viernes, 29 de octubre de 2010

Personas desagradables

El racismo es la cara de un monstruo que ha flagelado la humanidad en los últimos siglos. Sigue vivo, y es necesario que nos defendamos de él con todas nuestras armas. Aquí publico un texto de Miguel A Santos Guerra, que con maestría se refiere al tema.

Pienso que las reacciones racistas son un signo de torpeza más que de maldad. Se producen con reiteración en los campos de fútbol cuando se insulta a un jugador de raza negra que falla un penalti, en los procesos de contratación cuando se prefiere a un blanco simplemente por el color de la piel, cuando se niega la entrada a un “sudaca” (si se añade “de mierda” resulta más convincente) en una discoteca. Las actitudes racistas carecen de lógica, no sólo de bondad. Nacen de un fundamentalismo racial carente de rigor y de sentido. Despreciar a una persona por el color de la piel es irracional. Debajo de las actitudes despectivas sólo existe torpeza y rencor. Pretende quien desprecia sentirse superior apoyándose en la supuesta inferioridad del otro. ¿En qué es inferior?, ¿por qué es peor? La respuesta sólo contiene prejuicios o, lo que es peor, absurdos argumentos fundados en la imbecilidad.



Personas Desagradables

Resultan patéticas las personas que miran a las demás por encima del hombro, considerándolas de inferior categoría. Porque no hay categorías inferiores cuando de personas se trata. Es inaceptable que se identifique por la raza a quien ha cometido un delito cuando el autor es de raza negra. Nadie vio un titular, por ejemplo, en el que se dijera: El presidente del Banco Banesto, de raza blanca, se embolsa cantidades multimillonarias. Afortunadamente, la movilidad social, los medios de comunicación, los avances científicos, las lecturas selectas, la apertura de las mentes, los viajes de trabajo o de turismo, el conocimiento de otras culturas hacen que nos sintamos ciudadanos del mundo, superando el parroquialismo que no nos deja ver más allá de nuestras narices.

Son las personas estrechas de miras, las cortas de razonamiento, quienes se muestran más intolerantes. Las cerriles. El tiempo ofrece contundentes y a la vez dulces venganzas. ¿No ha sido un triunfo de la sensatez y de la justicia el ver a un negro presidir el país que lo ha mantenido encarcelado durante muchísimos años?, ¿no es un éxito que un profesor de raza negra enseñe a un grupo de alumnos y alumnas blancos?, ¿no resulta espléndido que un médico de raza negra opere y salve la vida a un blanco en un quirófano?

Contaré una historia, una pequeña historia, de esas que hacen avanzar algunos milímetros en lo que Marina y De la Válgoma llaman “la lucha por la dignidad”. El 1 de octubre de 1998, en un vuelo trasatlántico de la British Airways, una dama se sienta al lado de un hombre negro. La mujer pide a la azafata que la cambie de sitio porque no podía permanecer sentada al lado de una persona tan desagradable. - Nadie debe ser obligado a viajar al lado de una persona indeseable, exige la señora con aire despectivo. La azafata argumenta que el vuelo está completo, pero que irá a revisar en primera clase por si encuentra un asiento libre. Los pasajeros de los asientos cercanos observan la escena con disgusto. La señora protestaba airadamente y, de forma poco justa, iba a disponer de un lugar privilegiado. Ella se sentía feliz porque la solución le evitaba estar al lado de una persona desagradable y porque, de realizarse el cambio, podría viajar cómodamente el resto del viaje. Minutos más tarde regresa la azafata e informa a la señora con una sonrisa cargada de ironía: - Discúlpeme, señora. Efectivamente el vuelo está lleno pero, afortunadamente, encontré un lugar vacío en primera clase. Claro que para poder realizar este tipo de cambio tuve que pedir autorización al capitán. Él me indicó que no se podía obligar a nadie a viajar al lado de una persona tan desagradable. La señora, con cara de triunfo, intenta salir de su asiento para dirigirse a primera clase, pero la azafata se vuelve hacia el hombre de raza negra y le dice: - Señor, ¿sería tan amable de acompañarme a su nuevo asiento? Los pasajeros ovacionaron la acción de la azafata. Ese año, ella y el capitán fueron premiados y gracias a esa actitud la empresa British Airways se dio cuenta de lo importante que era la capacitación de su personal en el área de atención al cliente e hizo cambios de inmediato.

