jueves, 29 de julio de 2010

Explorando el cerebro y la cognición

DIALOGO CON NOELIA WEISSTRAUB, BIOLOGA E INVESTIGADORA DEL CONICET

El jinete hipotético ha llegado a la Facultad de Medicina, donde debe hacer casi media hora de cola para tomar el ascensor (una hora si se cuenta la de su caballo), y llega finalmente a donde Noelia Weisstraub juega con ratones y sus cerebros.

–Cuénteme qué es lo que hace.

–Estoy empezando un proyecto nuevo acá en Argentina, que consiste en estudiar el rol del sistema serotoninérgico, y en particular de uno de sus receptores, en flexibilidad cognitiva.


–Mmmmm... Así no se entiende muy bien... ¿Por qué no vamos por partes?

–Bueno. Estoy interesada en estudiar cuál es la función del sistema serotoninérgico (la serotonina es un neurotransmisor, con una función moduladora en el cerebro) en procesos que están mediados por la corteza prefrontal. Estos son procesos de tipo ejecutivo, de tomas de decisión. En conjunto, a todos esos procesos se los conoce como procesos de flexibilidad cognitiva. La corteza prefrontal interviene en aquellos casos en los cuales uno está haciendo una tarea y necesita cambiar, o se cambian las reglas con las cuales se está trabajando, o está haciendo una tarea en un marco en el que hay mucha cantidad de estímulos y no todos relevantes. La corteza prefrontal es aquella estructura capaz de ayudar a focalizar cuáles son las señales que son importantes para una tarea determinada.


–Y dentro de esa parte del cerebro, ¿qué es lo que estudia usted?

–El rol que tiene un receptor de serotonina, que funciona como el nexo entre el interior de la célula y el neurotransmisor. El neurotransmisor se pega ahí y activa su señal a través de este receptor.


–¿Esa señal es química o eléctrica?

–En este caso, es química. La teoría lo que sugiere es que la activación de este receptor ayuda a la sintonía fina de las neuronas. Aquellas regiones donde el receptor esté actuando van a permitir que esas neuronas funcionen de manera más sincronizada y que haya una discriminación mejor de la señal. Esta es una hipótesis basada en experimentos en monos y en base a cómo actúan ciertas drogas en humanos (que actúan a través de este receptor y se sabe que en humanos modifican este tipo de respuesta). Pero nadie sabe exactamente cuál es el rol en humanos: las drogas son medio sucias y no sólo actúan a través de ese receptor en particular. Entonces yo trabajo con un modelo animal que me va a permitir estudiar específicamente el rol de esta proteína. Yo tengo un ratón que no expresa en ninguna parte del cuerpo esta proteína, pero está construido de una manera tal que me va a permitir a mí restaurar la expresión en la región del cerebro que yo quiera. Entonces yo voy a jugar con un animal que no tiene la proteína en ningún lado, pero se la voy a expresar en regiones particulares.


–¿Y cómo se la expresa?

–Se construyó insertando el casete que interrumpe...


–¿Se bloqueó?

–Se bloqueó la expresión, pero de una manera tal que eso es removible por una enzima específica.


–Entonces usted remueve el bloqueador...

–Sí, a través de una enzima. Una vez desbloqueada esa parte del ADN, empieza a expresar la proteína.


–La proteína que expresa el ADN, entonces, va al borde de la célula y se convierte en receptor de serotonina. ¿Y qué pasa con el ratón antes y qué pasa con el ratón después?

–Por ahora no lo sabemos.


–¿Y qué cree que va a pasar?

–Bueno, tengo algunos experimentos preliminares hechos. En el ratón que no tiene el receptor, hay déficit de respuesta cuando uno lo somete a tareas que requieren cambios. Mi hipótesis es que si yo restauro la expresión en esta región en particular, va a empezar a responder bien.


–¿A qué tipo de tareas los expone?

