sábado, 10 de julio de 2010

Perder la privacidad es volver a la prehistoria


La privacidad parece ser una víctima natural de los tiempos modernos. Nos han ido convenciendo de eso. Se compra uno la webcam, saca una cuenta de correo electrónico, busca algo en Google y, ¡zas!, ya embargó parte de su anonimato. Súmele las redes sociales, la geolocalización y las fotos satelitales, y la privacidad necesariamente va a
desaparecer.

Es más, nos aseguran que "las nuevas generaciones ya no tienen el mismo concepto de privacidad", sugiriendo con esto que el nuevo concepto es más una renuncia que un aggiornamiento. Así, de a poco, sin darnos cuenta, hemos terminado asociando la privacidad con algo del pasado, como los teléfonos de baquelita y la leche en botella de vidrio. Vamos, ¿cuántos súbitos gurús expulsan a diario la supuesta verdad de que la
privacidad es una pieza de museo, un callejón sin salida evolutivo de la civilización? He perdido la cuenta.

No defenderé hoy la privacidad como derecho civil. Ya lo hice en esta columna antes (www.lanacion.com.ar/1005587). Más bien tengo la intención de dejar claro que la privacidad no es algo del pasado. Por el contrario, es algo muy nuevo, que recién empezamos a comprender y disfrutar. Es algo para el futuro.

Sin embargo, el futuro es líquido. Así que la posibilidad de desviar la civilización hacia una distopía al peor estilo Gattaca no queda automáticamente descartada. Como me dijo al respecto Robert Boorstin, director de políticas públicas de Google, hace poco: "No creo que la tecnología por sí sola garantice nada".

Es muy cierto. Por eso es necesario hablar de estos temas hoy, antes de que pasemos del augurio al decreto y se declare erradicado el derecho constitucional a la privacidad. O, lo que sería todavía peor, que renunciemos a ella.

La privacidad es algo muy reciente; tanto, que durante la mayor parte de nuestra historia no tuvimos nada ni remotamente parecido; tanto, que en algunos idiomas ni siquiera existe la palabra privacidad.

La noche antes de la humanidad
Nuestra especie arrancó su breve y accidentada biografía mucho antes de Giza y Babilonia, mucho antes de que nos atreviéramos a recorrer el Puente de Beringia y llegar a la vasta América. Fueron decenas de miles de años de inconmensurable frugalidad. Nos faltaba, de forma regular, el
alimento, el agua potable y el refugio adecuado. Ni hablar de un cuarto
de baño para las visitas.

Vivíamos hacinados, más por necesidad que por dichoso espíritu gregario: no resultaba demasiado sagaz apartarse un rato largo del grupo, a menos que tuviéramos la firme intención de que algo nos comiera. En cuyo caso nuestros genes no se perpetuarían, por lo que querer estar con los demás es un rasgo extremadamente poderoso en los seres humanos. Todavía hoy es difícil concebir un castigo peor que el aislamiento absoluto.
Hasta para quienes están presos y han perdido el tesoro de la libertad el aislamiento es un escarmiento temible. Sí, en aquel mundo ido todos sabíamos todo de todos. Posiblemente, además, no había mucho que saber. ¿Por qué?

Porque durante un tiempo que equivale a por lo menos cinco veces la historia escrita, la conciencia individual permaneció demasiado torturada por los exámenes de la supervivencia para darse el lujo de pensar mucho en otras cosas. Todavía no habían nacido ni la ideología ni el anonimato. La privacidad de nuestra conciencia permaneció casi sin estrenar y el yo estuvo en duermevela por varios cientos de siglos.

A solas consigo
Los primeros avances en la privacidad llegan con la agricultura y la sociedad urbana. Como ocurriría más tarde con la escritura, sin embargo, la privacidad no era para todos, sino para los más poderosos.

El resto de nosotros seguía sujeto a los caprichos del clima, los desastres naturales, las pestes, hambrunas, guerras, los alimentos en mal estado y trabajos tan atroces que hoy resultan difíciles de imaginar, excepto que miremos -solemos no mirar- las regiones más
castigadas de nuestro planeta.