Una significativa historia que sitúa a la persona que desprecia en el lugar humillante en el que, con una actitud abusiva y ridícula, se ha colocado. El racista hace una valoración poco fundada en beneficio suyo y en detrimento de la víctima, al objeto de justificar una sumisión, una segregación o una agresión. En cualquier caso, una injusticia. La relación causal entre las características biológicas concebidas como rasgos faciales y los tipos de personalidad o los comportamientos culturales o sociales, no tiene fundamento alguno. La superioridad inherente a ciertas razas carece de fundamento científico. Al margen de toda evidencia se cultiva el odio racial. Bajo las actitudes racistas no existen más que falacias y creencias basadas en convicciones hostiles. Es muy certera, a mi juicio, la siguiente afirmación: mientras menos inteligente es el blanco, más estúpido le parece el negro.


Autor:
Miguel Ángel Santos Guerra
Doctor en Ciencias de la Educación.
Diplomado en Psicología.
Catedrático de Didáctica y Organización Escolar.
Autor y Director de libros, colecciones, revistas y publicaciones de libros sobre educación.
Miembro de la Comisión Asesora para la evaluación del sistema educativo de la
Junta de Andalucía.

viernes, 22 de octubre de 2010

No estoy cansado todavía

Publico un texto de M A Santos Guerra, y según sus propias palabras “La finalidad de estas líneas es hacer pensar en lo difícil y compleja que es la tarea educativa, en lo tremendo y apasionante que es el reto que se plantea a los profesores y en la necesidad de que cuestionemos sin cesar cómo lo hacemos y cómo podemos mejorarlo para ganar en racionalidad y en ética” ¡Vale la pena leerlo!

Miguel Ángel Santos Guerra
Doctor en Ciencias de la Educación.
Diplomado en Psicología.
Catedrático de Didáctica y Organización Escolar.
Autor y Director de libros, colecciones, revistas y publicaciones de libros sobre educación.
Miembro de la Comisión Asesora para la evaluación del sistema educativo de la
Junta de Andalucía.


No estoy cansado todavía

NO ESTOY CANSADO TODAVÍA
Francesco Tonucci es un pedagogo italiano cargado de sensibilidad, de inteligencia y de creatividad. Escribe y dibuja con arte, profundidad y entusiasmo sobre la ciencia y el arte de la educación. En su última columna de la Revista Cuadernos de Pedagogía cuenta que, un niño gitano llega a la escuela con el curso empezado, como ocurre frecuentemente cuando se es nómada.

La profesora lo recibe gentilmente en clase e, indicándole el lugar que le corresponde, le dice: - Siéntate. Ese es tu sitio. El niño, sorprendido por el mandato de la profesora, replica con aplomo:
- ¿Por qué? Todavía no estoy cansado. Resulta sorprendente que la postura habitual de los niños en la escuela sea la de estar sentados. No un rato, para descansar o para cambiar de postura sino todo el tiempo, toda la mañana o todo el día. Es la postura escolar por antonomasia. ¿Sería razonable que, al llegar los niños a la casa, sus padres (a su vez profesores) les pidieran que se sentasen y que no se moviesen en dos o tres horas? ¿Cómo es posible que un niño, que es todo movilidad y agitación, pueda permanecer sentado tanto tiempo? ¿Para qué? ¿Por qué? Sé que en el aula no puede hacer cada uno lo que quiera si se pretende organizar un aprendizaje compartido. De ahí a repetir mecánicamente una serie de hábitos y rutinas poco racionales hay un gran paso. Que todos permanezcan sentados y alineados, que todos hagan las mismas cosas, del mismo modo y al mismo tiempo, que no puedan tener iniciativa y manifestar su creatividad, resulta poco coherente en una institución educativa. Hay muchas cosas poco racionales en la práctica escolar. Tonucci apunta algunas en dicho artículo y otras en sus libros llenos de ilustraciones elocuentes: Leer un cuento precioso buscando las palabras difíciles, escribir sin que nadie vaya a responder, repetir sin comprender lo que se dice.