–Tareas de memorias de trabajo. Utilizando un laberinto en forma de estrella, con ocho brazos. Uno entrena al animal para que busque comida al final de cada brazo. Hay puertitas de entrada a cada brazo que le permiten al animal ir a buscar la comida. Uno lo que hace es que primero el animal busque comida en cuatro brazos, por ejemplo, y luego le abre los ocho, pero en los cuatro donde ya buscó antes no hay comida. El animal, entonces, tiene que recordar a cuáles fue y no ir a ésos sino ir a los otros.


–Supongo que todos esos experimentos en ratones que se hacen en neurociencia tienen una correspondencia con el cerebro humano.

–Sí, con cierto cuidado. La homología entre las regiones del cerebro de los ratones y de los humanos no es exacta ni mucho menos, en particular en la región prefrontal (que nosotros tenemos muchísimo más desarrollada). No hay una homología región por región. Lo que se está viendo es, por ejemplo, que ciertas funciones que en el humano están divididas en varias partes de la corteza prefrontal, en el ratón están en la misma.


–Aparte los ratones son más fáciles para el trabajo. Imagínese si tuviera que trabajar con hipopótamos.

–Sí, claro, y además se pueden manipular genéticamente. Las ratas por ejemplo tienen la corteza prefrontal más desarrollada, pero no hay animales knock out...


–¿Qué significa animales knock out?

–Que se silenció genéticamente la expresión de determinado gen.


–¿Se pueden hacer esos experimentos en seres humanos?

–No, en algo tan específico como lo que yo estoy haciendo, no. Lo que hay en humanos es manipulación de las poblaciones de los receptores con drogas. En particular este receptor es afectado por los antipsicóticos atípicos, que juegan con el sistema de serotonina. Estos antipsicóticos tienen alta afinidad por el receptor 2 A, que es con el que yo trabajo. Hay evidencia de pacientes esquizofrénicos tratados con antipsicóticos atípicos que muestran mejorías en procesos que involucran flexibilidad cognitiva.


–¿Y por qué la psicosis tiene que ver con la serotonina y con la dopamina?

–Exactamente no se sabe. Lo que se sabe es que la dopamina está desregulada en los esquizofrénicos, pero cuál es la razón no se sabe. La serotonina tiene un papel menos importante, si se quiere, pero las drogas que bloquean la serotonina son muy buenas como antipsicóticos.


–Cambio de tema intempestivamente. Usted volvió a Argentina a trabajar hace poco, ¿no?

–Sí.


–¿Y por qué volvió?

–En parte, por razones familiares, pero además porque desde afuera, en los últimos años, se veía un cambio muy importante en la ciencia argentina.


–Y lo hubo.

–Sí, lo hubo. Y de repente aparecía la posibilidad real de poder trabajar razonablemente bien desde acá, con insumos, con infraestructura, con dinero. Si uno puede trabajar bien desde su propio país, ¿para qué se va a quedar afuera?


 


Informe: Nicolás Olszevicki.

Por Leonardo Moledo

lunes, 19 de julio de 2010

Ganamos perdimos ¡igual aprendimos!

El deporte como escuela de vida

¿Se juega cómo se vive?, ¿es posible aprender del triunfo y de la derrota?, ¿qué podemos aprender? Terminó el mundial. Alegría y amargura se combinan según el lugar en el que uno haya nacido o la camiseta que más lo convoque.


Según un viejo dicho, para mantener la amistad hay que evitar dos temas: política y religión (a menudo entrecruzadas). Por eso, no voy a hablar de ninguna de ambas, y respecto de la segunda, no sólo en lo referido a las grandes organizaciones de creyentes, sino también en cuanto a aquellos objetos, símbolos, o eventos que para mucha gente suelen adquirir caracteres sagrados.