El habitar más o menos amontonados siguió siendo tan común como la idea de que nuestra conciencia y todos nuestros actos le pertenecían siempre a alguna instancia superior.

Debieron pasar todavía milenios para que cambiara ese estado de cosas. Incluso entre los avanzados atenienses los dones de la democracia y el debate de ideas estaban reservados a unos diez mil ciudadanos de nacimiento. Por debajo sobrevivían un millón de esclavos despojados de todos sus derechos. Se entiende que la privacidad no estaba entre sus principales preocupaciones.

Roma avanzó un poco más en el confort y lo hizo llegar a más gente, pero sólo para aprovechar políticamente la dádiva. El bochornoso Panem et circenses fue uno de los muchos baldones del imperio. El más colosal todavía se yergue imponente y aterrador en el centro de la ciudad de los siete montes.

La privacidad siguió siendo una fruta exótica que sólo probaban los privilegiados, como la lectura, el conocimiento y el debate. En semejante contexto, ¿de qué habría servido el derecho a proteger los actos privados, si las conciencias se manipulaban casi sin oposición?

La revolución mental
En rigor, la privacidad como derecho civil de todos los ciudadanos es obra de un conjunto de tendencias que se dispararon a finales de la Edad Media: el Renacimiento y su antropocentrismo, la imprenta de Gutenberg y, en una época muy parecida a la que vivimos hoy, la imparable multiplicación de fenómenos inéditos: el método científico, el pensamiento libre e individual y una democracia cada vez más representativa. Una democracia, sin embargo, que no concedería a la mujer el derecho de votar hasta bien entrado el siglo XX. Sí, siglo XX.

Es que el mundo era -y sigue siendo- un lugar de vergonzosas injusticias, de crímenes incalificables, de discriminación y tragedia, pero aun así, en comparación con los siglos anteriores, el cambio que se produjo al liberarse el flujo de la información fue abismal. Tan pronto el tímido riego del conocimiento acarició esas tierras desertificadas, una de las primeras hierbas buenas que germinó fue la privacidad.

Que todos fuéramos capaces de pensar como individuos fue la gran revolución mental que vino a continuación. Hasta entonces leer, escribir y pensar había sido tan absurdo como hasta finales del siglo XX lo era que cada persona tuviera una computadora en su casa. O que pudiera publicar sus ideas en una red global.

Por definición, toda revolución parece una herejía justo antes de dispararse, parafraseando a Thomas Huxley. Las tecnologías que nacieron de las ciencias nos permitieron expandir nuestro espacio privado. Las viviendas podían fabricarse más rápido y a menor costo. Las medicinas empezaron a dar mejor resultado que las sanguijuelas, los sortilegios y las pócimas de mágica promesa, pero dudosa factura.

El mundo que conocemos hoy en buena parte de Occidente, donde es normal que los matrimonios duermen a solas en su propio cuarto, donde nos parece aceptable, incluso loable tener una opinión sobre algo (lo que sea), donde existe la propiedad privada , donde gran parte de la sociedad es consciente de que rige algo llamado ley (o de que no rige en absoluto), este mundo en el que, en general, podemos elegir qué queremos y cuándo lo queremos, donde se considera delito que oigan nuestras conversaciones telefónicas sin autorización de un juez, este mundo no tiene mucho más de 200 años. De la Revolución Francesa para acá, para redondear.

Como dije, y como es por otra parte obvio, aquella colosal revolución mental no fue uniforme en todo el planeta. Persisten atroces focos de feudalismo. La diferencia es que ahora somos conscientes de esto. Cuando hablamos de progreso no nos referimos a autos más rápidos, sino a que los derechos civiles fundamentales lleguen un día a todos los seres humanos. Sé que el camino que queda por transitar es muy largo, pero tal
vez lo es menos que el que ya recorrimos.

Tan moderno es el concepto del espacio privado, personal y familiar que no todas las constituciones incluyeron este derecho fundamental en sus textos. La argentina es una honrosa excepción, por la fecha de su primera versión. La estadounidense debió incluir esta garantía en la Cuarta Enmienda (1789).

Éramos tan jóvenes. El razonamiento de que "los más jóvenes no tienen interés en la
privacidad" porque suben sus fotos sin escrúpulo a Facebook es tan lábil como malintencionado.