Recuerdo una de sus ilustraciones en la que aparece un niño sentado que recibe constantes prescripciones: hazlo así, se hace así, siempre debes hacerlo así. Y de pronto le piden: elige tú. Y el niño se pregunta: ¿elegir?, ¿elegir?, ¿qué quiere decir? Hay muchas más paradojas en la escuela, sobre las que pretendo llamar la atención, aunque sea de forma apresurada:
- Dejar en el patio un caracol para entrar en clase y estudiar en el libro uno dibujado. - Guardar silencio para empezar la clase de lengua.
- Repetir lo que dice el profesor de forma literal, aunque la pretensión sea que haya alumnos creativos.
- Conseguir buenos demócratas en una institución jerarquizada. - Enseñar a participar sin que puedan decidir en asuntos sustanciales.
- Pretender coeducar en una institución tradicionalmente androcéntrica. - Educar en libertad en un lugar al que hay que acudir obligatoriamente.
- Pedir que el niño no se distraiga viendo volar una mariposa por la ventana y pretender que fije la atención sobre una dibujada en el encerado.
- Dejar fuera la vida real para conseguir que la entiendan y la expliquen desde una situación artificial.
- Pretender educar a las personas en la solidaridad mientras se plantean de forma competitiva las actividades.
- Organizar trabajos en grupo, pero hacer una evaluación rabiosamente individualizada.
- Decir que cada uno tiene su ritmo, su estilo y su capacidad para aprender pero organizar de forma homogénea la clase.
- Querer que sean creativos y, sin embargo, hacer exámenes en los que tienen que repetir literalmente.
- Dar valor a la diversidad infinita de los alumnos y establecer un currículum único para todos.

Cuenta también Tonucci en su artículo la siguiente experiencia. Un maestro de primero de básica que quiere hacer con su alumnado un experimento de observación científica, lleva a la escuela un cucurucho de boquerones frescos comprados en el mercado y pone uno en un platito de plástico delante de cada alumno. Un niño se pone a llorar desesperadamente. El maestro se acerca, se pone junto a él y le pregunta por la causa de su llanto. El niño comenta entre sollozos: - No me lo quiero comer. El maestro, asombrado, responde: - Claro que no. ¿Es que comes peces crudos? Y el niño responde: - No, pero como estamos en la escuela...

Como estamos en la escuela puede pasar cualquier cosa. Puede suceder que los profesores pidamos a los niños muchas cosas que nosotros no hacemos. Que sean estudiosos, que respeten a los compañeros mientras hablan, que lean con pasión, que trabajen en equipo, que respeten el turno de intervención, que lleguen puntuales, que amen el conocimiento. Un profesor le escribe una nota manuscrita a un niño en un examen. Éste no entiende lo que el profesor ha escrito y se dirige a él para que se lo aclare. El profesor le contesta: -Ahí te digo que escribas con la letra más clara.

Cuando hablo de la escuela, me refiero a todas las instituciones educativas, no sólo a las de nivel inferior. También a la Universidad. Hace unos días comencé una asignatura nueva escribiendo unas frases extrañas e ininteligibles en el encerado. Los alumnos las copiaron fielmente, incluidos unos caracteres griegos. Las cosas se complicaron cuando pregunté: ¿Qué pensáis de lo que ha pasado aquí? El silencio fue largo y espeso. Hasta que alguien se decidió: “Copiamos sin entender nada”. (¿Cómo es posible que no se hagan preguntas cuando no se entiende?). Pensar es una actividad complicada. Copiar es bastante fácil. Y existe una costumbre muy arraigada. Algunos universitarios tienen el dedo corazón deformado. Hay quien puede pensar que con estas reflexiones estoy criticando a la escuela y descalificando a los profesionales que trabajan en ella. Nada más lejos de mi intención. La finalidad de estas líneas es hacer pensar en lo difícil y compleja que es la tarea educativa, en lo tremendo y apasionante que es el reto que se plantea a los profesores y en la necesidad de que cuestionemos sin cesar cómo lo hacemos y cómo podemos mejorarlo para ganar en racionalidad y en ética.

miércoles, 13 de octubre de 2010

El dromedario no es un camello defectuoso

Publico a continuación un escrito, obra de Miguel A Santos Guerra, que en esta oportunidad se refiere a la atención a la diversidad, a la necesidad de construir una escuela que respete las diferencias individuales, cuidando la autoestima de los alumnos. Como nos tiene acostumbrado el autor, se trata de un texto muy claro y profundo a la vez.

Miguel Ángel Santos Guerra
Doctor en Ciencias de la Educación.
Diplomado en Psicología.
Catedrático de Didáctica y Organización Escolar.
Autor y Director de libros, colecciones, revistas y publicaciones de libros sobre educación.
Miembro de la Comisión Asesora para la evaluación del sistema educativo de la
Junta de Andalucía.