Si nos atenemos a la etimología, fanum en latín significaba templo; lugar donde en la antigüedad solían realizarse ceremonias frenéticas. Por extensión, se llegó a denominar fanático a quien aplica en las cosas profanas (o sea, fuera del templo) el ardor, la exaltación y el desenfreno propio de aquellos rituales. Por tanto, el riesgo de sacralizar lo profano, es el fanatismo. Algo de lo que hay que cuidarse, en todo el sentido de la palabra…

Como no es mi intención herir a ningún tipo de creyente -  y aunque amo ese juego - tampoco haré foco específicamente en el fútbol; porque además, es difícil ubicarse en un lugar que no sea el de "aguafiestas" si uno habla antes, o el de "leñador de árbol caído" si uno habla después. Y por otra parte, porque, como profesional de la salud mental puedo entender perfectamente la necesidad de mucha gente  - y de mí mismo -de disfrutar de vez en cuando de un estado especial de exaltación que compense o mitigue tantas penurias. No otra cosa se viene haciendo, desde que el mundo es mundo, a través de todo tipo de fiestas, celebraciones y rituales.

Simplemente, quiero hablar de aprendizaje. Asociándome de paso a la iniciativa que en su momento alentaron las autoridades responsables, para aprovechar educativamente el Mundial.

Como pude comprobar ayudando a mi nieto a llenar su álbum de figuritas, este tipo de eventos hace surgir muchos interrogantes acerca de naciones y nacionalidades, nombres y apellidos, ubicaciones geográficas, evoluciones históricas y diversidad cultural. De por sí, eso es valorable; abre la mente, ensancha el horizonte y favorece -  especialmente en este caso – la comprensión profunda de cuánto los seres humanos tenemos en común, siendo tan diversos a la vez.

Sin embargo, los aprendizajes a los que quiero referirme más especialmente, son los que el llamado INFORME DELORS, "La Educación encierra un tesoro", publicación Santillana/ UNESCO de 1996, considera los cuatro pilares de la educación del siglo XXI:

 Aprender a ser

 Aprender a hacer.

 Aprender a aprender

 Aprender a vivir juntos.


  Van pues algunos breves comentarios en esa dirección:


Los juegos y los deportes son "escuelas de vida"

. Porque permiten encauzar energías y creatividad dentro de reglas, aceptándolas no sólo como restricciones a la libertad, sino como posibilitadoras del juego mismo. Hay, sin embargo, una diferencia radical entre los juegos y la vida misma: en los primeros, en general, se trata de los llamados juegos de suma cero: si uno gana el otro pierde. La vida, en cambio, en su enorme y diversa complejidad, permite y hasta favorece los llamados juegos de suma no cero. Están, por ejemplo, los juegos de colaboración/creación/participación, como  los del arte y el espectáculo, donde se supone que, aunque tengan un costo, todos salen ganando. Y también todo tipo de negociaciones, acuerdos, consensos, pactos y compromisos entre individuos o grupos, donde nadie gana quizá todo lo que quisiera, pero nadie pierde todo lo que podría. Aprender esta diferencia, vinculada con la ya vista entre lo sagrado y lo profano, nos parece sustancial. Porque además, en el fondo, tenemos la conciencia plena de que juegos puede haber muchos, pero vida hay una sola…

En cuanto a sus semejanzas, tanto en los juegos como en la vida, la motivación, el entusiasmo, la emoción, son componentes importantes, pero no únicos. Y a veces, ni siquiera prioritarios. En verdad, a mi no me importa demasiado si el piloto que conduce el avión en que viajo, o el médico que me espera en el quirófano son apasionados de sus profesiones, están tratando de enrostrarle algo a alguien y/o derraman alguna lágrima a la hora de despegar/cortar. Me importa que, por el contrario, sepan mantener la calma en momentos difíciles y evaluar en profundidad riesgos y decisiones. Me importa que estén atentos, que piensen; que sean capaces de elaborar estrategias adecuadas para los fines perseguidos. Me importa que sepan qué hacer. Y me importa mucho más que, si se equivocan, sepan reconocerlo, aprender de ello y en lo posible evitar o reparar daños, antes de que sea demasiado tarde…


