lunes, 27 de mayo de 2013

La libertad de elección de centro y otros derechos

¿Es la libertad de elección del Centro Educativo un derecho excluyente? ¿Colisiona con otros? ¿Cuál es el trasfondo ideológico? ¿Puede existir “competencias entre centros? ¿Cuál es la opinión neoliberal? ¿Cómo regular la libertad de elección de centros?
 
 
La libertad de enseñanza, un derecho complejo
La libertad de elección de centro forma parte del complejo haz de derechos y libertades que conforman la libertad de enseñanza, libertad que ha sido siempre muy polémica en el mundo occidental, en parte por la tendencia del conservadurismo a darle un tratamiento unilateral y excluyente. La libertad de enseñanza comprende la libertad de creación y dirección de centros, pero también la libertad de cátedra del profesor; incluye la libertad de escoger “escuelas distintas de las creadas por las autoridades públicas”, pero también la libertad de conciencia de alumnos y profesores, así como el derecho a la no discriminación del alumnado por “razones ideológicas, religiosas, morales, sociales, de raza o de nacimiento”. Sin embargo, la libertad de elección de centro se ha convertido en el foco central de un nuevo discurso ideológico que surge en los años ochenta del pasado siglo y que tiende a hacer de esta libertad un derecho unilateral, exorbitante y excluyente, en perjuicio de otros derechos y libertades que se derivan del principio de igualdad -todos tenemos derecho a la educación y del de libertad -todos tenemos derecho a aprender y a enseñar. Este nuevo discurso ideológico es el neoliberalismo que, impulsado por los países anglosajones, se ha extendido al continente europeo.
 
El neoliberalismo y su desleal hacia lo público
Lo primero que hay que señalar es que la libertad de elección de centro ha cobrado nuevo auge como consecuencia de la aparición del discurso neoliberal sobre educación. Dentro de la aspiración a reestructurar el mundo en todas sus facetas -económicas, sociales, políticas y, sobre todo, culturales-, la educación ha ocupado en el neoliberalismo un lugar importante. También aquí se ha aplicado ese maniqueísmo que tiende a minusvalorar lo público y a exaltar las bondades de lo privado. Se da la paradoja de que fuerzas públicas que pretenden llegar al Gobierno, que por definición es público, desacreditan lo público y fomentan al máximo lo privado. En aquellos países en que, este discurso ha sido adoptado por fuerzas inequívocamente conservadoras, la crítica a la escuela pública ha sido incesante, tanto si el neoliberalismo se encontraba en la oposición como en el gobierno. Se ha partido para ello de una presunción no probada, llevada hasta sus últimas consecuencias: la escuela pública no es eficaz, no es eficiente; la escuela privada, sin embargo, representa la calidad. Ahora bien, la cuestión que el neoliberalismo no quiere plantearse sigue presente: ¿todas las escuela privadas son eficaces por definición, por el hecho de ser privadas?, ¿todos los sistemas públicos de educación son ineficaces e ineficientes?, ¿todas las escuelas públicas lo son? (por ejemplo, ¿es ineficiente el sistema educativo finlandés, casi totalmente público, que ocupa el primer lugar en los informes Pisa sobre el aprendizaje escolar y uno de los primeros puestos en equidad social?).
 
En realidad, la crítica de la escuela pública porta en sí misma una profecía que se cumple de antemano: no hay salvación fuera de la escuela privada, lo que equivale a proclamar el dogma de la privatización de la educación. Lo grave ahora es que se quiere transformar la educación en un bien de mercado, sujeto a las leyes de la oferta y la demanda. Con ello se desintegra la laboriosa construcción de la educación como un derecho social, lograda a lo largo de dos siglos. La llegada a puerto sería la sustitución de una sociedad de ciudadanos por una sociedad de consumidores. Como ha señalado Zygmunt Bauman, “el ascenso del consumidor es la caída del ciudadano”.
 
El neoliberalismo y la elección de centro docente
El discurso neoliberal, fuertemente ideológico, presenta el “movimiento de la libre elección de centro” como un nuevo paradigma que aspira a ser fatalmente inexorable. Se trata en realidad de un elemento más del “pensamiento único”, hasta el punto de que toda crítica al planteamiento extensivo de la libertad de elección de centro es presentada como algo anacrónico, desfasado, arcaico.
 
La libertad de elección de centro, forma parte del complejo haz de derechos que integran la libertad de enseñanza. Lo peculiar ahora es que el pensamiento neoliberal se centra en algo comúnmente aceptado, como es el derecho de los padres a elegir libremente la educación de sus hijos, sólo que su efectividad se busca en la diversificación de la “oferta”, que en el lenguaje neoliberal quiere decir libre competencia entre los centros docentes. De la misma manera que la famosa “mano invisible” del mercado, a pesar de los intereses egoístas que compiten entre sí, produce a la larga el interés público, aquí la libertad de elección de centro produce per se la mejora de la calidad de la enseñanza: los centros compiten entre sí con su oferta de enseñanza, los mejores son lógicamente escogidos por padres y madres, y, finalmente, la calidad sale favorecida sin que tenga que intervenir el poder público.
 
Como puede observarse, el acento recae en la vinculación de la eficacia con la educación, vinculación muy propia del lenguaje economicista del neoliberalismo aplicado a la educación, que poco tiene que ver con los planteamientos de justicia y de equidad (¿quién se ocupa de los centros perdedores y de las alumnas y alumnos que allí estaban?, ¿quién se ocupa de los que, por múltiples razones, no pueden en realidad elegir el centro que desean?, más aún, ¿quién se ocupa de aquellos que, de forma directa o indirecta, por unas razones o por otras, son “expulsados de determinados centros?). La educación, bien cultural público por excelencia, no puede configurarse como un mercado más, en el que compiten distintas empresas educativas y en el que los padres y las madres son los árbitros de la pugna del mercado (en realidad, los clientes).
 

Toda ideología que se reviste de un carácter monista despierta siempre notables reservas. Los derechos no pueden tener un contenido absoluto, tienen limitaciones que se derivan de su propia naturaleza o de su convivencia con otros derechos, lo que significa que la libertad de elección de centro tiene que convivir con otros derechos, derivados no solo del principio de libertad de enseñanza, sino también de otros que tienen su raíz en el principio de igualdad, considerado desde la perspectiva de la equidad social. Es la equidad social la que reclama justamente que todos puedan elegir centro en condiciones de igualdad. El único garante para ello es el poder público. La libertad de elección de centro tiene que ser regulada de manera que se concilien los principios de libertad e igualdad, la elección y la no discriminación: de ahí la necesidad de los criterios de admisión del alumnado en los centros sostenidos con fondos públicos, de manera que, al menos, no aumente la desigualdad social ni la segregación por razones académicas, de clase social o de etnia (los inmigrantes terminan siempre en los centros públicos).

 

 

La libertad de elección de centro tiene que ser regulada de manera que se concilien los principios de libertad e igualdad, la elección y la no discriminación.

 

 

Autor
Manuel de Puelles Benítez
Catedrático de Política de la Educación de la UNED
En Padres y madres de alumnos y alumnas ene/feb/mar 2008

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