El Dromedario No Es Un Camello Defectuoso


¿Qué pensar de quien considerase deforme a un dromedario por tener dos jorobas en lugar de una sola como le sucede al camello? ¿Sería justo que maltratase al animal con golpes, insultos y exigencias a las que no puede responder? ¿Sería lógico que pretendiese eliminar una de ellas para que se asemejase al deseado modelo? ¿Sería justo que le castigase por su “maldita diferencia”?

Lo mismo podríamos decir de quien pensase que la gallina es un águila defectuosa y pretendiese hacerla volar a base de un absurdo y estéril adiestramiento. Un camello es un camello. Un dromedario es un dromedario. Una gallina es una gallina. Un águila es un águila. Estas afirmaciones que parecen obviedades cercanas al ridículo están frecuentemente negadas cuando, en la escuela por ejemplo, tratamos a los niños y a las niñas como si fuesen iguales, como si tuviesen que acomodarse a un prototipo. Quienes se alejan de ese modelo, de ese arquetipo, parece que tienen alguna deficiencia, alguna tara. Son, por consiguiente, niños defectuosos.

Una niña, por ejemplo, sería un niño defectuoso. Por eso llora, por eso es mala en matemáticas, por eso es charlatana. Un niño con síndrome de Down sería un niño normal defectuoso, que no puede aprender nada, que no puede valerse por sí mismo. Un niño gitano sería un niño payo defectuoso, incapaz de hablar bien, de comportarse cortésmente. Un niño magrebí sería un niño andaluz defectuoso, que no domina la lengua castellana, que no conoce las costumbres, que no sabe quién es la Virgen del Rocío.

El modelo lo constituye el varón, blanco, sano, inteligente, autóctono, creyente, payo, vidente, ágil, oyente, castellanoparlante... Los demás son “anormales” o, lo que es peor, “subnormales”. La institución escolar alberga problemáticas muy diversas, no sólo debidas a las diferencias infinitas individuales sino a las diferencias grupales (étnicas, lingüísticas, culturales, religiosas, económicas, de género...). Hay que caminar hacia una escuela inclusiva. Lo cual exige hacerse permanentemente esta pregunta: ¿a quién excluye la escuela?, ¿a quién le pone trabas para una integración plena? Si un centímetro cuadrado de piel (las huellas digitales) nos hacen diferentes a miles de millones de individuos, ¿qué no sucederá con toda la piel? Con todo lo que ésta tiene dentro, con la historia y las vivencias y las emociones y las expectativas. No hay un niño exactamente igual a otro. Ni siquiera dos gemelos univitelinos pueden considerarse idénticos. Su historia es distinta, sus vivencias son diferentes. Como en la escuela la actuación se dirige hacia un alumno tipo, quienes no responden a él, se encuentran con dificultades de adaptación. No es la escuela la que se adapta a los niños sino éstos quienes tienen que ajustarse al modelo que se propone o se impone en la escuela. Lo digo no sólo por lo que respecta al aprendizaje de las materiales sino a la forma de comportamiento y de relación. Cuando se habla de “educación especial” creo que se produce una tautología. ¿Puede haber educación que no sea especial, que no refiera a cada niño en particular? O es especial o no es educación.

El riesgo está en pensar que la diversidad afecta solamente a aquellos niños con alguna deficiencia como la invidencia, la sordera, el síndrome de Down, la espina bífida. Como si el resto constituyese un grupo homogéneo, idéntico. No. Cada niño es único, irrepetible, irreemplazable. No existe ese “alumno tipo medio” al que nos solemos dirigir cuando hablamos o cuando evaluamos. La diversidad no es una lacra. Es un valor. Precisamente porque somos diversos podemos complementarnos y enriquecernos. Podemos ayudarnos. Y habrá más necesidad de ayuda para quienes tienen alguna dificultad o alguna carencia. La cultura de la diversidad necesita avivar la sensibilidad hacia el otro.