La vida es un gran juego de interacción. Según el gran R.Laing, "toda conducta mía es una experiencia para los otros y toda conducta de otro es una experiencia para mí". Esa conducta puede ser una palabra, un gesto mínimo o una actitud sostenida… Todo influye, porque todo tiene un significado y forma parte inexorable de un circuito de comunicación que va y vuelve sin cesar. Si desvalorizo, corro el riesgo de ser desvalorizado, si respeto, aumentan mis probabilidades de ser respetado. Como dijo alguien: "la vida es como el eco: si no le gusta lo que recibe, fíjese en lo que emite".


En el mismo sentido, es bueno aprender lo más tempranamente posible que en la vida (y en el juego) uno debe ganarse el lugar al que aspira; que nada está escrito de antemano y para siempre; que uno debe trabajar para ser digno de confianza, para merecer crédito (que viene de creer); que el mundo no es el paraíso terrenal donde basta estirar la mano y tomar la manzana, sino que hay que esforzarse para afrontar cada jornada, y que el encadenamiento de esos esfuerzos se refleja en la propia biografía. Y que las personas tienen la libertad de escribir y reescribir mil veces su historia, pero el requisito fundamental es que quieran hacerlo. Y que estén dispuestas a pagar los costos.


Por otra parte, no vamos a caer en la simplificación colectivista de que nada grande puede hacerse si no es en conjunto. Beethoven, Nietzsche, o Borges, son pruebas de lo contrario. Pero sí podemos comprobar a cada paso que, en la vida actual, la complejidad de los problemas y la urgencia de las soluciones suelen poner en primer plano la necesidad de los trabajos en equipo. Lo que no excluye – sino al contrario, requiere – los buenos liderazgos. Sólo que es necesario aprender a distinguir entre ellos y la expectativa desmesurada  de que siempre aparezca alguien que diga "abracadabra" y  saque un conejo de la galera.


Finalmente, me gustaría terminar parafraseando libremente unos versos del famoso poema de R. Kypling, "If…" dedicado a la formación moral de su hijo. Incluye un aprendizaje fundamental para la vida que podríamos resumir así: "el éxito y el fracaso, esos dos impostores; si el primero no te embriaga y el segundo no te aplasta, tú serás un hombre, hijo mío…"




Rolando Martiñá*

 * Rolando Martiñá, padre de dos hijos y abuelo de cuatro nietos, es Maestro Normal Nacional, Licenciado en Psicología clínica y educacional. Posgrado en Orientación Familiar, convenio Fundación Aigle- Instituto Ackerman de Nueva York. Miembro del Programa Nacional de Convivencia Escolar, Ministerio de Educación de la Nación. Consejero familiar y de instituciones educativas. Autor de "Escuela hoy: hacia una Cultura del Cuidado", Geema, 1997; "Escuela y Familia: una alianza necesaria", Troquel, 2003; "Cuidar y Educar", Bonum, 2006 y "La comunicación con los padres", Troquel, 2007. Mail de contacto: rmartina@fibertel.com.ar




 

sábado, 10 de julio de 2010

Perder la privacidad es volver a la prehistoria


La privacidad parece ser una víctima natural de los tiempos modernos. Nos han ido convenciendo de eso. Se compra uno la webcam, saca una cuenta de correo electrónico, busca algo en Google y, ¡zas!, ya embargó parte de su anonimato. Súmele las redes sociales, la geolocalización y las fotos satelitales, y la privacidad necesariamente va a
desaparecer.

