lunes, 19 de julio de 2010

Ganamos perdimos ¡igual aprendimos!

El deporte como escuela de vida

¿Se juega cómo se vive?, ¿es posible aprender del triunfo y de la derrota?, ¿qué podemos aprender? Terminó el mundial. Alegría y amargura se combinan según el lugar en el que uno haya nacido o la camiseta que más lo convoque.


Según un viejo dicho, para mantener la amistad hay que evitar dos temas: política y religión (a menudo entrecruzadas). Por eso, no voy a hablar de ninguna de ambas, y respecto de la segunda, no sólo en lo referido a las grandes organizaciones de creyentes, sino también en cuanto a aquellos objetos, símbolos, o eventos que para mucha gente suelen adquirir caracteres sagrados.

Si nos atenemos a la etimología, fanum en latín significaba templo; lugar donde en la antigüedad solían realizarse ceremonias frenéticas. Por extensión, se llegó a denominar fanático a quien aplica en las cosas profanas (o sea, fuera del templo) el ardor, la exaltación y el desenfreno propio de aquellos rituales. Por tanto, el riesgo de sacralizar lo profano, es el fanatismo. Algo de lo que hay que cuidarse, en todo el sentido de la palabra…

Como no es mi intención herir a ningún tipo de creyente -  y aunque amo ese juego - tampoco haré foco específicamente en el fútbol; porque además, es difícil ubicarse en un lugar que no sea el de "aguafiestas" si uno habla antes, o el de "leñador de árbol caído" si uno habla después. Y por otra parte, porque, como profesional de la salud mental puedo entender perfectamente la necesidad de mucha gente  - y de mí mismo -de disfrutar de vez en cuando de un estado especial de exaltación que compense o mitigue tantas penurias. No otra cosa se viene haciendo, desde que el mundo es mundo, a través de todo tipo de fiestas, celebraciones y rituales.

Simplemente, quiero hablar de aprendizaje. Asociándome de paso a la iniciativa que en su momento alentaron las autoridades responsables, para aprovechar educativamente el Mundial.

Como pude comprobar ayudando a mi nieto a llenar su álbum de figuritas, este tipo de eventos hace surgir muchos interrogantes acerca de naciones y nacionalidades, nombres y apellidos, ubicaciones geográficas, evoluciones históricas y diversidad cultural. De por sí, eso es valorable; abre la mente, ensancha el horizonte y favorece -  especialmente en este caso – la comprensión profunda de cuánto los seres humanos tenemos en común, siendo tan diversos a la vez.

Sin embargo, los aprendizajes a los que quiero referirme más especialmente, son los que el llamado INFORME DELORS, "La Educación encierra un tesoro", publicación Santillana/ UNESCO de 1996, considera los cuatro pilares de la educación del siglo XXI:

 Aprender a ser

 Aprender a hacer.

 Aprender a aprender

 Aprender a vivir juntos.


  Van pues algunos breves comentarios en esa dirección:


Los juegos y los deportes son "escuelas de vida"

. Porque permiten encauzar energías y creatividad dentro de reglas, aceptándolas no sólo como restricciones a la libertad, sino como posibilitadoras del juego mismo. Hay, sin embargo, una diferencia radical entre los juegos y la vida misma: en los primeros, en general, se trata de los llamados juegos de suma cero: si uno gana el otro pierde. La vida, en cambio, en su enorme y diversa complejidad, permite y hasta favorece los llamados juegos de suma no cero. Están, por ejemplo, los juegos de colaboración/creación/participación, como  los del arte y el espectáculo, donde se supone que, aunque tengan un costo, todos salen ganando. Y también todo tipo de negociaciones, acuerdos, consensos, pactos y compromisos entre individuos o grupos, donde nadie gana quizá todo lo que quisiera, pero nadie pierde todo lo que podría. Aprender esta diferencia, vinculada con la ya vista entre lo sagrado y lo profano, nos parece sustancial. Porque además, en el fondo, tenemos la conciencia plena de que juegos puede haber muchos, pero vida hay una sola…