Imaginemos que en un Centro de Salud tuviera que atender un médico a los pacientes en grupos de 20 o de 30. Que tuviese que observar a todos los pacientes de forma simultánea durante un rato y luego recetar a todos la misma medicación. ¿Cómo podría responder a las necesidades de cada uno? Es probable que lo que le vendría bien a uno resultaría un desastre para otro. La atención a la diversidad exige cambios importantes en esferas muy distintas. En primer lugar en las actitudes de las personas. Me refiero tanto a padres como a profesores y alumnos. Hay que abrirse a los otros, aceptarlos como son, ayudarles a desarrollarse al máximo de sus posibilidades. En segundo lugar, en la organización de los centros. La atención a la diversidad tiene unas exigencias organizativas relacionadas con la flexibilidad, la creatividad, la autonomía y la audacia. Si la organización es rígida será difícil encontrar respuestas adaptadas. Si desde la Administración no se propicia, se cultiva y se apoya la iniciativa del profesorado, será imposible la respuesta adaptada a las exigencias que plantean los alumnos de cada escuela. En tercer lugar, requiere recursos personales y materiales. No se puede hacer frente a las exigencias de la diversidad sin más profesores, sin más espacios, sin más recursos. La cultura de la diversidad exige la puesta en funcionamiento de políticas de redistribución y de políticas de reconocimiento. Me explico. Hay grupos diferentes en la sociedad (pobres y ricos, cultos e incultos, por ejemplo). La solución para atender esta diversidad está en redistribuir los bienes para que esos grupos se nivelen. Hay otros grupos que son diferentes (por ejemplo, creyentes y agnósticos, payos y gitanos, homosexuales y heterosexuales...). Respecto a ellos es preciso que se desarrolle una política de reconocimiento, de valoración positiva, no de igualación, no de redistribución.

Todo ello tiene que ver con la autoestima, con la aceptación de sí mismo. Porque si el gitano se avergüenza de serlo, si el emigrante se siente acomplejado, si el sordo no acepta su sordera, toda la intervención exterior resultará inútil. La atención a la diversidad exige el respeto a todas las personas. Pero, arranca del respeto de cada persona por sí misma. Permítaseme terminar con una pequeña fábula al respecto. Una hormiga le pregunta a un elefante: - ¿Cuántos años tienes? - Tengo tres años., contesta el elefante, con orgullo. ¿Y tú? La hormiga contesta, justificando su pequeño y vergonzoso tamaño: - Yo también tengo tres años, pero es que yo he estado malita.

jueves, 7 de octubre de 2010

Pulgas amaestradas


El siguiente texto es fruto de la pluma brillante de Miguel A Santos Guerra, y en este caso se aboca al tema del “etiquetamiento”, o de las profecías autocumplidas, en las cuales a veces caemos los docentes, y causamos daño, sin saberlo.

Miguel Ángel Santos Guerra
Doctor en Ciencias de la Educación.
Diplomado en Psicología.
Catedrático de Didáctica y Organización Escolar.
Autor y Director de libros, colecciones, revistas y publicaciones de libros sobre educación.
Miembro de la Comisión Asesora para la evaluación del sistema educativo de la
Junta de Andalucía.


Pulgas amaestradas

PULGAS A MAESTRADAS
Si metemos varias pulgas en una pequeña caja de cristal, podremos ver cómo saltan sin cesar contra las paredes y el techo de la caja. Si después de un tiempo las sacamos de su encierro y las dejamos en libertad podremos ver que sólo realizan saltos como los que efectuaban dentro de la caja. Se han acostumbrado a los límites, se han habituado a unos esfuerzos recortados por la experiencia. Los amaestradores han condenado a las pulgas a su pequeño fracaso. Algo parecido nos pasa a los humanos. Cuando nos acostumbramos a unos determinados límites nos sentimos incapaces de superarlos. Ni siquiera lo intentamos. Creemos que lo alcanzado es todo lo que podemos llegar a conseguir. El acostumbrarse al fracaso es una causa de la falta de estímulo. Las pulgas, dentro de la caja, se habitúan a unos saltos minúsculos que acaban por condicionar su futuro comportamiento. En las metas que vamos proponiéndonos en la vida influyen mucho los logros que hemos alcanzado. Por eso es bueno facilitar la consecución de éxitos. No conviene habituar a los niños y a las niñas al fracaso. También es decisivo lo que los demás esperan de nosotros. Si nadie espera que seamos capaces de conseguir algo significativo, es fácil que no lo alcancemos. Resulta terrible esa condena al fracaso que algunos educadores y algunos padres o madres hacen sobre sus alumnos o hijos.
Tú nunca llegarás a nada”, tú jamás conseguirás algo importante”, “tú eres un inútil”, tú serás un fracasado”... Es fácil que esa persona, si no se rebela contra la profecía, si no la convierte en un reto, acabe siendo, efectivamente, un fracasado. Existen las profecías de autocumplimiento. Éste es su enunciado: “La profecía de un suceso suele convertirse en el suceso de la profecía”.