Es más, nos aseguran que "las nuevas generaciones ya no tienen el mismo concepto de privacidad", sugiriendo con esto que el nuevo concepto es más una renuncia que un aggiornamiento. Así, de a poco, sin darnos cuenta, hemos terminado asociando la privacidad con algo del pasado, como los teléfonos de baquelita y la leche en botella de vidrio. Vamos, ¿cuántos súbitos gurús expulsan a diario la supuesta verdad de que la
privacidad es una pieza de museo, un callejón sin salida evolutivo de la civilización? He perdido la cuenta.

No defenderé hoy la privacidad como derecho civil. Ya lo hice en esta columna antes (www.lanacion.com.ar/1005587). Más bien tengo la intención de dejar claro que la privacidad no es algo del pasado. Por el contrario, es algo muy nuevo, que recién empezamos a comprender y disfrutar. Es algo para el futuro.

Sin embargo, el futuro es líquido. Así que la posibilidad de desviar la civilización hacia una distopía al peor estilo Gattaca no queda automáticamente descartada. Como me dijo al respecto Robert Boorstin, director de políticas públicas de Google, hace poco: "No creo que la tecnología por sí sola garantice nada".

Es muy cierto. Por eso es necesario hablar de estos temas hoy, antes de que pasemos del augurio al decreto y se declare erradicado el derecho constitucional a la privacidad. O, lo que sería todavía peor, que renunciemos a ella.

La privacidad es algo muy reciente; tanto, que durante la mayor parte de nuestra historia no tuvimos nada ni remotamente parecido; tanto, que en algunos idiomas ni siquiera existe la palabra privacidad.

La noche antes de la humanidad
Nuestra especie arrancó su breve y accidentada biografía mucho antes de Giza y Babilonia, mucho antes de que nos atreviéramos a recorrer el Puente de Beringia y llegar a la vasta América. Fueron decenas de miles de años de inconmensurable frugalidad. Nos faltaba, de forma regular, el
alimento, el agua potable y el refugio adecuado. Ni hablar de un cuarto
de baño para las visitas.

Vivíamos hacinados, más por necesidad que por dichoso espíritu gregario: no resultaba demasiado sagaz apartarse un rato largo del grupo, a menos que tuviéramos la firme intención de que algo nos comiera. En cuyo caso nuestros genes no se perpetuarían, por lo que querer estar con los demás es un rasgo extremadamente poderoso en los seres humanos. Todavía hoy es difícil concebir un castigo peor que el aislamiento absoluto.
Hasta para quienes están presos y han perdido el tesoro de la libertad el aislamiento es un escarmiento temible. Sí, en aquel mundo ido todos sabíamos todo de todos. Posiblemente, además, no había mucho que saber. ¿Por qué?

Porque durante un tiempo que equivale a por lo menos cinco veces la historia escrita, la conciencia individual permaneció demasiado torturada por los exámenes de la supervivencia para darse el lujo de pensar mucho en otras cosas. Todavía no habían nacido ni la ideología ni el anonimato. La privacidad de nuestra conciencia permaneció casi sin estrenar y el yo estuvo en duermevela por varios cientos de siglos.

A solas consigo
Los primeros avances en la privacidad llegan con la agricultura y la sociedad urbana. Como ocurriría más tarde con la escritura, sin embargo, la privacidad no era para todos, sino para los más poderosos.

El resto de nosotros seguía sujeto a los caprichos del clima, los desastres naturales, las pestes, hambrunas, guerras, los alimentos en mal estado y trabajos tan atroces que hoy resultan difíciles de imaginar, excepto que miremos -solemos no mirar- las regiones más
castigadas de nuestro planeta.

El habitar más o menos amontonados siguió siendo tan común como la idea de que nuestra conciencia y todos nuestros actos le pertenecían siempre a alguna instancia superior.

Debieron pasar todavía milenios para que cambiara ese estado de cosas. Incluso entre los avanzados atenienses los dones de la democracia y el debate de ideas estaban reservados a unos diez mil ciudadanos de nacimiento. Por debajo sobrevivían un millón de esclavos despojados de todos sus derechos. Se entiende que la privacidad no estaba entre sus principales preocupaciones.