En primer lugar, los chicos (y no pocos adultos) hacen esto precisamente porque quieren compartir parte de su privacidad. No se puede compartir algo que no se tiene, así que el razonamiento antes mencionado naufraga sin remedio. Es justamente porque los chicos son conscientes de la privacidad que suben fotos personales. Es más, la tienen exacerbada, porque están transitando de la niñez, donde casi no se nos reconoce este derecho, a la adultez, donde se vuelve fundamental.

En segundo lugar ( reductio ad absurdum ), supongamos que los jóvenes han perdido el sentido de la privacidad, ¿desde cuándo la civilización consulta las costumbres de los menores de edad para decidir sobre los derechos civiles y el porvenir de la sociedad?

En tercer lugar, por favor, suspendamos esta moda de sacar conclusiones apresuradas sobre los adolescentes. Tengo la impresión (porque lo viví, sólo que hace 35 años) de que son mucho más puros, responsables y valiosos de lo que se dice. Si no es así, tenemos problemas bastante más graves que la privacidad, el calentamiento global y el partido contra Alemania.

En todo caso, la seguidilla de tropiezos lógicos que acabo de revelar no es casual. Busca que volvamos a ser adolescentes despreocupados, nos olvidemos de esta tontería antediluviana de la privacidad y soltemos uno de los trofeos que más tiempo nos ha costado conquistar: la protección de nuestros datos más íntimos, el espacio propio y de la familia, nuestro anonimato. ¿Para vendernos algo? Oh, no. Eso no sería tan malo. Después de todo, en la panadería del barrio saben desde hace 42 años que no me gusta el pan demasiado cocido.

El motivo es otro. Hoy tenemos más herramientas técnicas que en ninguna otra época para proteger la privacidad. Sí, claro, las tecnologías digitales invaden ese espacio por innumerables frentes. Pero como ocurre en general con los derechos, solemos ceder un poco a cambio de alguna otra ventaja que consideramos de valor. Londres está repleta de cámaras de seguridad, pero los ciudadanos ceden parte de su anonimato a cambio de sentirse más seguros. La tarjeta de crédito, la telefónica, el proveedor de Internet y Google saben muchas cosas de nosotros, pero en todos los casos nos llevamos algo a cambio. Además, su nivel de control es ínfimo comparado con el dominio que obscenamente ostentaron reyes, tiranos, emperadores y señores feudales.

Centrar el conflicto de la privacidad en la zona comercial es peligroso; desvía la mirada del verdadero problema. ¿Cuál? Que la privacidad es un triunfo de la libertad frente a los poderes omnímodos. Es una de las fibras que tejen un mundo mejor para nuestros hijos y nietos.

La tecnología nos ha ayudado una y otra vez en esta conquista, y en gran medida es responsable de que disfrutemos de algunos derechos que durante gran parte de la historia humana ni siquiera se imaginaron.

Es verdad que los autócratas han intentado aprovechar los mismos avances para controlar qué hacemos y qué pensamos, pero siempre terminan a la zaga. Sus propias manías de control los vuelven lentos, torpes, burocráticos dinosaurios en un mundo que cambia con las horas.

La única forma de volver a los buenos viejos tiempos de la Edad Media es que renunciemos graciosamente a este derecho civil que ha tallado algunas de las mejores obras de la civilización. No creo que eso vaya a ocurrir. Pero depende de nosotros.

Autor
Ariel Torres

1 comentario:

  1. Mi nombre es Cristina Velázquez y soy Profesora de Informática, de Ciencias Exactas y capacitadora de docentes en TIC.
    Quiero invitarlo a participar de una de mis iniciativas denominada "Tu Blog en mi Blog", un espacio en donde sus autores nos presentan sus publicaciones.
    http://www.tublogenmiblog.blogspot.com/
    Para que comprenda mejor de qué se trata, puede leer la presentación en
    http://tublogenmiblog.blogspot.com/2009/02/presentacion.html
    A la fecha hay más de 350 blogs con contenido educativo, publicados

    Espero que le interese la propuesta de contarnos, a través de una entrada, acerca de su Blog.
    Cordialmente
    Prof. Cristina Velázquez

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