En cuanto a sus semejanzas, tanto en los juegos como en la vida, la motivación, el entusiasmo, la emoción, son componentes importantes, pero no únicos. Y a veces, ni siquiera prioritarios. En verdad, a mi no me importa demasiado si el piloto que conduce el avión en que viajo, o el médico que me espera en el quirófano son apasionados de sus profesiones, están tratando de enrostrarle algo a alguien y/o derraman alguna lágrima a la hora de despegar/cortar. Me importa que, por el contrario, sepan mantener la calma en momentos difíciles y evaluar en profundidad riesgos y decisiones. Me importa que estén atentos, que piensen; que sean capaces de elaborar estrategias adecuadas para los fines perseguidos. Me importa que sepan qué hacer. Y me importa mucho más que, si se equivocan, sepan reconocerlo, aprender de ello y en lo posible evitar o reparar daños, antes de que sea demasiado tarde…


La vida es un gran juego de interacción. Según el gran R.Laing, "toda conducta mía es una experiencia para los otros y toda conducta de otro es una experiencia para mí". Esa conducta puede ser una palabra, un gesto mínimo o una actitud sostenida… Todo influye, porque todo tiene un significado y forma parte inexorable de un circuito de comunicación que va y vuelve sin cesar. Si desvalorizo, corro el riesgo de ser desvalorizado, si respeto, aumentan mis probabilidades de ser respetado. Como dijo alguien: "la vida es como el eco: si no le gusta lo que recibe, fíjese en lo que emite".


En el mismo sentido, es bueno aprender lo más tempranamente posible que en la vida (y en el juego) uno debe ganarse el lugar al que aspira; que nada está escrito de antemano y para siempre; que uno debe trabajar para ser digno de confianza, para merecer crédito (que viene de creer); que el mundo no es el paraíso terrenal donde basta estirar la mano y tomar la manzana, sino que hay que esforzarse para afrontar cada jornada, y que el encadenamiento de esos esfuerzos se refleja en la propia biografía. Y que las personas tienen la libertad de escribir y reescribir mil veces su historia, pero el requisito fundamental es que quieran hacerlo. Y que estén dispuestas a pagar los costos.


Por otra parte, no vamos a caer en la simplificación colectivista de que nada grande puede hacerse si no es en conjunto. Beethoven, Nietzsche, o Borges, son pruebas de lo contrario. Pero sí podemos comprobar a cada paso que, en la vida actual, la complejidad de los problemas y la urgencia de las soluciones suelen poner en primer plano la necesidad de los trabajos en equipo. Lo que no excluye – sino al contrario, requiere – los buenos liderazgos. Sólo que es necesario aprender a distinguir entre ellos y la expectativa desmesurada  de que siempre aparezca alguien que diga "abracadabra" y  saque un conejo de la galera.


Finalmente, me gustaría terminar parafraseando libremente unos versos del famoso poema de R. Kypling, "If…" dedicado a la formación moral de su hijo. Incluye un aprendizaje fundamental para la vida que podríamos resumir así: "el éxito y el fracaso, esos dos impostores; si el primero no te embriaga y el segundo no te aplasta, tú serás un hombre, hijo mío…"




Rolando Martiñá*

 * Rolando Martiñá, padre de dos hijos y abuelo de cuatro nietos, es Maestro Normal Nacional, Licenciado en Psicología clínica y educacional. Posgrado en Orientación Familiar, convenio Fundación Aigle- Instituto Ackerman de Nueva York. Miembro del Programa Nacional de Convivencia Escolar, Ministerio de Educación de la Nación. Consejero familiar y de instituciones educativas. Autor de "Escuela hoy: hacia una Cultura del Cuidado", Geema, 1997; "Escuela y Familia: una alianza necesaria", Troquel, 2003; "Cuidar y Educar", Bonum, 2006 y "La comunicación con los padres", Troquel, 2007. Mail de contacto: rmartina@fibertel.com.ar




 

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