Roma avanzó un poco más en el confort y lo hizo llegar a más gente, pero sólo para aprovechar políticamente la dádiva. El bochornoso Panem et circenses fue uno de los muchos baldones del imperio. El más colosal todavía se yergue imponente y aterrador en el centro de la ciudad de los siete montes.

La privacidad siguió siendo una fruta exótica que sólo probaban los privilegiados, como la lectura, el conocimiento y el debate. En semejante contexto, ¿de qué habría servido el derecho a proteger los actos privados, si las conciencias se manipulaban casi sin oposición?

La revolución mental
En rigor, la privacidad como derecho civil de todos los ciudadanos es obra de un conjunto de tendencias que se dispararon a finales de la Edad Media: el Renacimiento y su antropocentrismo, la imprenta de Gutenberg y, en una época muy parecida a la que vivimos hoy, la imparable multiplicación de fenómenos inéditos: el método científico, el pensamiento libre e individual y una democracia cada vez más representativa. Una democracia, sin embargo, que no concedería a la mujer el derecho de votar hasta bien entrado el siglo XX. Sí, siglo XX.

Es que el mundo era -y sigue siendo- un lugar de vergonzosas injusticias, de crímenes incalificables, de discriminación y tragedia, pero aun así, en comparación con los siglos anteriores, el cambio que se produjo al liberarse el flujo de la información fue abismal. Tan pronto el tímido riego del conocimiento acarició esas tierras desertificadas, una de las primeras hierbas buenas que germinó fue la privacidad.

Que todos fuéramos capaces de pensar como individuos fue la gran revolución mental que vino a continuación. Hasta entonces leer, escribir y pensar había sido tan absurdo como hasta finales del siglo XX lo era que cada persona tuviera una computadora en su casa. O que pudiera publicar sus ideas en una red global.

Por definición, toda revolución parece una herejía justo antes de dispararse, parafraseando a Thomas Huxley. Las tecnologías que nacieron de las ciencias nos permitieron expandir nuestro espacio privado. Las viviendas podían fabricarse más rápido y a menor costo. Las medicinas empezaron a dar mejor resultado que las sanguijuelas, los sortilegios y las pócimas de mágica promesa, pero dudosa factura.

El mundo que conocemos hoy en buena parte de Occidente, donde es normal que los matrimonios duermen a solas en su propio cuarto, donde nos parece aceptable, incluso loable tener una opinión sobre algo (lo que sea), donde existe la propiedad privada , donde gran parte de la sociedad es consciente de que rige algo llamado ley (o de que no rige en absoluto), este mundo en el que, en general, podemos elegir qué queremos y cuándo lo queremos, donde se considera delito que oigan nuestras conversaciones telefónicas sin autorización de un juez, este mundo no tiene mucho más de 200 años. De la Revolución Francesa para acá, para redondear.

Como dije, y como es por otra parte obvio, aquella colosal revolución mental no fue uniforme en todo el planeta. Persisten atroces focos de feudalismo. La diferencia es que ahora somos conscientes de esto. Cuando hablamos de progreso no nos referimos a autos más rápidos, sino a que los derechos civiles fundamentales lleguen un día a todos los seres humanos. Sé que el camino que queda por transitar es muy largo, pero tal
vez lo es menos que el que ya recorrimos.

Tan moderno es el concepto del espacio privado, personal y familiar que no todas las constituciones incluyeron este derecho fundamental en sus textos. La argentina es una honrosa excepción, por la fecha de su primera versión. La estadounidense debió incluir esta garantía en la Cuarta Enmienda (1789).

Éramos tan jóvenes. El razonamiento de que "los más jóvenes no tienen interés en la
privacidad" porque suben sus fotos sin escrúpulo a Facebook es tan lábil como malintencionado.

