miércoles, 10 de julio de 2013

Las varias lecturas de la eficiencia

“Eficacia” hace referencia a la capacidad de cumplir con lo objetivos propuestos, mientras que a “Eficiencia” le interesa hacerlo con la menor cantidad de recursos posibles. Vivimos en un contexto social que mide la eficiencia de las máquinas, pero ¿Es posible asignar ese mismo criterio a las personas? ¿A que tipo de sociedad arribaríamos?


 En una lectura rápida de cualquier revista o periódico es fácil hallar el término eficiencia: hablamos de hacer más eficiente una empresa o el gasto público. Inclusive aparece como verbo: “Debemos eficientar los recursos del país en aras de la producción”.


Un automóvil puede evaluarse tecnológicamente recurriendo a su medida de eficiencia; esto es: la distancia medida en kilómetros por cantidad de litros. En otras palabras: entre más unidades de distancia recorra con menos unidades de combustible, mayor será su eficiencia. El concepto de ésta también puede verse como una resta: es el resultado de la diferencia entre los beneficios que recibo y los insumos que le suministro a un sistema.


En forma análoga, en el sistema social en el cual nos hallamos, el salario de una persona también es resultado de la cantidad de trabajo que realiza respecto a los recursos que utiliza para su actividad: una persona es más productiva cuando trabaja más, mientras demande menos recursos a la organización. La eficiencia, sin duda, la encontramos en muchos ámbitos de nuestra vida social y puede interpretarse en términos de los beneficios que nos aporte. El concepto es producto de la Revolución Industrial que se gestó en la Inglaterra del siglo XVIII, deudora del mecanicismo de Newton; pero trascendiéndolo, se desplaza hacia el evolucionismo de procesos físicos más complejos relacionados con las máquinas de vapor y de combustión. Fruto de este cambio cultural, también la transformación ocurrida en la política y la economía.

En el ámbito económico, se trata de un valor cultural que exige más con menos. En el sistema histórico que conocimos como socialismo de corte soviético, el más representó la productividad industrial a escala mayúscula en beneficio de una comunidad abstracta; y, el menos, fue la intención de eliminar jerarquías y privilegios, con las consecuencias, positivas y negativas, que se conocen.

En el sistema histórico que triunfó después de la Guerra Fría -y que culminó con el curioso capítulo de la historia occidental conocido como la caída del muro de Berlín- la diferencia entre el más y el menos no es en sentido estricto el paraíso que muchos han querido ver, sobre todo después de las varias crisis que hemos vivido hasta ahora. En efecto, el capitalismo adoptó la eficiencia como una de sus mayores consignas políticas, al grado del desgate social: una persona ineficiente (se entiende que para una empresa) no tiene derechos: le amenaza el desempleo de por vida. En apariencia, en este sistema no existe el contraste del que hablamos antes para el socialismo; sin embargo, la falta de beneficios que cubran las necesidades básicas contrasta con su abundancia para cubrir las preferencias estéticas.


¿De dónde viene la eficiencia de la que hablamos? La eficiencia nació de imaginar una máquina a la que le pudiéramos exigir más por menos, en el entendido de que es una máquina y no un ser humano. Así que moralmente no tendríamos mayor problema con una exigencia absoluta, y así sacar el mayor provecho posible con los mínimos recursos disponibles. En el extremo, exigiríamos el todo por nada. Y nadie se opondría a crear máquinas con 100% de eficiencia. Toda la ingeniería está volcada a conferir mayor eficiencia a los sistemas u objetos con los que trabaja.

El ingenio humano puede pensarlo en términos de la tecnología que crea para su propio beneficio; pero, ¿qué pasa cuando esa exigencia se orienta hacia las comunidades humanas? Surge la esclavitud porque se trata de un trabajo máximo que no se recompensa de ninguna manera. ¿Será que los sistemas políticoeconómicos llegan a un punto de ceguera en el que confunden las máquinas con seres humanos? Un sistema social resulta tan difícil de concebirse, aun con los mejores recursos de la ciencia, que en la práctica es más fácil tratarlo como un sistema físico al más puro estilo de Newton: conociendo todas las condiciones iniciales del movimiento conocemos todos los resultados en el tiempo con certeza casi absoluta. A nadie le gusta que la situación se le escape de las manos; pero en un sistema social se vuelve dominador, totalitario, insensible.

Lo que se pensó en un principio como una máquina que ayudara en algunas actividades humanas, claramente pesadas, desgastantes o imposibles, se transformó en una consigna política para que los miembros de sociedades enteras la asumieran suya, como parte de un proyecto de vida.

Sería hermoso que a los problemas humanos, a los cuales somos más sensibles, les pudiéramos hallar una solución como cuando resolvemos una ecuación matemática, pero la realidad nos exige pensar científicamente a la sociedad en términos más complejos, porque no somos máquinas y algo muy dentro de nuestra naturaleza humana nos dice que tenemos libre arbitrio; nos dice, ciertamente, que no podemos concebirnos como máquinas, aparatos o artefactos, sino como humanos…, así nada más: como humanos.



Autor
Enrique Téllez Fabiani
Profesor universitario en la Ciudad de México.
En
Revista Alas para la equidad Nro 46

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Busca en mis blogs

Google+