miércoles, 26 de mayo de 2010

¿Valores? ¿Qué valores?

Para organizar conceptos y profundizar debates

¿Es imprescindible coincidir en todas las creencias para acordar ciertos comportamientos básicos? El Lic. Rolando Martiñá nos guía a través de su reflexión acerca de las distancias entre "valores privadores" y "comportamientos adecuados para la convivencia civilizada" y sobre las posibilidades de pensar a la escuela como un ámbito integrador y respetuoso de las diferencias que surgen del cruce entre el ámbito familiar y el extrafamiliar.


E. Uslaner plantea que confiamos en gente que no conocemos porque aunque difieran de nosotros en muchos aspectos (sociales, políticos, religiosos), creemos tener valores básicos en común. Bien, pero ¿de qué valores hablamos? ¿De qué hablamos cuando hablamos de valores?

Difícilmente haya otro tema sobre el que últimamente, y en especial en el ámbito educativo, se hayan llenado tantas páginas y tantos oídos. No es nuestra intención agregar tinta al río, aunque sí parecen necesarias algunas aclaraciones. En primer lugar, a lo que queremos referirnos claramente aquí es a los valores de la Civilización. A conciencia de que es un concepto controvertido, lo tomamos en su acepción etimológica de "reglas para vivir en la ciudad". Trataremos de dilucidar un poco más de qué se trata.

Según algunos investigadores (1), los seres humanos compartimos con los primates no humanos ciertos rasgos básicos de lo que podría llamarse "germen de la moral". Por ejemplo, la capacidad de prevenir y resolver conflictos, la reciprocidad, el compartir bienes tales como los alimentos, la preocupación por la supervivencia del grupo, etc. Es decir que habría ya ciertas condiciones biológicas, más refinadas en lo humano, dirigidas a garantizar la supervivencia, favoreciendo la convivencia.

Ahora bien: si un chimpancé puede desarrollar conductas tendientes a la super(con)vivencia, ¿qué lo hace tan difícil para nosotros? Pues por paradójico que sea, una ventaja que tenemos respecto de él: más neuronas. Muchas más que las que necesitamos para sobrevivir y ese "lujo", que hace a nuestra sublime diferencia, también es la causa de la mayoría de nuestros problemas.

En efecto, en los humanos, un cerebro mucho más complejo y una mente mucho más abierta al aprendizaje, hacen que, prácticamente desde el nacimiento comencemos a construir lo que globalmente podemos llamar un sistema de creencias. Es decir, que no sólo estamos de algún modo condicionados para tomar decisiones de supervivencia, sino que vamos tejiendo en el tiempo una red de significados acerca de nosotros mismos, de los otros y de la realidad en general.

Desde las ideas derivadas de la pertenencia a etnias, religiones o simplemente tradiciones duraderas hasta las menos trascendentes (pero igualmente fuertes) derivadas de adhesiones a emblemas de diferentes clases, o simples opiniones sobre la vida y la muerte, las personas van construyendo con el tiempo un núcleo duro de creencias, difícilmente modificable y en general poco dispuesto a la negociación. Sin embargo, en la periferia suelen circular otras ideas, prejuicios u opiniones menos rígidos y más susceptibles de cambio, ya que si todas las creencias tuvieran el mismo grado de rigidez, compartir la existencia sería prácticamente imposible.

En realidad, su mayor o menor trascendencia poco dice acerca de su menor o mayor flexibilidad: una adscripción religiosa milenaria puede ser tan difícil de modificar como la adhesión a un equipo de fútbol; y a la vez, un prejuicio racial puede comenzar a diluirse a partir de una favorable experiencia interpersonal con un vecino.

 Claro que, en todos los casos, las creencias se constituyen como tales al calor de nuestra relación con personajes significativos de nuestra vida. Y, por tal motivo, no funcionan sólo como conceptos abstractos, sino más bien como un denso conglomerado de imágenes, ideas y emociones, fuertemente ligado a aquello que llamamos nuestra identidad. El proto-razonamiento sería: "Si esta persona es tan importante para mí y valora tanto tal idea o símbolo, estos deben ser muy valiosos". Y valioso –obviamente- tiene que ver con valor…

Como hay mucho de contagio emocional en estas configuraciones primitivas, no se trata sólo de la adhesión a una bandería o una tradición, sino a algún modelo de identificación. Aquel padre, tío, primo, amigo, docente o grupo que nos introdujo, a la manera de una iniciación ritual, y nos contagió su propio entusiasmo. Y a quien –y esto es relevante- resulta sumamente difícil "traicionar". Por lo tanto, suele ser inútil confrontar tales entidades, salvo que –como a veces ocurre– generen comportamientos antisociales, lesivos para los otros.