En primer lugar, los chicos (y no pocos adultos) hacen esto precisamente porque quieren compartir parte de su privacidad. No se puede compartir algo que no se tiene, así que el razonamiento antes mencionado naufraga sin remedio. Es justamente porque los chicos son conscientes de la privacidad que suben fotos personales. Es más, la tienen exacerbada, porque están transitando de la niñez, donde casi no se nos reconoce este derecho, a la adultez, donde se vuelve fundamental.

En segundo lugar ( reductio ad absurdum ), supongamos que los jóvenes han perdido el sentido de la privacidad, ¿desde cuándo la civilización consulta las costumbres de los menores de edad para decidir sobre los derechos civiles y el porvenir de la sociedad?

En tercer lugar, por favor, suspendamos esta moda de sacar conclusiones apresuradas sobre los adolescentes. Tengo la impresión (porque lo viví, sólo que hace 35 años) de que son mucho más puros, responsables y valiosos de lo que se dice. Si no es así, tenemos problemas bastante más graves que la privacidad, el calentamiento global y el partido contra Alemania.

En todo caso, la seguidilla de tropiezos lógicos que acabo de revelar no es casual. Busca que volvamos a ser adolescentes despreocupados, nos olvidemos de esta tontería antediluviana de la privacidad y soltemos uno de los trofeos que más tiempo nos ha costado conquistar: la protección de nuestros datos más íntimos, el espacio propio y de la familia, nuestro anonimato. ¿Para vendernos algo? Oh, no. Eso no sería tan malo. Después de todo, en la panadería del barrio saben desde hace 42 años que no me gusta el pan demasiado cocido.

El motivo es otro. Hoy tenemos más herramientas técnicas que en ninguna otra época para proteger la privacidad. Sí, claro, las tecnologías digitales invaden ese espacio por innumerables frentes. Pero como ocurre en general con los derechos, solemos ceder un poco a cambio de alguna otra ventaja que consideramos de valor. Londres está repleta de cámaras de seguridad, pero los ciudadanos ceden parte de su anonimato a cambio de sentirse más seguros. La tarjeta de crédito, la telefónica, el proveedor de Internet y Google saben muchas cosas de nosotros, pero en todos los casos nos llevamos algo a cambio. Además, su nivel de control es ínfimo comparado con el dominio que obscenamente ostentaron reyes, tiranos, emperadores y señores feudales.

Centrar el conflicto de la privacidad en la zona comercial es peligroso; desvía la mirada del verdadero problema. ¿Cuál? Que la privacidad es un triunfo de la libertad frente a los poderes omnímodos. Es una de las fibras que tejen un mundo mejor para nuestros hijos y nietos.

La tecnología nos ha ayudado una y otra vez en esta conquista, y en gran medida es responsable de que disfrutemos de algunos derechos que durante gran parte de la historia humana ni siquiera se imaginaron.

Es verdad que los autócratas han intentado aprovechar los mismos avances para controlar qué hacemos y qué pensamos, pero siempre terminan a la zaga. Sus propias manías de control los vuelven lentos, torpes, burocráticos dinosaurios en un mundo que cambia con las horas.

La única forma de volver a los buenos viejos tiempos de la Edad Media es que renunciemos graciosamente a este derecho civil que ha tallado algunas de las mejores obras de la civilización. No creo que eso vaya a ocurrir. Pero depende de nosotros.

Autor
Ariel Torres

jueves, 1 de julio de 2010

El efecto compañero


Una nueva investigación que será públicada en la próxima edición del Quarterly Journal of Economics por Caroline Hoxby de la Universidad de Harvard, sugiere que tanto los niños como las niñas tienen un mejor rendimiento en castellano y matemática cuando están en cursos que tienen una mayoría de niñas. Por el contrario, más niños en una sala está asociado con peor rendimiento para ambos sexos.
Caroline Hoxby comienza su estudio examinando la pregunta: ¿Qué significa "efecto compañero" en un colegio?

