domingo, 21 de noviembre de 2010

El dedo corazón

Coloco otro relato surgido de la inspiración de Miguel A Santos Guerra, en este caso reflexiona sobre la importancia de evitar los etiquetamientos que destruyen las oportunidades de las personas.

Miguel Ángel Santos Guerra
Doctor en Ciencias de la Educación.
Diplomado en Psicología.
Catedrático de Didáctica y Organización Escolar.
Autor y Director de libros, colecciones, revistas y publicaciones de libros sobre educación.
Miembro de la Comisión Asesora para la evaluación del sistema educativo de la
Junta de Andalucía.

Hace algunos días, en una de mis clases sobre evaluación, surge el problema de los errores y de las repercusiones de los mismos en los alumnos evaluados. Se habla de errores de múltiples tipos, desde el autoritarismo hasta la frivolidad. Desde la falta de rigor en las correcciones hasta las comparaciones improcedentes. La evaluación de los alumnos en las instituciones escolares es una de las cuestiones más problemáticas. En realidad, pone sobre el tapete todas nuestras concepciones sobre la sociedad, la escuela, la tarea docente, el aprendizaje y la enseñanza.

Se puede decir a alguien, sin mucho temor a equivocarse: “dime cómo evalúas y te diré qué tipo de profesional y de persona eres”. Entre las muchas intervenciones me llama la atención la de una alumna que cuenta su experiencia en la antigua Enseñanza General Básica. Dice que tenía un profesor que periódicamente le repetía: “Tú no llegarás nunca a nada”, tú no obtendrás el Graduado Escolar”, “tú...”. Le pregunto: ¿Qué pensabas, qué sentías, cómo reaccionabas ante tamaña profecía? La alumna responde con aplomo: “Yo mostraba mi dedo corazón en un gesto de rebeldía y de rabia”. ¿Lo mostrabas dentro de tu mente?, pregunta un compañero. No, no, visiblemente, apostilla la interpelada. Es decir, que hacía el gesto tradicionalmente conocido, al menos hasta que llegue el euro, como “la peseta”.

Esta actitud resultaba chocante ya que, según palabras del profesor, “con lo bien que se porta en clase y lo correcta que es, en cada reunión tiene una actitud indeseable, es una insolente”. Ese dedo salvó a esta alumna del fracaso y del abandono de los estudios. Hoy cursa 3º de Magisterio en la Facultad de Ciencias de la Educación. Si se lo llega a creer, si acepta aquel vaticinio, si da por buena la predicción pesimista de su profesor, no hubiera obtenido el Graduado Escolar. Cuenta la alumna que hace unos meses visitó su antiguo Centro en el que todavía imparte clases el desafortunado profeta. Le recordó aquellos encuentros (a los cuales acudía en compañía de sus padres) y sus frases de triste recuerdo. El profesor le replica: - Es el único caso en que me he equivocado. Pensábamos en la clase: ¿No tendrá responsabilidad alguna ese maestro en los fracasos que había anunciado? ¿No resulta inadmisible que se paguen sueldos a personas que se dedican a poner sobre las cabezas de los alumnos un techo que les hace mirar hacia el suelo? Este caso se repite una y mil veces en las aulas (y, a veces, también en las casas teniendo como protagonistas a padres e hijos).

Las profecías de autocumplimiento jalonan la tarea educativa. Muchos alumnos acaban siendo aquello que los demás esperaron que fueran. La actitud de rebelión de esta chica, su confianza en sí misma, su esfuerzo para seguir adelante frente a las predicciones pesimistas y a los malos augurios constituyen un ejemplo admirable. El caso que nos ocupa tiene dos caras. Una se refiere a su actitud inteligente y esforzada. A la capacidad de decir: “no lo acepto”, “no me lo creo”, “no voy a obrar dando la razón a quien no la tiene”. La rebeldía frente a las condenas y a las descalificaciones es imprescindible para no ser aplastados por quienes utilizan el poder y el conocimiento para aplastar, para impedir el crecimiento. La otra cara de la cuestión es la actitud de quienes se empeñan en poner zancadillas en la vida de los otros. En lugar de alentarlos para que se superen, ponen obstáculos en su camino. El principal obstáculo es el que lleva a la persona al convencimiento de que no vale para nada, de que aunque lo intente no lo podrá conseguir. Hay apreciaciones negativas que pesan como una losa sobre la espalda de las personas minusvaloradas. Hay comparaciones esterilizantes que dejan a la persona contra las cuerdas de la desconfianza y de la incapacidad. No todos valen para todo, es obvio. Pero de ahí a poner etiquetas como si se tratase de revelaciones infalibles, hay una distancia muy grande. ¿Quiénes ponen zancadillas en la construcción del autoconcepto de las personas? Lógicamente aquellas personas que tienen una mayor influencia sobre los destinatarios de las premoniciones: los padres, los educadores, los amigos.

Leo en el libro “Para educar valores”, del venezolano Antonio Pérez Esclarín, el siguiente relato. Un profesor universitario envió a sus alumnos de sociología a las villas miseria de Baltimore para estudiar doscientos casos de varones adolescentes en situación de riesgo. Les pidió que escribieran una evaluación del futuro de cada muchacho. En todos los casos, los investigadores escribieron: “No tiene posibilidad de éxito”. Veinticinco años más tarde, otro profesor de sociología encontró el estudio anterior y decidió continuarlo. Para ello envió a sus alumnos a que investigaran qué había sido de la vida de aquellos muchachos que, veinticinco años antes, parecían tener tan pocas posibilidades de éxito. Exceptuando a veinte de ellos, que se habían ido de allí o habían muerto, los estudiantes descubrieron que casi todos los restantes habían logrado éxito más que mediano como abogados, médicos y hombres o mujeres de negocios. El profesor se quedó pasmado y decidió seguir adelante con la investigación. Afortunadamente no le costó mucho localizar a los investigados y pudo hablar con cada uno de ellos. - ¿Cómo explica usted su éxito?, les fue preguntando. En todos los casos, la respuesta, cargada de sentimiento, fue: - Hubo una maestra especial. La maestra todavía vivía, de modo que la buscó hasta encontrarla. El profesor preguntó a la anciana y todavía lúcida mujer, qué fórmula mágica había usado para que esos muchachos hubieran superado la situación tan problemática en que vivían y triunfaran en la vida. Los ojos de la maestra brillaron y sus labios esbozaron una grata sonrisa: - En realidad, fue muy simple -dijo-. Todos esos muchachos eran extraordinarios. Los quería mucho. He aquí la clave. Si la educación es algo es, sobre todo, comunicación. Y si hay una comunicación que ayuda a crecer y a desarrollarse de forma sana y equilibrada es el amor. De ahí mi decidida invitación a quien reciba un vaticinio aplastante: “¡El dedo, corazón!

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