Es así. Sucede incluso en el ámbito sociológico. Si anuncio, por ejemplo, que el próximo fin de semana habrá escasez de combustible en las gasolineras de Málaga, es probable que los conductores se lancen a conseguir provisiones causando una real carestía en ese fin de semana. La profecía del suceso de la escasez se convirtió en la realidad de la escasez. He visto terribles profecías en las escuelas y en el seno de las familias. Me preocupa mucho que esas actitudes tengan lugar en las aulas porque quienes estamos pagados para ayudar a crecer (educadores, impulsores del crecimiento intelectual y moral) estaríamos utilizando nuestra autoridad para poner sobre los hombros de nuestros alumnos o alumnas una montaña de desaliento.

Acabo de ver ejemplos de esta inadmisible actitud en la excelente película francosuiza “Los chicos del coro”, opera prima del director Christophe Barratier. Algunas veces las profecías van dirigidas a todos los alumnos y alumnas de la clase. “Vuestro grupo nunca conseguirá nada importante”, “vosotros sois demasiado torpes para llegar lejos”, “nunca he visto un grupo tan malo”... A veces, a un grupo pequeño. En ocasiones solamente a un alumno o alumna, que se convierte en el chivo expiatorio de la amargura, del pesimismo o del sadismo del educador. No sé cómo no escarmentamos después de las muchísimas equivocaciones de las que hemos sido protagonistas o testigos. Hay ejemplos célebres. Evaluando la primera prueba de Fred Astaire ante la cámara un ejecutivo de un estudio de cine dijo: “No sabe actuar. No sabe cantar. Ligeramente calvo. Baila un poco”.

Qué vergüenza. He oído decir con amargura a muchas personas que hoy están en puestos de relevancia social que tuvieron algunos profesores que les condenaban injusta e imprudentemente al fracaso. Guardan de ellos una triste memoria. Las chicas suelen ser objeto de profecías (a veces invisibles e impronunciables) de autocumpliento. Por el hecho de ser mujeres se les supone una menor valía, una menor ambición o una menor capacidad de esfuerzo y, en consecuencia, se les marcan unas metas menos ambiciosas, se les plantean como deseables carreras de menor prestigio, dificultad o categoría social.

Los discapacitados son destinatarios también de algunas de estas premoniciones desalentadoras. Si pensamos y les decimos que no aprenderán nada, que nunca serán capaces de tener éxito, acabarán fracasando. A veces es todo un país quien es objeto de esa profecía maldita. Me ha contado un profesor universitario argentino algo que le pasó cuando visitó España invitado, con otros profesores y periodistas de diversos países, por el señor Fraga, entonces Ministro de Información y Turismo. Ante la pregunta suya de cuándo iba a llegar a España la libertad de prensa, el señor Ministro contestó: “Desengáñese, los españoles no están hechos para vivir en libertad”. Es decir, que pensaban (y nos decían) que no éramos capaces, que no teníamos los genes de la democracia, que necesitábamos mano dura y buenos censores (qué binomio de términos contradictorios). Muchos llegaron a creérselo. Lo oí decir muchas veces: “Los españoles no estamos hechos para la libertad”. El problema de partida está en los “profetas malditos” o en los “malditos profetas”. Y cobra fuerza cuando el destinatario o destinataria de la profecía acaba creyéndosela. Cuando la hace suya. Porque si se rebela contra ella, si la convierte en un estímulo, si saca de ella el coraje necesario para vengarse de los tristes deseos de su profeta, el problema está solucionado. La profecías malditas nacen de la torpeza y del desamor de quien las hace. El hermoso libro de Alice Calaprice “Querido profesor Einstein” nos muestra la tierna relación del científico con los niños y las niñas a través de la correspondencia. Se puede comprobar cómo les alienta y anima. Porque los quiere. Él mismo fue un alumno con problemas. Se lo cuenta a Bárbara, una niña de 12 años, que le confiesa sus problemas con las matemáticas: “Me encantó tu amable carta. Hasta el momento no me había planteado ser un héroe, pero puesto que me has designado como tal, ahora siento que sí que lo soy. No te preocupes por tus dificultades en matemáticas: puedo asegurarte que las mías eran aún mayores”. Los alumnos aprenden de aquellos profesores a los que aman. Porque tienen un radar para saber quién los quiere. Hay que acabar con las profecías (y, sobre todo, con las autoprofecías) de cumplimiento. A quien construye cajas para sus prójimos quiero recordarles que están limitando injustamente el desarrollo de forma quizá inconsciente, pero muy real. A quienes son encerrados en ellas quiero decirles que no hay mayor opresión que aquella en la que el oprimido mete en su cabeza los esquemas del opresor.
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