Según Hoxby, la forma más directa incluye los efectos de los estudiantes enseñándose entre sí. Estudiantes inteligentes también pueden afectar a sus compañeros por su conocimiento y su influencia en los estándares académicos y disciplinarios en el aula.

Por el contrario, estudiantes que se comportan mal en la sala pueden quitar energía y tiempo del profesor que podría haberse dedicado a enseñar.

Otras características de los alumnos –nivel socioeconómico, problemas de aprendizaje y género– pueden también crear un efecto compañero.

Por ejemplo, niños con problemas de aprendizaje pueden quitar mucho tiempo al profesor; tensión entre sexos puede interferir en el proceso de aprendizaje; niños de familias con recursos pueden compartir materiales con sus compañeros.

La autora sugiere que el efecto compañero también puede afectar la manera en que los profesores reaccionan hacia los alumnos. Por ejemplo, si los profesores creen que se debe esperar un rendimiento inferior en un alumno pobre, podrían bajar los estándares cuando tienen una clase con mayoria de alumnos de familias humildes.

En este caso, los otros estudiantes en la clase, de niveles socioeconómicos más altos, podrían sentir el efecto compañero negativo.

Hoxby argumenta que el efecto compañero puede tener implicancias para la política educativa. Por ejemplo, si exisitiera efecto compañero en colegios, el sistema de financiamiento que incentiva una distribución eficiente de compañeros entre colegios, haría las inversiones en rendimiento más productivas. Por ejemplo, existen programas en los Estados Unidos que mandan alumnos de barrios marginales a colegios con alumnos de mayor nivel socioeconómico.

Sin embargo, según la economista de Harvard, hay problemas con teorías que dependen de un efecto compañero. Primero, es difícil de estimar los efectos. En la literatura a veces la evidencia está sesgada por efectos de selección. Por ejemplo, si todos en un grupo son de alto rendimiento, muchos asumen que el rendimiento es un efecto de pertenecer a un grupo en vez de ser una razón para pertenecer a él. Según Hoxby, un segundo problema con estimar efecto compañero en colegios, particularmente en un sistema de libre elección de colegios como en Chile, es que las familias pueden seleccionar los compañeros de sus hijos.

También las familias pueden influir en el profesor y la clase en que están sus hijos. Por ejemplo, si a las familias les gusta la manera que la profesora de sexto básico enseña, podrían pedir que sus hijos estén en su curso, creando una sala de alumnos con padres que se preocupan de la educación de sus hijos. También directores y profesores pueden seleccionar estudiantes basado en el rendimiento, por ejemplo, al dar pruebas de admisión.

Por ejemplo, un colegio puede asignar alumnos con niveles parecidos de rendimiento a una clase para minimizar la dificultad de enseñarles. O puede asignar todos los alumnos con problemas de aprendizaje a la clase de una profesora por su habilidad de trabajar con ellos.

En resumen, hay que asumir que asistir a un colegio es asociado con variables no siempre observables –como padres motivados– que pueden afectar el rendimiento.

El análisis de datos que realiza Caroline Hoxby utiliza una estrategia empírica que intenta identificar el efecto compañero libre de sesgos de selección, particularmente cuando hay desbalance en la sala por género en un curso de un determinado colegio. Por ejemplo, examina a las familias que tienen un hijo en el Jardín Infantil que está en un curso donde la mayoría de los alumnos son de sexo femenino y otro hijo que llega al colegio dos años después y está en un curso donde la mayoría de sus compañeros son de sexo masculino.

La autora utiliza datos para niños entre tercero y sexto básico en el estado de Texas en los Estados Unidos y sugiere que, según su análisis, el rendimiento alto de un grupo tiene un efecto positivo en sus compañeros. Hoxby también concluye que niños y niñas tienen un mejor rendimiento en clases con más mujeres. Por el contrario, más niños en una sala es asociado con peor rendimiento para ambos sexos.
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