Además de su alto voltaje emocional, derivado de la lealtad a figuras centrales de la experiencia, tales modelos mentales cuentan con otra poderosa razón para volverse a menudo casi inflexibles: funcionan a modo de mapa, brújula y decodificador, todo a la vez. Definen el territorio, orientan acerca de la dirección a seguir, otorgan significado a lo que pasa. Organizan, clasifican, explican. Indican lo que está mal y lo que está bien y filtran la comunicación con los otros, tendiendo a dejar entrar lo que coincide con ellos y a rechazar lo que disiente.

En definitiva, le dan un sentido a las cosas. Y parecería –según lo viene estableciendo la moderna Psicología Cognitiva– que ésa es una de las necesidades básicas por satisfacer para los seres humanos.

Esos sistemas constituyen lo que podríamos considerar "nuestros valores privados". No porque no se compartan con otros -lo que sí se hace-, no sólo por historia común, sino también porque ciertos indicios en la manera de comportarse de las personas suele ayudar a considerar: "es uno de los nuestros", o no.

Cuando un niño ingresa a la escuela, su primer espacio público extrafamiliar, cumple el papel de un mensajero del mundo de creencias privadas familiares y debe intentar convivir con muchos "mensajeros/representantes" de otros modelos. Y además con los responsables de ese espacio público, los maestros, que son a su vez portadores de sus propios modelos, familiares e institucionales, y deben tratar de cumplir su misión dentro de un orden mínimamente aceptable. Además de convertirse -lo quieran, lo sepan o no– en nuevos personajes importantes en el proceso identificatorio de sus alumnos.

En consecuencia, ni siquiera aquellas familias que elijan para sus hijos una escuela afín a su ideario podrán pretender que ella responda puntualmente a todas sus aspiraciones; y a la vez, ninguna escuela por amplia que sea podrá exigir a padres e hijos que se ajusten puntualmente a un modelo "público" de familia, definido de una vez y para siempre por algún poder administrativo. Semejante panorama parecería llevarnos a un callejón sin salida.

A nuestro entender, sin embargo, la salida se puede encontrar del siguiente modo: reservando la denominación de" valores" para las creencias privadas y refiriéndonos al ámbito público, por ejemplo, la escuela, en términos más modestos y acotados: comportamientos adecuados para la convivencia civilizada.

 Porque aun cuando aceptemos el hecho de que los comportamientos suelen asentarse en las creencias, no siempre es necesario coincidir en todas las creencias para acordar ciertos comportamientos básicos. Y, para el espacio público democrático, no interesa tanto en nombre de qué las personas hacen o no hacen ciertas cosas, sino que tengan claras las razones sociales que marcan la diferencia entre unas y otras. Y las consecuencias de elegir unas u otras.

A una familia, por ejemplo, puede no parecerle mal que sus miembros se hablen entre sí de un modo grosero y, en cambio, puede sí disgustarle la idea de aplicar sanciones a los hijos si infringen ciertas normas. Por supuesto, la familia vecina puede opinar exactamente lo contrario. Y otra, y otra… Con todas las combinaciones posibles respecto de una amplia gama de cuestiones vinculadas al diario vivir, (horarios, tipo de comidas, comportamiento durante ellas, hábitos de higiene, cumplimiento de las normas y compromisos, formas de resolver los conflictos, etc.).

Cada una de esas familias envía sus mensajeros/representantes al mismo espacio público, la escuela, y ésta debe contener esa enorme diversidad y al mismo tiempo generar un clima de convivencia que le permita cumplir cabalmente con su misión. ¿Cómo hacerlo?

Dice P. Watzlawick (2) que para los problemas humanos no existen las soluciones clarifinales, pero que casi siempre es posible escoger soluciones mejores que otras o, al menos, las derivadas del "mal menor". Basándonos en una vieja idea que está en el espíritu del Juramento Hipocrático Médico, podríamos decir: "Si no se puede curar, al menos aliviar el dolor; y si no, al menos no agravar el mal".


Lic. Rolando Martiñá*


(1) Trivers, R, Natural selection and social Theory, Oxford University Press, 2003.
(2) Watzlawick, P, El lenguaje del cambio, Herder, Barcelona, 1994.



*Rolando Martiñá, padre de dos hijos y abuelo de cuatro nietos, es Maestro Normal Nacional, Licenciado en Psicología clínica y educacional. Posgrado en Orientación Familiar, convenio Fundación Aigle- Instituto Ackerman de Nueva York. Miembro del Programa Nacional de Convivencia Escolar, Ministerio de Educación de la Nación. Consejero familiar y de instituciones educativas. Autor de "Escuela hoy: hacia una Cultura del Cuidado", Geema, 1997; "Escuela y Familia: una alianza necesaria", Troquel, 2003; "Cuidar y Educar", Bonum, 2006 y "La comunicación con los padres", Troquel, 2007. Mail de contacto: rmartina@fibertel.com.ar

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