superior no universitario. Por otra parte, en las sociedades complejas que han vivido situaciones de masificación de la escolaridad, el reclutamiento social de los docentes tiende a la diversificación. Por último, el contexto social y territorial donde trabaja el docente (urbano, rural, de sectores “populares” o “acomodados”, etc.) también constituye un factor que diferencia.



Es preciso observar que esta tendencia a la fragmentación del colectivo docente alentada por estos y otros factores dificulta grandemente la constitución de dispositivos de representación. Estos, por naturaleza, tienden a darles una sola voz a los representados (fortaleciendo así su capacidad de negociación y lucha ante el Estado empleador). Pero esta tarea es cada vez mas dificultosa, pues obliga a la articulación de intereses y situaciones extremadamente diversos. La pluralidad de expresiones sindicales docentes (por territorios, niveles, orientaciones, especialidades, modalidades, etc.) es un indicador de esta dificultad de representación.



Frente a esta diversidad creciente del trabajo y la identidad docente es posible plantear una especie de tendencia a la personalización de la construcción del oficio (lo que hay que hacer y cómo hacerlo). La misma sería casi una aventura personal cuyo desenlace es una función de la relación entre ciertas características ligadas a la trayectoria (social, de formación, experiencia profesional, etc.) y el contexto de ejercicio del trabajo docente (el nivel educativo, características de los establecimientos escolares, de los alumnos, etc.).



La diferenciación creciente del oficio docente obliga a ser muy prudente al momento de atribuir a este colectivo una serie de propiedades o características. En este contexto es preciso cuidarse de las “generalizaciones abusivas” o interesadas, así como evitar las tentaciones de la “indiferencia por las diferencias”, cuando se hace el análisis de la condición docente en las sociedades complejas. Esta, como la de cualquier colectivo masivo, se caracteriza por la complejidad y la diversidad, por lo tanto, solo bajo ciertas condiciones de abstracción se le pueden atribuir propiedades generales y homogéneas. En los párrafos que siguen se mencionan y describen brevemente algunas propiedades generales que definen el oficio docente, a saber: su carácter de servicio personal, el hecho de que es una práctica a la que le cambian los problemas, es un trabajo colectivo y cada vez más “concreto”.



La docencia es un servicio personal
La docencia es un trabajo con y sobre los otros, es una actividad que se desarrolla en un conjunto de relaciones interpersonales intensas y sistemáticas y, por lo tanto, requiere algo más que el dominio y uso de conocimiento técnico racional especializado. El que enseña tiene que invertir en el trabajo su personalidad, emociones, sentimientos y pasiones, con todo lo que ello tiene de estimulante y riesgoso al mismo tiempo. Por otra parte, los que prestan servicios personales en condiciones de co-presencia deben dar muestras ciertas de que asumen una especie de compromiso ético con los otros, que les interesa su bienestar y su felicidad. El docente debe demostrar a sus alumnos que él cuida y se ocupa de ellos y que su bienestar presente y futuro le interesa y constituye uno de los motivos (no el único) que lo induce a hacer el trabajo que hace. Este componente ético es un requisito del buen ejercicio de la docencia, en la medida en que el trabajo del maestro depende necesariamente de la cooperación del aprendiz. En efecto, el aprendizaje solo tiene lugar si el aprendiz participa en el proceso. Esta participación es necesaria también en el sistema de prestación de servicios de salud. El paciente también debe cooperar con el equipo médico para encontrar su salud perdida. Pero, en el caso de la enseñanza-aprendizaje, el imperativo de participación es todavía mayor. De modo que si el docente no logra persuadir y suscitar en sus alumnos cierta confianza y predisposición para el esfuerzo, el aprendizaje no tiene lugar.



La docencia es un trabajo colectivo
Por otro lado, es preciso tener presente que el trabajo del maestro es cada vez más colectivo, en la medida en que los aprendizajes son el resultado no de la intervención de un docente individual, sino de un grupo de docentes que en forma diacrónica o sincrónica trabajan con y sobre los mismos alumnos. Pese a esa especie de “fordismo pedagógico” que todavía tiende a dominar en muchas escuelas, es obvio que el tipo de cooperación mecánica y aditiva (lo que hace un maestro se suma a lo que hacen otros) tiene limitaciones insalvables. Por lo tanto, para aumentar la “productividad” del trabajo docente será preciso reconocer que los efectos de la enseñanza sobre los aprendices son estructurales, son el efecto de una relación. Cuanto más integrada es la división del trabajo, mejores serán los resultados obtenidos en términos de aprendizajes efectivamente desarrollados. Esta es una tendencia contemporánea que contribuye a redefinir el colectivo docente sobre una base orgánica y no simplemente mecánica y tiene implicaciones no solo en términos de identidad docente, sino también sobre los procesos de formación inicial y permanente de los mismos.



Extraído de
Reflexiones sobre la construcción social del oficio docente
Emilio Tenti Fanfani
En
Aprendizaje y desarrollo profesional docente
Consuelo Vélaz de Medrano
Denise Vaillant
Coordinadoras
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